el sacacorchos

Perder los nervios

Por Jon Mujika - Sábado, 7 de Abril de 2018 - Actualizado a las 06:00h

ES tan corto el amor y es tan largo el olvido”, escribió el poeta chileno Pablo Neruda en uno de los versos de su memorable obra Veinte poemas de amor y una canción desesperada. Vienen al caso sus palabras al evocar algunos de los descuidos en el aeropuerto de Bilbao, donde lo mismo se extravían los cinturones de los que uno ha de desprenderse en las puntos de control que se viven episodios propios de Berlanga: el extravío de una pecera repleta de peces de colores que se olvidó en el los lavabos o aquel hombre que puso el grito en el cielo por un Rolex perdido... que encontró poco después en el bolsillo de su portátil. Aunque volar ya se haya convertido en una costumbre casi humana (antológico aquel cuento del realismo mágico en el que un tipo pedía trabajo en un circo un día tras otro, asegurando que sabía imitar a los pájaros mientas trinaba como un jilguero o un petirrojo. Cuando le sacaron de la pista con cajas destempladas por las molestias con ese número de pobre espíritu se marchó de la lona... ¡volando!), aún hay gente que pierde los nervios minutos antes del embarque. Es lógico si se considera que el vuelo no está entre las habilidades humanas.

Quienes descuidan la dentadura postiza, una muleta, una maleta con todo el equipaje o las gafas graduadas lamentan las pérdidas en el aeropuerto porque son enseres útiles. No podrán hincar el diente al bocadillo plastificado, llegarán, a duras penas y renqueantes, a la butaca asignada, tendrán que comprar calzoncillos o bragas en destino y les costará leer la letra pequeña de las instrucciones de socorro que suelen embolsarse en el asiento precedente. Es una molestia, claro que sí. Como también lo es para los trabajadores de la oficina de objetos perdidos, que en muchas ocasiones sienten perder el tiempo en la búsqueda del viajero atolondrado. Hay quien pierde la paciencia con estas cosas. No merece la pena. La única pérdida que consuela es la de ese par de kilitos (“par de kilitos” es una metáfora, ya entienden...) de sobra.

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