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Esa engañosa seducción masiva

España ha dado un vuelco a raízde la crisis catalana y con él laindependencia de pensamientoy la responsabilidadpersonal de los españoles, quetransmutan su ciudadanía porel patriotismo de bandera

Por Txema Montero - Martes, 10 de Abril de 2018 - Actualizado a las 06:00h

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NO dominamos el pasado, encierra no menos secretos que el futuro. El gran historiador Claudio Sánchez Albornoz dedicó gran parte de su vida a desentrañar ese enigma histórico llamado España. A la luz de los acontecimientos que estamos viviendo, el enigma ya tienen explicación: España es una tribu. Ante el conflicto catalán, la respuesta de los diferentes estamentos institucionales y sociales españoles está siendo clónica;del rey para abajo casi todos dicen disparates a cada momento, pero a nadie parece importarle;la mayoría de la gente escucha a los medios de comunicación más tronantes y todos se sienten exaltados.

Esa engañosa seducción masiva está consiguiendo que la sociedad española reaccione ante los acontecimientos adversos como si fueran un ataque contra su supervivencia y acuda a la llamada de la tribu. Hasta cierto punto es comprensible, la organización tribal proporciona una cosa fuera de toda duda: equilibrio en la vida. Lo difícil de encajar son esas respuestas atávicas con un modelo de organización social cívica y democrática pues una vez conseguida la uniformidad del pensamiento las masa sociales están listas para obedecer, olvidando que cuando formas parte de un rebaño poco importa que seas el primero o el último.

La pasada Semana Santa asistimos a un colosal ejercicio de pastoreo del rebaño. La aconfesionalidad del Estado cedió el paso a banderas a media asta en los acuartelamientos militares, a cuatro ministros entonando al unísono el himno de la Legión y a la exaltación del nacionalcatolicismo con su aditamento típicamente español de folclorismo, casticismo y envidia. Porque las viejas calumnias y las diatribas venenosas han dado al fin su fruto atroz. Los catalanes, desde siempre caricaturizados como insolidarios y mezquinos, son ahora considerados sediciosos, violentos y traidores, metiendo en ese mismo saco tanto a los dirigentes soberanistas como a quienes les apoyan. Después del referéndum del 1 de octubre, de las cargas policiales en Barcelona y de las elecciones del 21 de diciembre, la sociedad española ha experimentado una mezcla de estrés postraumático, perplejidad, resentimiento, amargura y exigencia al gobierno para que acabe ya y sin mucho miramiento con el separatismo catalán. Mientras tanto, la sociedad catalana vive los acontecimientos con expectación cautelosa. Los soberanistas bienintencionados habían olvidado cuán importante es la fuerza, que en la mayoría de las ocasiones es la esencia de la realidad, y se habían enamorado de las apariencias del Estado de Derecho;solo así se entiende su estrategia basada en la confianza de que las resoluciones del Parlament iban a ser aceptadas como legales a todos los efectos.

El despertar de esa ensoñación con tan pocas esperanzas viene en forma de decisiones judiciales. La salvaje galopada del juez instructor Pablo Llarena, capaz de transformar sobre el papel unas algaradas callejeras en actos equivalentes a la toma de Madrid por la División Acorazada Brunete, demuestra que todo es posible si el poder judicial ha sido previamente colonizado por el poder político. Aún peor, que la correcta valoración de los hechos para proceder a la justa imputación de los autores acaba siendo imposible pues el derecho cede ante la razón de Estado. Esa colonización de la justicia no es posible en Alemania porque tras ser derrotada en la Segunda Guerra Mundial se llevó a cabo una desnazificación generalizada, desde las aulas hasta las instituciones políticas. Ese proceso consiguió que la ciudadanía se identificara con las instituciones dando lugar al llamado “patriotismo constitucional” que no es otra cosa que la lealtad de las personas para con un Estado que funciona con arreglo a la ley y en el que no caben injerencias políticas en los reguladores, sean la justicia o el mercado. Y ya que estamos, ¿algún constitucionalista de ocasión ha reparado que “España, el país más descentralizado de Europa, del mundo incluso”, tenga que aceptar que la solicitud de detención de Puigdemont la resuelva un tribunal regional, pues en Alemania tienen competencias en materia internacional? Algo así como que el Tribunal Superior de Justicia del País Vasco decidiera la extradición de un ciudadano alemán en tránsito por Euskadi. Dejo para otra ocasión hablar del modelo judicial alemán, descentralizado en cada Länder y sometido a control de sus respectivos parlamentos federales. Es un interesante modelo para debatir y del que los defensores de la unicidad del poder judicial español no quieren ni hablar.

