Behatokia

Modesta aportación al relato

Por José Félix Azurmendi - Jueves, 12 de Abril de 2018 - Actualizado a las 06:00h

Columnista Jose Felix Azurmendi

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Columnista Jose Felix Azurmendi

CASI siempre, desde la otra orilla se ve y aprecia mejor el paisaje y el paisanaje, por eso resulta especialmente interesante la visión y versión que dos intelectuales afincados en París, sobrinos y herederos espirituales de Pepe Mitxelena, Jon de Recondo y su esposa Anne-Marie, han dejado escrita acerca del nacimiento de ETA. Se me achaca cuando escribo de estas cosas que doy equivocadamente por supuesto que todo el mundo debería conocer las personas y situaciones mencionadas, por eso añadiré que Mitxelena fue durante décadas el jefe de los Servicios de Información del PNV y del Gobierno vasco en el exilio, un hombre fascinante, rodeado de misterios y silencios que no hacen sino acrecentar el interés por su persona. Los Recondo son doctores e investigadores en neurología y biología molecular, respectivamente.

Para Jon y Anne Marie, el origen de ETA fue consecuencia del choque entre dos mentalidades. Por un lado, jóvenes patriotas, valerosos, rebeldes, desorientados, en posesión de la verdad absoluta y exigiendo todo, porque se les debía. Por otro, dirigentes de pasado glorioso, con toda una vida peleando, imbuidos de su propia autoridad, intolerantes. Jon aporta su vivencia personal y directa cuando escribe que la tendencia a considerar que la violencia constituía el único camino válido para liberar a la patria no era nueva en el entorno nacionalista para cuando ETA evoluciona y la adopta como su forma de lucha. “Existía ya en algunos jóvenes cuando se produce el resurgimiento de Euzko Gaztedi, pero creo que fue precisamente esa nueva vía que abría ante ellos la que consiguió controlarla. En el momento en que ese camino se destruye, los jóvenes que habían sentido antes esa inclinación vuelven a quedar sin control y decepcionados, de ahí el rumbo que adoptó ETA y cuyas consecuencias desgraciadamente conocemos”. Añade Jon que en ese nuevo mapa creado, “José Murua y yo preferimos retirarnos de momento de la actividad política”. Uno y otro siguieron, en efecto, luego, en la política como bultzagiles y no faltaron entre los dirigentes del PNV, Juan Ajuriaguerra el más notorio, pero también el patriota navarro Perico Ezcurdia, quienes les responsabilizaron incluso de la creación de ETA.

Lo que Uzturre, con el pseudónimo esta vez de Zubiaurre, escribió también desde la otra orilla en octubre de 1962 (Carta de Donostia) puede contribuir también a aproximarse a la percepción que el abertzalismo histórico tenía de aquella ETA. “Algunos de nuestros amigos de la nueva generación están descontentos. (…) Dicen estar persuadidos de que al nacionalismo vasco le hace falta una mística nueva. Algunos de esos jóvenes son los profetas que van predicando lo que estiman un nuevo tipo de nacionalismo vasco. Los profetas de la nueva mística. Dicen estar también persuadidos de que es necesario terminar con todo lo pasado. El pasado es el PNV. Y también ANV. La nueva música es una mezcla de marxismo, leninismo, castrismo, fascismo. (…) No creemos que en política, por santos que sean los objetivos que se persiguen, el fin justifique los medios. (…) Fue la nuestra una política de apostolado patrio. Y lo seguirá siendo. Y aún estamos dispuestos a luchar en todos los terrenos”. En ese otoño de 1962, ETA no iba más allá de proferir amenazas y estaba lejos de ser marxista-leninista, pero una persona informada y comprometida como Jesús Insausti ya la percibía así. En ese tiempo, la Policía española, a la que no se le ocultaba que prácticamente todos los fundadores de ETA eran de misa y comunión dominical, incluso o sobre todo en el exilio, pensaba todavía que ETA era demasiado católica como para que se embarcara en el anarquismo.

