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Historias de la vida

María Antonia Montiel, una vida marcada por las huellas de la guerra

María Antonia Montiel es uno de los rostros más conocidos de Basurto por su labor social con las personas mayores

Un reportaje de Yaiza Pozo - Lunes, 16 de Abril de 2018 - Actualizado a las 06:00h

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María Antonia Montiel posa frente a la iglesia de Basurto donde colaboró para que se llevase a cabo.Foto: José María Martínez

María Antonia Montiel posa frente a la iglesia de Basurto donde colaboró para que se llevase a cabo.Foto: José María Martínez

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  • María Antonia Montiel posa frente a la iglesia de Basurto donde colaboró para que se llevase a cabo.Foto: José María Martínez

SER solidario con su barrio es una de las facetas de las que muy pocos pueden presumir. María Antonia Montiel lleva desde 1960 viviendo en Basurto y desde entonces no ha dejado de hacer el bien por sus vecinos. Exiliada de guerra, creció en La Misericordia por falta de recursos y logró estudiar magisterio a pesar de que ejerció como secretaria. Así ayudó a su familia a salir adelante. Asegura que el buen ánimo hace que se sienta joven y pueda ayudar a que las personas mayores tengan una mejor vida.

María Antonia nació en un caserío de Kobetas. A pesar de todo lo vivido recuerda su niñez “muy bonita”. “Con 5 años me fui con mi ama y mis hermanos al exilio. Fuimos a Barcelona y allí nos dejaron una torreta. Mi aita se quedó aquí en El batallón de la Sal de Euskal Herria”, cuenta. Hasta los ocho dice haber estado huyendo a bordo de un barco que atracó en Francia. Allí aprendió francés, ya por entonces hablaba euskera y catalán, y conoció el significado de la injusticia. No entendía cómo una niña de tan corta edad tenía que huir de sus raíces.

Su madre les sacó adelante trabajando en una casa y como anécdota cuenta cómo, cuando acabó la guerra, la familia que les acogió quiso adoptarla. “Le daban a mi ama dinero por mí, pero siempre fue muy entera y dijo que ni hablar. Entonces nos volvimos para Bilbao”, cuenta entre risas. Su inocencia conquistó a muchos de los que les ayudaron a pasar aquel trance. De vuelta a la villa se encontraron sin hogar. Los alemanes habían bombardeado una de las pocas casas que quedaban en lo alto del monte Caramelo. “No teníamos nada. Menos mal que mis abuelos vivían en Rekalde y allí nos quedamos los cuatro porque a mi aita lo mataron en la guerra”, confiesa.

Sin apenas recursos, ya que su madre era viuda de guerra, fue internada en La Misericordia junto a otro de sus hermanos y allí dice haber pasado uno de sus mejores años. “Mi ama venía a verme a todas las visitas que había. Era muy feliz. Hacíamos viajes culturales, nos ponían películas...”, rememora. Desde que salió con 18 años habiendo estudiado magisterio tiene una cita cada mes con la que fue su segunda casa. “Todavía sigo yendo. Ahora ya es una residencia de ancianos, pero me gusta colaborar con los mayores, distraerles y alegrarles la vida porque algunos no tienen ni siquiera visitas”, dice.

“Con 30 años creé un lugar de alfabetización para las mujeres que no sabían leer ni escribir porque habían dedicado su vida al campo”

Cada uno de los episodios que ha vivido le han impulsado a ser más solidaria con las personas que de verdad lo necesitan. “Cuando vine en 1960 a Basurto lo estrenamos matrimonios jóvenes y nos conocemos de toda la vida. Ahora, ya mayores, tienen necesidades y hace unos años puse en marcha un proyecto para la gente de aquí y he logrado que haya una ayuda de emergencia para mis vecinas”, cuenta. Con 30 años también creó un espacio de alfabetización para las mujeres que venían de lejos y no sabían ni leer ni escribir porque habían dedicado toda su vida al campo. “Les hice la vida más fácil”, dice.

Mucho ha cambiado Basurto desde que María Antonia aterrizase en él, ya casada y con siete hijos. “Me tiraba mucho el barrio porque hasta los seis estuve aquí y conocía a la poca gente que había. No había nada y había mucho por hacer. Fui catequista y puse una de las primeras piedras de la iglesia. También he estado en la asociación de montaña;he hecho de todo.”, comenta. El barrio ha dado un giro de 360 grados y María Antonia lo ha vivido desde sus comienzos. “Ayudo a la gente porque no me gustan las injusticias. Las madres de la guerra deberían tener un monumento. Gracias a ellas cada día quiero más a mis hijos porque les he podido dar una vida mejor”, dice. Además de deberse a la gente desde hace 60 años, María Antonia hace diversas actividades dentro del barrio.

Conocida en el barrioNo hay nadie que no conozca a María Antonia en el barrio. Canta en un coro que ha ofrecido varios conciertos en el Euskalduna y confiesa que esta faceta la descubrió también dentro de La Misericordia. “Cantaba en el colegio porque teníamos clase de música. Di clases hasta segundo de piano también”, cuenta. Pero la mayor parte del tiempo la dedica a hacer el bien por los demás.

Hace un año, su labor fue reconocida por la asociación de vecinos de Basurto, otorgándole el premio de la solidaridad de la convivencia. “Seguiré ayudando a la gente porque es un barrio de querer a su gente y porque ser solidaria es lo que aprendí en mi niñez”, concluye.

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