Tiempo de bochorno

Por Miguel Sánchez Ostiz - Jueves, 29 de Marzo de 2018 - Actualizado a las 06:00h

CASI peor que los hechos denunciados por la prensa independiente relativos al misterioso máster de Cristina Cifuentes, ha sido la manera servil en la que la Universidad Rey Juan Carlos, como institución universitaria, se ha prestado al juego político, al menos durante unos días, recurriendo a falsedades manifiestas, silencios y pretendidos secretos, como el de la protección de datos, cuando de falsedad documental se hablaba. Finalmente, la Universidad se ha visto obligada a investigar lo sucedido con el máster de la presidenta de la Comunidad de Madrid, acosada por lo que parecen pruebas o datos irrefutables y sonrojantes.

Lo sucedido ha desvelado una realidad: la autonomía universitaria académica resulta servidora de los dirigentes políticos de una comunidad y una pieza más de la espesa red de favores debidos que explican la solidez de un sistema corrupto hasta las cachas... eso al margen de una devaluación de trabajos académicos convertidos en una especie de moneda de cambio, más cara para unos -los alumnos que han puesto esfuerzo en sus trabajos- que para otros, como Cifuentes. No hay día que no aparezcan nuevos testigos o se desvelen datos objetivos, difíciles de desvirtuar, que corroboran lo que de manera benévola se toma como una irregularidad, cuando lo sucedido ofrece perfiles delictivos o cuando menos poco decorosos en quien ejerce un relevante cargo público. La desfachatez habitual. Esa al menos es la apariencia. Que sea bochornoso no quita para que tenga sus apoyos, más políticos que éticos.

Por enésima vez habrá que decir que si esto hubiese sucedido en otro país europeo, la interesada hubiese ya dimitido, pero no estamos en otro país, sino en este en el que parece que el mal gobierno es algo que viene tan de lejos que se toma como algo tan habitual que resulta incuestionable y en el que es muy raro que se produzcan dimisiones. No hay sentido de la decencia pública y no importa lo que estén fundadas las acusaciones que se reciban: lo sucedido con el expresidente Sarkozy por financiación irregular es otro ejemplo. Aquí, impensable.

No recuerdo quién contaba la anécdota, pero el caso es que en plena borrasca de corrupción de hace años, cuando le preguntaron a José Luis Sampedro si creía que sus exalumnos de Economía habían sido capaces de los desmanes de los que eran acusados, dijo que no podía afirmarlo, pero que resultaba verosímil. Y eso es lo que ahora mismo sucede, que todo resulta verosímil, que concuerda con un clima político general de impunidad y abusos de poder por mucho que este se encuentre apoyado de manera asombrosa en unas urnas.

Cristina Cifuentes ha recibido a su prepotencia habitual un duro golpe, que sería raro se solventara con una morterada de demandas y querellas dirigidas contra todos aquellos que han publicado noticias sobre sus máster y sus circunstancias, una vez que la fiscalía ha decidido emprender acciones procesales de investigación.

A Cifuentes le ha venido bien el encarcelamiento de toda la cúpula política del independentismo catalán porque su chapuza ha pasado a un segundo plano. Una vez más, los escandalazos que persiguen al PP como insidiosos buscapiés, han quedado apagados por los avatares del proceso catalán y ahora mismo los de la formación de un gobierno autonómico que cada vez se ve más claro está intervenido por el poder central que no va a parar hasta conseguir un gobierno autonómico a su gusto, lo que pone el sistema democrático en algo más que en entredicho.

Con o sin órdenes de prisión, y de busca y captura, lo que ha quedado una vez más patente es que resulta muy difícil sostener que el nuestro es un clima civil de elemental de confianza y buena fe sociales. Al revés la sospecha de que las instituciones están tocadas, seriamente dañadas, más acordes con un entramado de negocios no siempre claros cuando no descaradamente fraudulentos, que con el servicio público que más parece una entelequia burlesca.

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