La paja en el ojo ajeno

La industria acerera de EE.UU. es víctima de sus errores, y ha acabado con un sector con el que dominaba en el mundo

Diana Negre. Washington - Domingo, 25 de Marzo de 2018 - Actualizado a las 06:00h

El cobro de aranceles de Trump a las importaciones de aluminio y acero genera críticas en sus filas.

El cobro de aranceles de Trump a las importaciones de aluminio y acero genera críticas en sus filas.

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El cobro de aranceles de Trump a las importaciones de aluminio y acero genera críticas en sus filas.

Hace poco más de dos semanas que el presidente Trump anunció nuevos aranceles para las importaciones de aluminio y de acero en Estados Unidos, pero en la vida política norteamericana parece que hayan pasado meses: los frentes se han endurecido y los que más se quejan no están necesariamente en la oposición demócrata, sino más bien entre las filas republicanas.

Esto último se refiere a los empresarios, economistas y políticos, empezando por el principal asesor económico de la Casa Blanca, el banquero Gary Cohn, un hombre con gran experiencia en el ramo del acero, pues empezó su carrera precisamente con la mayor compañía norteamericana de sector, US Steel.

Cohn se ha guardado mucho de criticar a Trump por la medida, pero no hacía falta: dentro de las filas republicanas, la condena ha sido muy extensa, aunque como en tantos otras cosas, no ha venido de la base incondicional del presidente, sino de políticos, economistas e incluso medios informativos conservadores, que tradicionalmente se oponen al proteccionismo.

Entre los seguidores incondicionales de Trump están los trabajadores que compran ávidamente el mensaje de que sus males se deben a maleficios exteriores: la mano de obra extranjera tiene la culpa de que los salarios no suban, o la perfidia de los países que venden a Estados Unidos es responsable de la pérdida de puestos de trabajo.

Para reforzar esta impresión, ha bastado con que algunas empresas metalúrgicas hayan decidido recuperar instalaciones cerradas hace pocos años, lo que parece demostrar, en un primer análisis, que Trump está recetando la medicina adecuada para los males económicos del sector y de EE.UU. en general.

Pero este análisis tiene las piernas muy cortas. Lo cierto es que la industria acerera norteamericana es víctima de sus propios errores, soberbia e indolencia, que al cabo de los decenios ha conseguido acabar con una industria que dominaba el sector en todo el mundo.

Los males empezaron en realidad a finales del siglo XIX, cuando el millonario Andrew Carnegie estableció un sistema de altos hornos que exigía inversiones enormes que, en aquellos momentos, estaban fuera del alcance del resto del mundo. La industria fue al principio muy rentable, apenas tenía competencia y sus directivos se durmieron en sus laureles, incluso décadas después de que sonaran las alarmas. Porque la primera de estas alarmas llegó medio siglo más tarde, cuando en la ciudad austriaca de Linz se implantó un proceso adoptado hoy en la mayoría de países, que insufla un chorro de oxígeno casi puro y consigue un producto de alta calidad que, además de reducir en un tercio los costos de producción, también permitía construir las nuevas plantas siderúrgicas a la mitad del precio americano.

En lugar de alarmarse, los empresarios del sector en Estados Unidos se mostraron escépticos… mientras en el resto del mundo se imponía la tecnología austriaca y aumentaba la competencia a los productos norteamericanos. Otro tanto ocurrió pocos años más tarde, cuando los alemanes desarrollaron un sistema de mini-fundidoras, cuyos hornos funcionaban con electrolitos y se construían a un precio relativamente bajo. A finales de siglo, las otrora prósperas zonas siderúrgicas norteamericanas eran esqueletos de ciudades abandonadas, con fábricas cerradas y barrios deshabitados, en lo que hoy se conoce como el rust-belt, algo así como un “cinturón industrial herrumbrado”.

A excepción de la empresa Nucor, que ganó fortunas siguiendo el ejemplo europeo, las demás siderúrgicas norteamericanas volcaron sus esfuerzos en los pasillos del Congreso, del que consiguieron nada menos que 376 medidas proteccionistas. Ahora, con las nuevas sanciones, es cierto que han vuelto a abrir algunas plantas, cuyos obreros probablemente votarán por Trump, pero otras empresas metalúrgicas ven en peligro su propia supervivencia: al cabo de años de comprar materiales de alta calidad en Japón o Alemania, se enfrentan a la perspectiva de quedarse sin suministro. Porque, si bien es cierto que podrían pagar los precios inflados por los aranceles, lo probable es que sus clientes simplemente acudan a fabricantes del producto total extranjero.

Inquietud bursátilLa inquietud de estos sectores se refleja también en las bolsas, con enormes vaivenes desde que Trump anunció su propuesta. Una de las grandes víctimas, que deja notar sus problemas en los índices bursátiles, es la empresa aeronáutica Boeing, la mayor empresa del mundo en el sector y que, hasta la decisión de Trump, veía sus cotizaciones subir como la espuma, pero en este mes ha perdido el 11% de su valor.

Boeing no solo espera costos mayores en el acero y aluminio importados, pero podría ser la principal víctima de una guerra comercial con China, que es su principal cliente de aparatos comerciales: hace un año y medio, las previsiones eran que los chinos comprarían casi siete mil aviones en los próximos 20 años, pero las represalias chinas por los aranceles siderúrgicos y otras medidas contra sus exportaciones podrían reconducir buena parte de estas compras a Airbus, el gran rival de Boeing.

Para el equipo Trump, en busca de un culpable por los déficit comerciales, la agresividad de los exportadores extranjeros son la paja en el ojo ajeno, sin ver la viga que representa su falta de iniciativa y de espíritu innovador, algo tan visible en el acero como en los automóviles o incluso los electrodomésticos: los coches japoneses o coreanos son mucho más fiables que los norteamericanos, igual que las vajillas o los calcetines salen mucho más limpios de las máquinas importadas que de las locales.

Trump, que preside un gobierno republicano, tal vez debería recordar que el proteccionismo no es la marca de su partido desde hace mucho tiempo: el último presidente republicano que utilizó los aranceles como política económica fue Herbert Hoover, de triste memoria, pues fue durante su mandato cuando comenzó la Gran Depresión.

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