Tribuna abierta

El militarismo ruso

Lunes, 19 de Marzo de 2018 - Actualizado a las 06:00h

HAY una larga tradición. Desde el zarismo hasta Putin, Rusia ha sido y será, por el momento, un país complejo, gigantesco y, sobre todo, muy frágil. En su gran extensión se halla esa gran debilidad, que intenta ser compensada, o equilibrada, interpelando a la primacía del Ejército y a un carácter agresivo con los países que le rodean y que teme que se vuelvan contra él en cualquier momento.

Rusia siempre ha sido un coloso con pies de barro. Su nacionalismo podría ser caracterizado como de duro y sacrificado, pero no le ha traído nada bueno a lo largo de los siglos. Sino más bien todo lo contrario. El régimen zarista quebró, fue incapaz de solventar los graves problemas de una sociedad atrasada, arcaica y rígidamente estratificada, desde el miserable campesino ruso de las estepas a la familia real que vivía en sus magníficos palacios. Pero el régimen soviético que vino después tampoco fue capaz de solventar esas contradicciones a pesar de la modernidad que trajo consigo.

En ambos casos, los dos regímenes se igualan al constituir un poderoso aparato militar. Si bien el zarismo no pudo con la Alemania imperial, Stalin sí lo hizo en la Gran Guerra Patriótica contra el inefable nazismo. Fue una victoria sin paliativos, se arrogó un triunfo que tuvo un coste humano terrible para los soviéticos… y no gracias al dictador georgiano. Eso sí, a pesar de las purgas de los años 30 contra la alta oficialidad, no descuidó ni un ápice la carrera de armamentos.

Cuando el Tercer Reich invadió la URSS, tuvo que enfrentarse a un ejército colosal a pesar de que durante unos cuantos años, millones de seres humanos habían vivido unas carencias enormes. Entonces, tales sacrificios desmedidos les salvaron. Pero, ¿no hubo una alternativa menos salvaje de industrialización y colectivización de la tierra? A continuación, durante toda la Guerra Fría, la URSS tuvo que ejercer de superpotencia. Intervenir en otros países, como Afganistán, competir de tú a tú con Estados Unidos, invirtiendo y dedicando miles de millones de rublos en buscar un modo de contrarrestar su poderío. Fue una carrera militarista sin parangón, sobre todo, cuando se desarrollaron, además de las armas convencionales, los temibles ISBM, los misiles balísticos intercontinentales, con capacidad de portar cabezas nucleares múltiples.

Una fortuna sepultada A la vista está que el enorme empuje que dio la URSS a la industria pesada militar trajo consigo, finalmente, buena parte de su ruina anticipada. Se sepultó una fortuna y unos recursos sumamente valiosos en competir por la supremacía de un arsenal nuclear que, en el mejor de los casos, podía provocar una catástrofe, que ya sucedió con la tecnología nuclear, esta con fines civiles, en Chernóbil, y en el peor, el fin del mundo. La sociedad soviética vio cómo sus niveles de vida descendían, su población era infeliz, su economía planificada se gripaba, el bienestar social era escaso y muy limitado... El ejército y una nueva generación de armas de todas clases siempre tenían prioridad. El temor al otro, a que Estados Unidos lanzara un ataque inesperado, siempre estuvo ahí, como una espada de Damocles que provocaba el mismo efecto en Washington, aunque con resultados un tanto diferentes porque las economías capitalistas, al menos, eran más racionales y se ofrecía una garantía mayor (aunque imperfecta) de libertades.

Rusia, como anunció Putin en un alarde publicitario antes de las elecciones, puede haber diseñado el mejor misil del mundo con capacidad nuclear. Pero la gran pregunta, que desconcierta, es ¿para qué fin?

Sin embargo, la quiebra total y absoluta del modelo soviético no solo trajo consigo la clausura de un sistema opresivo y poco funcional para la sociedad. Con ella, los países herederos de la URSS, como Rusia, tenían que encargarse de mantener un arsenal altamente peligroso. La Guerra Fría y la carrera de armamentos no solo había sido funesta y trágica debido a las guerras y conflictos librados en todo el mundo sino que había sido ruinosa.

Ahora bien, la nueva Rusia de Putin no parece haber hecho muchos progresos en la dirección correcta. El último discurso del presidente ruso Valdimir Putin antes de su esperado triunfo electoral va en la misma dirección que sus predecesores: hablar y referirse a los logros patrios que no se apoyan en los avances en las políticas sociales, en el duro combate a la miseria y la corrupción, sino en expresar a bombo y platillo que los científicos rusos han logrado construir un misil indetectable e invulnerable, capaz de llegar a cualquier punto del globo terráqueo.

Tal vez sea la excusa perfecta para Trump para emprender una nueva y febril carrera nuclear, no lo sabemos, pero hay trazas de que pueda ser así, revitalizando un espíritu de la Guerra Fría totalmente absurdo y descorazonador.

Un alarde publicitarioA la vista está que este alarde publicitario de Putin tan solo pretendía ofrecer al pueblo ruso algo para evitar una desmovilización en las elecciones. Ya había hecho trizas a la oposición política de relieve y necesitaba que no hubiese un índice de abstención muy alto entre una población descontenta y apática para no perder legitimidad. Y, por supuesto, poner de relieve el poderío militar ruso es una apuesta sobre seguro.

Desde luego, Rusia puede haber diseñado el mejor misil del mundo con capacidad nuclear. Pero la gran pregunta, que desconcierta, es ¿para qué fin? Emplearlo contra cualquier objetivo militar solo provocaría horror, muerte y desolación, la reacción inmediata de los demás países, el colapso de la humanidad tal y como la conocemos. ¿Es eso digno de elogio y virtud? No lo parece. En este alarde patriótico de Putin (sean o no reales tales sofisticadas armas) solo se esconden las verdaderas penurias de la sociedad rusa, con un manto de hipocresía y apariencia, porque un buen gobernante no se enaltece por su capacidad de emprender una guerra sino de valorar la satisfacción de sus ciudadanos.

Rusia no ha aprendido la lección respecto a las causas de sus anteriores fracasos. La Primera Guerra Mundial puso fin al zarismo, la estéril y amarga Guerra Fría a la URSS y Putin va por la misma senda de repetir ese pasado. Eso sí, logra ser elegido para otro nuevo mandato y convertirse así en un monarca sin corona... a costa de la salud y bienestar del sacrificado pueblo ruso.

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