Joseba Rezola, hasta su muerte en Donibane Lohitzune jefe de la Resistencia del PNV, organizador en Iparralde de los cursillos de formación de activistas por los que pasaron docenas de jóvenes y principal impulsor de las Radio Euzkadi del exilio, le escribió en abril de 1969 a Manuel Irujo, en Caracas en ese momento, sobre “detenciones de etistas o supuestos tales que ascienden a unos treinta. Redadas en Oyarzun, Eibar, Deba, Bilbao (varias) y Potes. Una mujer y un cura. Sigo creyendo que esta gente tiene una idea muy alegre de la violencia y que casi todas sus acciones se liquidan con pérdidas muy grandes. (…) Da la impresión de que a los ETA les agrada que se hable de ellos aunque sea para atacarlos y no falta gente que cree al revés todo lo que dice la propaganda oficial”. Le decía también que de los detenidos y los muertos de Iruña “no te hablo porque supongo que sabrás tanto o más que yo. Sé que todos ellos son unos jóvenes admirables y tal vez de los que se arriesgan demasiado”. Los muertos de Iruña (Alberto Asurmendi y Joaquín Artajo) y los detenidos eran de los que él había formado en los cursillos. Los etistas detenidos eran los que luego serían juzgados en aquel Proceso de Burgos que puso a Euskadi en el mundo y al franquismo en el banquillo. De ellos había dicho un año antes Julio Ugarte, capellán de gudaris, cronista de la cárcel de curas de Carmona en la que murió Julián Besteiro y exiliado desde 1957 por sus actividades resistentes, que le parecían ridículos porque llevaban la pistola sin intención de usarla. Este mismo cura escribió después, conmovido por el comportamiento de los Onaindia, Izko, Teo Uriarte, Xabier Larena, Jokin Gorostidi y demás, que “en adelante habrá que dividir la historia del nacionalismo, y aun del franquismo, en dos etapas: antes del juicio de Burgos y después del juicio”. Al prologar el libro de Gisèle Halimi sobre el Proceso de Burgos, Jean Paul Sartre ahondó más sobre su significado, sus repercusiones y el comportamiento valeroso de aquellos militantes, pero no osaría yo colocar al filósofo como un observador desde la orilla de enfrente.

En un meditado análisis que José Ramón Recalde presentó en Barcelona apenas medio recuperado del atentado de ETA en su contra, reconoció que también los del Frente de Liberación Popular -ESBA en Euskadi- habían tenido la tentación de la violencia y que la desecharon en dos ocasiones más por inoportunidad que por ilicitud. Reconoció que la ambigüedad ante la violencia de ETA no solo afectaba a sus criterios políticos sino también a sus sentimientos y que celebró, por ejemplo, la muerte de Melitón Manzanas: les pareció una venganza hecha justicia por la imposibilidad de castigar legalmente la actuación criminal del policía. Explicó que para el día 20 de diciembre de 1973, cuando ETA mató al almirante Carrero Blanco, ya estaba más advertido de lo que suponía la vía de la violencia y “aunque no experimenté pena alguna, tampoco tuve deseos de participar en ninguna celebración”. Llegado a este punto, hace Recalde una observación de calado: “Los juicios de principio se defendían con mucha dificultad frente a los juicios de oportunidad”, y “por haber confundido utilitarismo de corto alcance con consecuencialismo, se dio a ETA una cobertura moral que todavía hoy estamos padeciendo”. Luego vino el atentado de la cafetería Rolando y en adelante a él y los suyos la violencia de ETA se les presentaba sin posibilidad ninguna de comprensión, ni moral ni política, y solo les quedó su compromiso con los condenados a muerte y la batalla final por la amnistía. La violencia que siguió, aumentada, una vez acabada la dictadura, “dejaba de tener ningún sentido”, “el planteamiento de ETA se iba haciendo más paranoico” y “sus enemigos eran en última instancia todos los que no eran de ETA”.

Cuando se cumplían nueve años de la muerte de Juan Ajuriaguerra, Uzturre glosó su figura y explicó que en su segunda visita a Euskadi, después de casi treinta años de ausencia, tuvo un encuentro en Tolosa con amigos que había conocido en París. Le consultaron, “acongojados”, si debían quedarse con la postura de Ajuriaguerra o con la de Monzón y les contestó que a su modo de ver la postura razonable y sobre todo responsable era la preconizada por Ajuriaguerra con el apoyo del PNV, porque “nuestro pueblo está cansado, agotado después de tantos años de sufrimientos y penalidades. Le conviene dejar al margen la violencia para empezar a recuperar sus derechos por medio de un Estatuto de Autonomía que abra caminos para llegar a su autodeterminación y fortalecer nuestra conciencia nacional”. La postura de Monzón, “con todos los respetos que se le deben”, era a su entender irresponsable, un camino al suicidio. Hasta los más jóvenes deben recordar que Jesús Insausti, Uzturre, fue un resistente de primera hora en clandestinidad, importante dirigente sindical en el exilio, presidente del EBB en tiempos difíciles y primer rector de la Fundación Sabino Arana.

En un momento en el que los análisis de lo que fue ETA, desde el principio, atienden más a la oportunidad que a la verdad, tomar en cuenta algunas inteligentes visiones desde la orilla de enfrente deberían servir al menos para no caer en caricaturas.

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