El sacacorchos

El diablo sobre ruedas

Por Jon Mujika - Martes, 10 de Abril de 2018 - Actualizado a las 06:00h

Columnista Jon Mujika

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POR aquel entonces el realizador Steven Spielberg era aún un desconocido para el gran público pero, aun sin saberlo, ya estaba creándose una leyenda que no cesa de crecer desde entonces. Por aquel entonces era 1971, el año en que rodó aquella road movietruculenta, El diablo sobre ruedas,una ficción acongojante que presta su título hoy, 47 años después, a una realidad aún más atroz si cabe: la decisión de Jorge de arrollar con su coche a Leyre, una antigua pareja a la que había golpeado en el baño de su casa. Solo con imaginar que en su cabeza el guardabarros funcionó como navaja de remate (pasó por encima de su cuerpo dos veces y se dio a la fuga, en angelito...) ya cuesta un mundo no caer en la tentación de la venganza.

Ayer, cuando el juicio revivió la macabra escena, a Jorge le gritaban “míranos, no te tapes la cara. Sé valiente”. Era una petición absurda porque en el corazón de Jorge no anida sino la cobardía.

De la escucha de los primeros testimonios ya se deduce cómo el hombre trató de protegerse con las andrajosas pieles de la mentira desde primera hora: pidiéndoles a sus progenitores que adelantasen su hora de llegada a casa para que no perdiese la custodia de los hijos;tratando, según aseguraba un testigo, de contratar a un asesino de alquiler para no mancharse las manos de sangre, mintiéndole a su hermana y a medio mundo sobre aquel conductor fantasma que nunca fue. Acorralado por los perros de rastreo de la verdad, acabó arrojándose a las vías de tren diez días después del crimen. Hoy llora y su llanto recuerda a las lágrimas del cocodrilo. Nadie le cree. Con tales antecedentes...

Nos ha enseñado la verdad de la crónica negra, tan asidua, por desgracia, desde que el hombre es hombre que solo hay dos clases de cobardes: los que huyen marcha atrás y los que salen en estampida hacia adelante. Jorge, como lo han visto, es un prototipo de manual: lo ha intentado por las dos vías. Ahora en los tribunales van a medirse las pruebas con precisión de cirujano, van a mirar hasta debajo de la alfombra para que no se escape una mota de polvo. No podrán hacerlo bajo la alfombra de Leyre y hay quien insinúa una razón atroz: fue usada como su mortaja. Les decía al principio que cuesta contenerse y no gritar “¡venganza!” al calor de lo visto, pero hay otro grito que sí que bien debiéramos lanzar en común: “¡Justicia!”.

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