En España no se produjo nada similar a la desnazificación tras la muerte física del dictador. Se pasó la página, los cuarenta tomos, del franquismo como se sacude uno el polvo del camino. Se miró para otro lado como si la cosa no tuviera que ver con nosotros mismos, por acción, omisión o incapacidad de cada cual para acabar con un régimen que tenía más apoyo social de lo que estábamos dispuestos a reconocer. Se mantuvieron líneas informales de poder, no sometidas a escrutinio democrático, como la Corona, los servicios secretos (algún día conoceremos en profundidad el poder fáctico de los mismos), la banca o determinados medios de comunicación dependientes del poder financiero y que se muestran más beligerantes cuanto más disminuidos están. A consecuencia de todo eso, las instituciones democráticas están sometidas a una atmósfera tensa y debilitante. Y cuando las instituciones flaquean se abren las puertas a los liderazgos de excepción y al totalitarismo. A consecuencia de la crisis catalana, España ha dado un vuelco y con él la independencia de pensamiento y la responsabilidad personal de los españoles que transmutan su ciudadanía por el patriotismo de bandera. El vuelco español nos coge a contrapié a los vascos, más dedicados que nunca a aprender a respetar la diversidad de nuestro país, una vez desaparecida ETA, que tanto se empeñó en uniformizarnos. Es una lección que no debemos olvidar.

La envidia es el resentimiento desatado de no poder ser el otro y en el caladero de los envidiosos tratan de pescar los que invocan la libertad e igualdad para uniformizarnos a todos. Albert Rivera tiene, por decirlo de alguna manera, cierto talento para la pura verbosidad. No hace otra cosa que hablar y amenazar con un “se acabó el recreo” dedicado a los vascos y navarros que, como sociedad democrática, a pesar y gracias a nuestras diferencias, nos mostramos unidos en la defensa de nuestras instituciones: Concierto-Cupo, Convenio, Parlamentos, Ertzaintza, EITB y gobiernos. El recreo que Rivera pretende dar por concluido no es otro que la Disposición Adicional de la Constitución, esa misma que él proclama que nos hace libres e iguales. Ese fin del recreo sin propuesta de supresión de la disposición constitucional que reconoce los derechos históricos de vascos y navarros convierte la proclama de Rivera en una llamada a la tribu, por encima de la suprema ley. Afortunadamente, por el momento esa pasión no arrastra a todos por igual, pero la campaña de seducción masiva ya está en marcha. Otra lección que hemos aprendido los vascos es que para mantenerse vivo a veces no basta la mera realidad: se requiere la imaginación.

Visto el horizonte próximo, con un gobierno del Partido Popular pendiente de unos presupuestos sin apoyo suficiente y señalado por todas las encuestas desfavorables, no es una temeridad pronosticar que en pocos meses Rajoy vuelva a la vida privada. No es lo mejor que nos puede suceder vista la algarabía tribal con Catalunya como tambor y Euskadi y Nafarroa como palillos. De nuestra imaginación, y de cinco votos, depende el salir del paso, que no el convencer a varios millones de españoles que ya han decidido volver a ser lo que durante tiempo fueron. Salir del paso es apoyar los presupuestos si los dirigentes catalanes se muestran incapaces de presentar un candidato a presidente plausible sustentado por un Govern de base transversal, no exclusivamente soberanista, pues una cosa son los principios y otra las adhesiones inquebrantables. Salir del paso es negociar con urgencia no solo los Presupuestos Generales presentados, mejores sin duda que una prórroga de los del pasado año, sino también las competencias de mayor urgencia pendientes de transferir que interesan en el ámbito social y penitenciario. Dos elecciones consecutivas en Catalunya y España son el peor escenario imaginable para los partidos cívicos y el mejor caldo de engorde para las reacciones tribales.


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