“Sacar a mi ama de su casa fue un trauma”

Ander de Bernedo ha heredado la vivienda de su madre Jone, quien falleció con la pena de no volver al barrio

Un reportaje de Sandra Atutxa - Jueves, 5 de Abril de 2018 - Actualizado a las 06:00h

20 de diciembre de 2008. En esta fecha, DEIA fue testigo de cómo los vecinos de Santa Ana iban abandonando las casas con todas sus pertenencias. En total, fueron 14 las familias expropiadas. Foto: J. M.Martínez

20 de diciembre de 2008. En esta fecha, DEIA fue testigo de cómo los vecinos de Santa Ana iban abandonando las casas con todas sus pertenencias. En total, fueron 14 las familias expropiadas. (J. M.Martínez)

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20 de diciembre de 2008. En esta fecha, DEIA fue testigo de cómo los vecinos de Santa Ana iban abandonando las casas con todas sus pertenencias. En total, fueron 14 las familias expropiadas. Foto: J. M.Martínez

Jone pasaba horas sentada al sol en la puerta de la casa en la que su madre le trajo al mundo. Cuando con 80 años le comunicaron que le expropiaban su vivienda, lo tuvo claro y así se lo dijo a DEIA entonces: “Yo no regresaré a mi barrio, no veré la nueva casa”. Jone falleció hace unos años y dejó atrás aquella casona que adornaba con tiestos repletos de flores. Su hijo, Ander de Bernedo, es el heredero de la vivienda que le correspondía a su madre.

“Sacar a mi ama de su casa fue un trauma muy grande para ella. Le costó mucho dejar todas sus cosas y tener que irse sabiendo que igual no volvería”, destacaba ayer. Un viaje sin regreso en el que Jone tuvo que dejar atrás los recuerdos y vivencias de toda una vida.

No es la única vecina que ha fallecido o que por motivos de salud ha decidido renunciar al adosado. “En diez años pasan muchas cosas. Hubo gente muy mayor a la que se le arrebató su casa sabiendo que no regresarían. Yo entonces trabajaba”, dice Santos Muñoz. Ya jubilado, este vecino asegura que no ha habido un día en que no haya visitado la barriada. “He quedado todos los días con mi amigo Manolito. Bajábamos juntos a tomar unos vinos. Luego le acompañaba a pie hasta aquí y me volvía al piso, ubicado en la calle Estrada de Mala, donde hemos vivido todos estos años”. Otras veces, cuenta Santos, paseaba junto a su mujer y su perro por la zona. “Así aprovechaba para echar un vistazo a las obras”.

De los catorce adosados construidos, al menos dos saldrán a subasta. Hay quien ha decidido renunciar a otra casa en la misma zona y sustituirla por otra vivienda en calles más céntricas. “Hay gente que tiene problemas de salud y prefiere quedarse en un piso con ascensor, más en el centro de la ciudad”, cuentan los vecinos. Y prosiguen: “Una cosa son cinco años, pero diez... Eso es una eternidad”, reflexiona Muñoz.

Quienes sí han regresado al barrio recuerdan aquellas tardes de verano en las que muchos de ellos se reunían en torno a una mesa;meriendas improvisadas que esperan, una década después, se vuelvan a organizar. Es un nuevo comienzo para todos ellos.


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