El ala oeste

Los dogmas

Por Estíbaliz. Ruiz de Azua - Miércoles, 18 de Abril de 2018 - Actualizado a las 06:00h

podríamos hablar de razones o de motivos, podríamos llamarlo simplemente argumentos o dogmas, o si lo prefieren “a ver cómo explicamos esto”, pero ellos insisten en denominarlo argumentario. Un concepto nacido en la política y para la política que nada tiene que ver con los razonamientos a utilizar para demostrar un hecho, sino con algo tan tangible como una lista que cada mañana los partidos reparten entre los suyos con las instrucciones sobre cómo y qué responder ante los asuntos que van a asomar al debate público.

Hacer un buen argumentario es todo un arte. Hay que introducir conceptos básicos como la coherencia o el sentido común, dejando claro que lo que nosotros hacemos es lógico y razonable y que lo ilógico e incongruente pertenece a los demás. A la hora de repartir culpas hay que empezar siempre por un tercero. Puede ser una universidad a la que calificaremos de chapucera, a otro partido del que diremos que son unos torpes o si las cosas se ponen feas, a uno de los nuestros al que se sacrificará por el bien común. De dimitir no se habla;ese es un verbo que no se conjuga. Nunca. Tampoco se dan demasiadas explicaciones. De hecho no hacen falta que lo que se diga sea verdad, tampoco que lo parezca;eso sí, hay que defender los argumentos con contundencia, con orgullo y con un punto de soberbia. Si nos pillan en un renuncio que no podemos negar hay una frase que sirve para todo: “Y tú más”. Suele ser recomendable asegurarse de que todos los implicados reciban a tiempo esta lista de instrucciones, ya que de lo contrario se corre el riesgo de que a la mañana apostemos por una idea y a la tarde tengamos que hacer la contraria.

Vivir pegado a un argumentario solo tiene un problema: que podemos terminar creyéndonoslo. Pero una mentira repetida mil veces -por mucho que lo diga Göbbels- no se convierte en una verdad.

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