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Acorralado por la Justicia española

Un periplo de 146 días por Europa lleno de sobresaltos

Puigdemont se afanó en impulsar el ‘procés’ desde el corazón de Europa

Un reportaje de I. Fradua - Lunes, 26 de Marzo de 2018 - Actualizado a las 06:00h

Anna Gabriel conversa con Carles Puigdemont en el acto celebrado hoy en Ginebra

Anna Gabriel conversa con Carles Puigdemont en el acto celebrado hoy en Ginebra (AFP)

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Anna Gabriel conversa con Carles Puigdemont en el acto celebrado hoy en Ginebra

CARLES Puigdemont marchó al exilio un 30 de octubre. Junto a cuatro de sus consellers -Toni Comín, Lluís Puig, Meritxell Serret y Clara Ponsatí-, huyeron de la “politizada Justicia española” para lo que se presuponía una estancia corta que les permitiera internacionalizar el procés desde Bruselas, el mismísimo corazón de Europa. El expresident mantuvo hilo directo con la Catalunya que ansiaba dirigir, primero como jefe del Govern y, truncada su candidatura, liderando un consell simbólico en el exterior. Encabezó manifestaciones y ofreció decenas de entrevistas. Y buscó expandir el mensaje soberanista en sus viajes a Copenhague, Ginebra y Helsinki pero, sobre todo, notó la presión judicial del Estado en la nuca. La detención ayer del president cesado en el norte de Alemania ha puesto fin a un periplo de 146 días llenos de sobresaltos.

Acompañado de una cohorte de fieles que no le han abandonado ni un minuto, con el empresario Josep María Matamala a la cabeza, la estancia de Puigdemont, que inicialmente sopesó pedir asilo político, se fue alargando conforme su situación procesal se complicaba, aunque la Justicia belga le diera cierto oxígeno. Así aconteció cuando el 5 de noviembre pasado se personó voluntariamente en una comisaría para frenar una presumible orden de detención de la Fiscalía. Aunque con medidas cautelares, apenas unas horas después orilló la posibilidad de ingresar en prisión. La Justicia del país centroeuropeo, de hecho, archivó su caso el 15 de diciembre, al igual que el de los exconsellers que le acompañaban. Fue toda una victoria, que llegaba después de que el Tribunal Supremo decidiera retirar las órdenes europeas de detención para evitar que Bélgica restringiera los delitos que pesaban sobre él. Era libre para viajar a cualquier punto de la Unión Europea. Salvo España.

Ofensiva judicial Libre de ataduras, es entonces cuando Puigdemont comienza su ofensiva política. Encabezó a Junts per Catalunya -versión 2.0 del PDeCAT- en las elecciones del 21-D desde su exilio, aunque tuviera que participar en los mítines vía plasma. Era una situación inédita, pero tuvo éxito: superó a ERC como primera fuerza del independentismo y fue propuesto por el Parlament para ser president. No obstante, esa elección activó automáticamente la ofensiva del Estado. Recrudeció la respuesta hasta tal punto que solo cinco días después el Tribunal Constitucional prohibió la investidura a distancia de un Puigdemont que ya iba haciéndose a la idea de que pasaría largo tiempo en la capital belga. Tanto es así que se asentó en una casa de Waterloo, a las afueras de Bruselas, en febrero.

La última etapa de Puigdemont en Bruselas se inició tras su renuncia a intentar presidir una Catalunya instalada en una profunda tempestad política. Dio paso a su número dos, Jordi Sànchez, y emprendió una cruzada para internacionalizar el procés. Acudió primero a la ciudad suiza de Ginebra y después a la capital finlandesa de Helsinki. Este último viaje, unido a la reactivación la pasada semana de la euroorden, propició su detención ayer en Alemania. Se desconoce si llegará a ser puesto a disposición judicial en el Estado, y cuándo, pero sí es seguro que Puigdemont se enfrenta a una posible pena de entre 25 y 30 años de prisión por cargos de rebelión y sedición por su participación en la organización del 1-O.

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