Luis Iriondo, un superviviente del bombardeo

Luis Iriondo era un chaval de 13 años cuando la Legión Condor destruyó la villa de Gernika

A sus 95 años se mantiene activo ejerciendo de profesor de pintura en la casa de cultura municipal

Izaskun Moyano - Lunes, 16 de Abril de 2018 - Actualizado a las 06:00h

A sus 95 años, Luis Iriondo continúa dando clases de su gran pasión, la pintura, en Gernika.Foto: Izaskun Moyano

A sus 95 años, Luis Iriondo continúa dando clases de su gran pasión, la pintura, en Gernika.Foto: Izaskun Moyano

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A sus 95 años, Luis Iriondo continúa dando clases de su gran pasión, la pintura, en Gernika.Foto: Izaskun Moyano

Gernika- Corría el año 1937 y la Guerra Civil estaba en pleno apogeo. Pero aquel 26 de abril, la vida de Gernika y de sus vecinos cambió para siempre. Uno de ellos, Luis, tenía 13 años y era uno más en la villa. El hambre abundaba y los mayores se dedicaban a buscar comida para alimentar a sus familias. En un intento de buscar trabajo a sus hijos, la madre de Luis habló con el director del Banco Bilbao de entonces, y consiguió que el joven comenzara a trabajar como “chico de los recados” por cinco pesetas a la semana.

El pequeño Luis se dirigía al trabajo, cuando se encontró con un compañero de Lekeitio en la puerta. De repente, sonaron las campanas como señal de alarma aérea. El lekeitiarra se asustó tanto que pidió a Luis que lo acompañase a algún refugio. Por el camino la gente corría y gritaba sin parar. “Perdí a mi compañero entre la marabunta de gente en el mercado y no lo volví a ver jamás”, recuerda.

A Luis no me gustaban los refugios, por miedo a que se vinieran abajo. Aun así, ese día lo empujaron a uno. Debido a la gran cantidad de gente que había dentro, costaba respirar. “Recuerdo que el día anterior me vestí por primera vez con el pantalón largo, signo que por aquel entonces indicaba que ya era un señorito. Y en ese momento, ensuciarlos era mi mayor preocupación”, se sincera. “Comencé a rezar una y otra vez, pero nunca logré terminar las oraciones”, añade.

Al de tres horas volvieron a ver la luz. Sin embargo, era la luz del fuego que quemaba el pueblo entero. Luis, junto con un amigo, se dirigió hacia la carretera de Lumo con el fin de mantenerse a salvo, en un gran agujero cerca del riachuelo. “Aquella experiencia nos hizo madurar de golpe”, afirma. Con el miedo apoderándose de sus cuerpos optaron por buscar un refugio. Afortunadamente, unos baserritarras conocidos los acogieron en su casa, y tras alimentarlos con un vaso de leche les dejaron dormir en la cuadra. En la mitad de la noche, Luis se despertó al escuchar que alguien gritaba su nombre. Abrió los ojos y vio una silueta que se reflejaba en la plaza. Era su madre. Ambos sumergidos en un intenso abrazo, bajaron a Gernika para unirse al resto de la familia.

El bombardeo destruyó el municipio entero, con lo cual, todos los vecinos se vieron obligados a marcharse. Luis y su familia se instalaron en Bilbao con unos parientes.

Al cabo de unos meses su madre, dos hermanos y él tomaron un barco que los llevaría a Cantabria y más tarde montaron en otro para llegar a Francia, lejos de la guerra. No todos consiguieron dejar atrás el hambre, ya que su padre y su hermano mayor se tuvieron que quedar para luchar en la contienda, donde detuvieron a su hermano mayor. En ese momento, una carta de su padre añorando su ausencia cambió su vida. Su madre consiguió unos billetes de tren a Irun y volvió a verse la familia.

El regresoPasaron ocho años hasta que Luis volviera a pisar suelo gernikarra. Tras haber realizado sus estudios de pintura (que siempre le había fascinado) y el servicio militar, regresó a su pueblo natal. Un Gernika totalmente diferente al que había dejado atrás. Aunque hablar sobre el bombardeo era habitual entre los vecinos, estaba totalmente prohibido hacer comentarios en público al respecto.

Nada más regresar, se enamoró de una chica que más tarde sería su mujer. Hoy, con seis hijos y once nietos ejerce de profesor de pintura en la casa de cultura del municipio en el que abrió los ojos por primera vez.

A sus 95 años, Luis pasa las horas pintando y rememorando aquel fatídico bombardeo. Pero esta vez, cuenta con la libertad de poder contar su historia a los cuatro vientos.

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