“Mi hija no me da besos jamás, la abrazo cuando me deja”

Ahora que sabe que su niña de 11 años tiene síndrome de Asperger, Rebeca se explica todo lo que han sufrido

Lunes, 2 de Abril de 2018 - Actualizado a las 06:00h

Manu y Carmen, en un gesto de cariño hacia su hijo, Ander.

Manu y Carmen, en un gesto de cariño hacia su hijo, Ander.

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Manu y Carmen, en un gesto de cariño hacia su hijo, Ander.

Bilbao- Se despertaba quince veces cada noche y pensaban que la niña les había salido inquieta. La etapa del no vino para quedarse y creían que su hija era así. “No quería que yo hablara con nadie, no entendía nuestros saludos ni las despedidas, no soportaba el ruido... Como todo le molestaba, acabas aislándote”, confiesa Rebeca, madre de una niña de 11 años a la que hace uno le diagnosticaron el síndrome de Asperger. “Pensábamos que tenía un carácter especialito. Cuando te enteras, se llora bastante, pero ahora entiendo muchas cosas del pasado”, agradece. Y del presente, como su miedo a la oscuridad y a la soledad, su estrés, los dolores de cabeza, la hiperactividad, las fobias, los trastornos obsesivos... “Como para desayunar se toma el zumo primero, le tengo que poner el vaso y después la taza de leche. La enfada que se los ponga a la par”, pone como ejemplo. Es uno de tantos. “La tengo que despertar con suavidad. Es supersensible, no le gusta el contacto. Mi hija no me da besos jamás. La puedo abrazar cuando me deja. Puede pasar una semana”.

Con la ayuda de la asociación Apnabi, Rebeca está aprendiendo a entender a su hija y esta, a asumir que no es que su madre no la escuche, sino que es ella la que a veces no se expresa. Atrás queda un reguero de sufrimiento. “Se ha tragado muchas broncas por no hacer cosas al ritmo que la vida te exige. ¿Por qué hay que decirle todos los días que recoja la taza? Tú piensas que se quiere librar, pero es que realmente se le olvida todos los días. Se la juzga de manera injusta, con la impotencia que le supone. Seguro que mucha gente castiga a los niños sin merecerlo por desconocimiento. Cuando les diagnostican, te sientes muy culpable”, se sincera. Para el entorno tampoco es fácil. “La gente espera que un niño sea dulce con el contacto y las palabras bonitas y ella no lo es. Igual la saludas y ni te mira. Es muy frustrante para los otros, pero para ella es desagradable también”, lamenta su madre, que la tuvo que cambiar de colegio porque la habían encasillado como “la rara de clase y le hacían bullying”. “Hizo un dibujo brutal, se veía cómo la estaban maltratando, varios niños alrededor riéndose, haciendo muecas”, describe.

Aunque su hija es “muy inteligente” -“en un cuadro de mil detalles, lo más ingenioso lo detecta al instante”, dice Rebeca-, era incapaz de comunicarse eficazmente con sus padres. Desde que está diagnosticada, “está mucho más aliviada y feliz” y su madre, esperanzada. “Yo la miro y me muero por abrazarla. A veces, cuando siente que la comprendo, me deja darle besos, me abre las puertas”. - A. Rodríguez

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