Historias de la vida

Máximo Hernández, obsesionado con proteger a la reina

Máximo Hernández juega de siempre al ajedrez y desde hace treinta años pertenece al club Zuri Baltza XT de Santutxu

Un reportaje de Yaiza Pozo - Lunes, 9 de Abril de 2018 - Actualizado a las 06:00h

Máximo Hernández posa junto a uno de los tableros del club Zuri Baltza XT de Santutxu.

Máximo Hernández posa junto a uno de los tableros del club Zuri Baltza XT de Santutxu. (J.M.M.)

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Máximo Hernández posa junto a uno de los tableros del club Zuri Baltza XT de Santutxu.

MÁXIMO Hernández nunca pensó que un tablero de ajedrez iba a convertirse en su mejor aliado. Para cualquiera puede parecer un simple juego de mesa pero para este bilbaino es “una afición que no tiene fin”. Las 32 piezas y las 64 casillas que conforman este juego le han llevado a disputar torneos y aprender de cada una de las derrotas. El club Zuri Baltza XT de Santutxu es su casa desde hace 30 años y en ella comenzó a dar sus primeros pasos como monitor.

Para muchos todavía continúa el debate de si al ajedrez se puede considerar un deporte. Pero esto no le importa mucho a Máximo. El ajedrez es su pasión y le ha llevado a superarse en cada jugada. Su primer contacto con el escaque fue siendo apenas un niño. “Mi abuela me regaló un tablero cuando era muy pequeño de manera casual. Mi padre, que sabía lo básico, me enseñó las reglas después haberlas leído en las instrucciones”, recuerda.

Tal fue su afán que incluso esta práctica la llevó al colegio y compartió afición con otros de sus compañeros que también jugaban. “Tuvimos suerte de que viniese un monitor de ajedrez que ahora es más habitual ver en los colegios, pero antes no. Luego a través de ese grupo que hicimos empezamos a ir a los campeonatos”, dice Hernández.

Campeonatos que le han hecho sacar lo mejor de él y de ellos guarda en su memoria momentos memorables. “Recuerdo como jugando en Trapagaran en la calle comenzó a llover, los tableros se llenaban de agua y nadie anuló el torneo. La gente abrió sus paraguas y seguimos jugando”, cuenta entre risas. “También guardo derrotas dolorosas. Piensas que vas a ganar la competición y en la última partida tienes un error. En este mundo pasan cosas curiosas”, afirma.

“Siempre te quedan cosas por aprender;al tener una visión competitiva te hace progresar para ser mejor y hay que ponerse al día”

Conforme fue creciendo, sin abandonar su verdadera pasión, Hernández optó por estudiar arquitectura, pero esto sí lo dejó. Y no porque el ajedrez fuese su máxima aspiración sino porque así lo decidió. Actualmente, desde hace 15 años trabaja como delineante y dice estar en constante reciclaje para mostrar sus mejores jugadas en el tablero. “Siempre te quedan cosas por aprender o estudiar. Al tener una visión competitiva te hace progresar para ser mejor porque hay mucha revolución en Internet y hay que ponerse al día”, afirma.

El club, su segundo hogarPero su profesión no le ha impedido continuar formándose como ajedrecista. Después de acabar sus estudios, Hernández se acercó junto a un compañero del colegio al club de ajedrez más cercano a la zona en la que residía. Ese era el club Zuri Baltza XT de Santutxu que durante 30 años ha sido y continúa siendo, su segundo hogar. Allí ejerce como monitor, aunque desde sus comienzos lo ha dejado alguna vez para continuar formándose. “Siempre me han llamado mucho la atención los niños y el trato con ellos siempre me ha gustado. Es egoísta decir que aprendo yo más de ellos que ellos de mí. Además, el club tiene necesidades de fomentar la cantera y hay que formar a la juventud”, explica.

Entre sus referentes se encuentra Garry Kasparov, un jugador profesional del que Hernández ha tomado nota de sus jugadas para llevárselas luego a su terreno. “Como soy monitor también veía a profesores o entrenadores, algunos rusos, que tienen mucho prestigio y les copias métodos. Siempre hay que aprender de los mejores”, cuenta. Una de las cosas que más le gusta del ajedrez es la responsabilidad que supone. “Puede ser muy sencillo pero también es todo lo complicado que tú quieras. Es un juego extremadamente individual, que si te equivocas te equivocas tú”, dice.

Con una hija de seis años, en su círculo parece normal inculcarle también a ella su pasión por el ajedrez. “Le he enseñado y a mi sobrino también pero no les presiono. Me ven jugar en casa, leer cosas y es normal. Tus aficiones siempre empapan a tu entorno”. Y es que después del club, que abre cada viernes por la tarde, se lleva de nuevo el juego a casa.

Desde que tuvo su primer tablero de ajedrez le ha agradecido a su abuela haberle descubierto su pasión. “Vivió 102 años y cada vez que nos juntábamos en Navidad o por su cumpleaños, le recordaba que todo esto empezó por ella”, concluye.

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