colectivo denominado ‘segundas generaciones’

“Te sientes de allí donde has echado raíces”

Tres jóvenes que pertenecen al colectivo denominado ‘segundas generaciones’ cuentan su experiencia de vida en Euskadi y sus perspectivas de futuro como hijos de inmigrantes

Beatriz Sotillo - Domingo, 1 de Abril de 2018 - Actualizado a las 06:00h

Hajar Samadi llegó a Euskadi con sus padres cuando tenía dos años de edad.

Hajar Samadi llegó a Euskadi con sus padres cuando tenía dos años de edad. (José Mari Martínez)

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Hajar Samadi llegó a Euskadi con sus padres cuando tenía dos años de edad.

Bilbao- “Me siento más de aquí porque la vida la he construido aquí”. La frase de Hajar Samadi para expresar sus sentimientos de pertenencia define bien la situación de muchos jóvenes vascos con ascendencia extranjera, un colectivo al que la sociología denomina segundas generaciones. “Inmigrante sería -añade Hajar- si yo ahora mismo decidiera mudarme a Alemania”. Ella es una de las 77.000 personas jóvenes “nacidas en el País Vasco o reagrupadas con menos de 4 años, con al menos un progenitor de origen extranjero” que, según Ikuspegi, residen en Euskadi y contribuyen a una sociedad más diversa desde el punto de vista cultural y de origen.

Hajar Samadi, Dylan Murcia y Abdelhak El Youssfi son tres jóvenes que representan las distintas circunstancias de ese colectivo más amplio llamado segundas generaciones: Hajar “fue traída” a Euskadi con 2 años, Dylan nació aquí y Abdelhak llegó a España -a Madrid- con 9 años y más tarde se trasladó a Bizkaia. Los tres comparten el hecho de tener una ascendencia extranjera, el sentimiento de “ser de aquí” y un futuro en el país al que llegaron como resultado del proceso migratorio de sus padres.

Según las clasificaciones científicas, Dylan y Hajar serían segunda generación, mientras que Abdelhak pertenecería a la generación 1.5 al haber sido reagrupado con más de 5 años y menos de 11. Según el Observatorio Vasco de la Inmigración, que ha elaborado una serie de trabajos sobre los jóvenes con ascendencia extranjera que viven en Euskadi, la mayor parte -el 60,6%- de esas casi 77.000 personas con orígenes foráneos pero que han desarrollado su vida aquí son segundas generaciones y el 17,7% pertenece a la categoría 1.5. También hay un 21,7% que llegó a la CAV con 12 años o más.

Abdelhak El Youssfi recuerda que cuando llegó a España con sus padres, hermanos y hermanas desde Marruecos “el cambio fue muy grande, no conocía el idioma”. “Los primeros meses todo es nuevo, el cambio se nota, pero al ser niño la adaptación también es más fácil. Lo principal era el idioma y no me costó mucho aprender castellano porque en el colegio al que entré había una profesora que hizo muy fácil el aprendizaje, ayudaba muchísimo. Creo que si aprendes rápido lo principal para comunicarte, la integración va bien. El choque fuerte de los primeros meses en un país diferente lo puede sentir más alguien que llega con 16 o 17 años. Pero si eres un niño, una vez que ya hablas el idioma todo es más fácil”, rememora Abdelhak. Explica también que él es el quinto de siete hermanos y pudo comprobar que así como a sus hermanos mayores les costó un poco más superar el cambio de país, para él y los dos más pequeños, el proceso de adaptación resultó más fácil.

la adaptaciónAlgo parecido opina Hajar Samadi: “Nunca he notado el cambio de un país a otro, al ser tan pequeña no sabes qué pasa. No es lo mismo si me hubieran traído con 15 años, como les ha pasado a algunas amigas mías, que sí notan el cambio”. Esta joven, que también procede de Marruecos asegura que no ha necesitado periodo de adaptación. “Mis padres -cuenta sobre sus primeros meses en Euskadi- me suelen recordar una anécdota, que cuando me llevaron por primera vez a la escuela era Carnaval, por lo que me asusté mucho y no quise entrar, pero eso suele ser normal a esa edad, reaccioné como cualquier otro niño. Luego, de mayor, cuando empiezas a comprender el mundo, notas que hay diferencia de lenguas y culturas, pero también mucha flexibilidad para cambiar el chip, cuando estoy dentro de casa hablo un idioma y cuando salgo fuera son otros, euskera y castellano, pero siempre lo he llevado bien”.

En el caso de Dylan Murcia, las cosas fueron muy diferentes. Nacido aquí hace 14 años de padres colombianos, Dylan asegura que no ha vivido ningún proceso de adaptación ni de integración puesto que “he crecido y me he criado aquí , ya nací integrado” y apunta que pese a tener padres extranjeros él se siente “exactamente igual que todos mis compañeros de clase”. Aficionado al deporte, Dylan estudia 2º de la ESO, no ha tenido dificultades con el euskera, sus planes son “terminar el Bachillerato y tener una idea para una empresa o ir a la Universidad”, donde le gustaría estudiar administración de empresas. Tampoco descarta viajar a Inglaterra o a Estados Unidos “para aprender inglés”, aunque se ve trabajando aquí y reconoce que tiene “una cultura mixta” que le facilitaría adaptarse a vivir en otros países.

En cuanto a las posibles diferencias con otros chicos de su edad que no forman parte de las segundas generaciones, Dylan afirma que “no son muy importantes, pero sí hay algunas, como la forma de educar en casa o la forma de hablar”. “Yo, como he nacido aquí -explica- puedo hablar bastante parecido a como se habla en Bilbao, no tengo un acento distinto, pero en casa estoy continuamente escuchando hablar de forma diferente, entonces, así que aunque no me diferencie mucho, mi manera de hablar no va a ser igual que la de quienes tienen padres de aquí”.

Respecto a su proceso de integración Abdelhak El Youssfi asegura que “solo sufrí ese primer choque cuando tenía 9 años, a partir de ahí, para integrarte en la nueva sociedad a la que has llegado, una vez que ya controlas el idioma y las costumbres, viene todo rodado”. Este joven, que ahora reside y trabaja en Bizkaia, estudió primaria y Bachillerato y empezó en la Universidad. Está tramitando la obtención de la nacionalidad española y su futuro -dice- está aquí. “Cuando me preguntan digo que soy de aquí, no de Marruecos. Hace poco estuve allí y me preguntaron si me sentía de Marruecos. Les dije que no. Una cosa es que haya nacido allí, que eso nadie lo quita, son mis orígenes, y otra cosa es dónde echas tus raíces. Si echas raíces y has asimilado el sistema de vida de este país, pues ya eres de aquí. Tengo sobrinos que han nacido en Cruces y en Basurto y hablan euskera perfectamente, mejor que el árabe, que les cuesta más. Ellos sí que son la verdadera segunda generación, parte de mi familia ya es totalmente de aquí, eso y formar una familia aumenta el arraigo y cuando nazca mi hijo yo asumo que automáticamente él es español y como padre no puedo ni debo obligarle a volver a mi país de origen. Yo he pasado por eso y creo que el proceso de integración nos ha salido bien. Veo mi futuro aquí, a largo plazo no me imagino vivir en otro sitio que no sea este”, afirma Abdelhak.

País de origenA la pregunta de si vive mirando hacia su país de origen o si se ha planteado regresar, Abdelhak dice que “empiezas a pensar que ya te quedas definitivamente a partir de la mayoría de edad, cuando te das cuenta de que estás acostumbrado a un sistema, a un tipo de vida y cuando vas a tu país de origen ves la diferencia que hay, ves el contraste y comparas. Es entonces cuando piensas en qué te encontrarías si volvieras a Marruecos. Yo decidí seguir aquí porque aquí me encuentro más cómodo y porque hay mas posibilidades. Ten en cuenta que nadie sale de su país de origen porque le dé la gana, se emigra por necesidad, hay hechos objetivos que te hacen ver que estarás mejor si sales y lo haces”.

Hajar Samadi también es contundente al referirse a su identificación con la sociedad vasca. “Me siento más de aquí, porque la vida la he construido aquí -señala-. Además como considero que por decisión propia no he cambiado de país, ya que en su día me trajeron, al haber crecido y vivido toda mi vida en el País Vasco, me considero más de aquí. Inmigrante sería si yo ahora mismo decidiera mudarme a Alemania por ejemplo, e hiciera la maleta para ello. Sin embargo al no haber vivido esa experiencia, el país donde vives lo haces tuyo. Pero hay un matiz, aunque no me considero inmigrante de segunda generación, sí que de alguna manera pertenezco al colectivo inmigrante, ya que mis padres lo han sido, gente que me rodea lo es, la sociedad que te rodea te coloca también dentro del colectivo inmigrante, sobre todo por el aspecto físico”. Añade que para ella “la identidad es muy flexible y múltiple”. “Aquí me siento de aquí y cuando voy a Marruecos que es el país de origen, me siento también de ahí, no creo que tenga que limitar mi identidad a un sitio y a una cultura concreta y encerrarme en ello. Considero que vas construyendo inconscientemente una nueva cultura con lo mejor de las dos, incluso innovando en muchos aspectos. Puedes incluir la puntualidad europea, la hospitalidad árabe, la sinceridad de la gente vasca , el humor español, en una quedada de amigos por ejemplo mientras tomo un menú halal. Y es algo estupendo”, asegura.

Afirma que nunca se ha planteado ir a vivir a Marruecos, “porque ya he echado raíces en esta sociedad, sería muy difícil empezar de cero en el país de origen donde nunca he vivido, aparte de que tengo aquí mi trabajo y mi familia, por lo que el país de origen seguirá siendo ese lugar especial donde me reencuentro cada año con mis abuelos, primos y el resto de la familia. Sin embargo, mi casa es este país al cual doy gracias por todas las oportunidades que me ha ofrecido y al que intento aportar lo mejor de mí misma”.

Sobre las ventajas teóricas que puede suponer pertenecer a las segundas generaciones, como compartir distintas culturas, Hajar Samadi señala que “el hecho de hablar varios idiomas es una gran ventaja que te permite conectar con otras culturas y países. Desde muy pequeña he hecho acompañamientos a personas que lo han necesitado, ayudando a traducir y entender por ejemplo que es lo que les está diciendo el médico a personas que no entienden el idioma autóctono y viceversa. Hacer de puente y mediar para que las personas se entiendan mejor, es un aporte importante a la convivencia”.

Para Abdelhak, sin embargo, alguien de segunda generación “puede tener alguna ventaja si se compara con uno de primera generación, pero no frente a alguien de aquí que me sigue tratando como si fuese un recién llegado. Si yo me comparo con una primera generación tengo ventaja, porque todo lo que esa persona tiene que construir al llegar a este país yo ya lo tengo hecho, las cosas no me van a costar el mismo esfuerzo que a la primera generación”.

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