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Barcelona 2-0 Athletic

De la ruina a la esperanza

El Athletic experimenta una transformación radical en el Camp Nou, donde tras exponerse a recibir una goleada de escándalo es capaz de rehacerse y ofrecer una segunda mitad muy digna

Athletic Risas Club: Barça-Athletic. Calvario

José L. Artetxe - Lunes, 19 de Marzo de 2018 - Actualizado a las 06:00h

El Athletic experimenta una transformación radical en el Camp Nou y ofrecer una segunda mitad muy digna

El Athletic experimenta una transformación radical en el Camp Nou y ofrecer una segunda mitad muy digna (Foto: P. Viñas)

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El Athletic experimenta una transformación radical en el Camp Nou y ofrecer una segunda mitad muy digna

BARCELONA: Ter Stegen;Sergi Roberto, Piqué, Umtiti, Jordi Alba;Rakitic, Paulinho, Coutinho (Min. 85, André Gomes);Paco Alcácer (Min. 74, Aleix Vidal), Messi y Dembélé (Min. 63, Iniesta).

ATHLETIC: Kepa;Lekue, Unai Núñez, Íñigo Martínez Saborit;Beñat (Min. 46, Iturraspe), San José;De Marcos, Raúl García, Susaeta (Min. 63, Williams) y Sabin Merino (Min. 71, Aduriz).

Goles: 1-0: Min. 8;Paco Alcácer. 2-0: Min. 30, Messi.

Árbitro: Jaime Latre (Comité Aragonés). Mostró tarjeta amarilla a Umtiti (Min. 17), Raúl García (Min. 31), Dembélé (Min. 38) y Lekue (Min. 40).

Incidencias: Partido correspondiente a la vigésimo novena jornada de LaLiga Santander disputado en el Camp Nou ante 84.053 espectadores.

Bilbao- Del festín del Barcelona al despertar del Athletic. Dos partidos en uno que hicieron digerible el trago del Camp Nou. En el primero, el anfitrión hizo cuanto le vino en gana y aparte de asegurarse el triunfo pudo perfectamente lograr un marcador escandaloso. Era previsible que el Barcelona saliese lanzado, con la intención de resolver con la mayor celeridad posible, no tanto que la oposición del Athletic fuese tan endeble. Solo una copiosa ración de fortuna y las intervenciones de Kepa Arrizabalaga evitaron que el vendaval azulgrana pasase directamente a encabezar el ranking del escarnio futbolístico. A la vuelta del descanso, los temores de que aquello derivase en un desastre de dimensiones colosales se disiparon con una puesta en escena radicalmente distinta. El Athletic se rehizo, tomó la iniciativa, se instaló en terreno rival, apenas sufrió en su área y, pese a que careció de pegada, ofreció una imagen digna. Era de lo que se trataba.

Entre los objetivos del desplazamiento no figuraba robarle la victoria al conjunto más poderoso del momento. La distancia que en términos de calidad existe entre los contendientes es notoria, pero si se valora el estado de ánimo, la inercia, el estado de forma, entonces no queda sino reconocer que les separa un abismo. Partiendo de esta premisa, lo que cabía pedirle al Athletic era un funcionamiento solvente, donde el orgullo y la aplicación compensasen la etiqueta de equipo menor que se ha ganado a pulso. Sin embargo, durante la primera mitad el Athletic fue incapaz de protegerse y se vio sometido a un bombardeo. Se rompió con una facilidad pasmosa. Estuvo noqueado desde que Alcácer puso el 1-0, muy pronto. Frágil, blando, nervioso, impreciso, se expuso a recibir un severo correctivo.

Los peores presagios cobraron forma en una sucesión interminable de ataques, todos culminados con remate. El Barcelona jugaba con tres velocidades más y penetraba en la estructura rojiblanca sin hallar obstáculos hasta que entraba en acción el portero o la madera se empeñaba, hasta en tres oportunidades, en negarle el premio. No era un partido de fútbol, parecía un circo de tres pistas montado para deleite de una grada que se relamía con las habilidades de la troupe de malabaristas liderada por el gran Leo Messi. Daban ganas de que José Ángel Ziganda tirase la toalla para detener la escabechina, visto que sus hombres, presas del pánico, reculaban y se ponían constantemente en evidencia.

A la media hora, Messi firmó el segundo, que se hizo de rogar en demasía. El Barcelona podía llevar ya cuatro o cinco en el instante en que el argentino dirigió desde la frontal un chut raso pegado a la base de un poste, imparable. Daba igual, era cuestión de tiempo que la avalancha ofensiva obtuviese el reflejo correspondiente en el marcador. No fue así. El 2-0 apaciguó levemente tanta voracidad, las aproximaciones fueron espaciándose, lo cual puede considerarse como normal. Los del Barcelona son muy buenos, pero no máquinas. Así todo, Coutinho se encontró por segunda vez con el larguero y Paulinho le emuló con otro disparo contra el palo izquierdo de Arrizabalaga. Justo después, por fin el Athletic consiguió asomar la cabeza y ligó una jugada arriba, la primera, sucedió a un minuto del intermedio.

REACCIÓNEl desbarajuste provocaba lástima. Bien está que el Barça exhiba superioridad en su estadio, pero de ahí a que se pasee va un trecho que ayer no se dio porque jugó solo. No hizo falta ni el árbitro porque el Athletic no llegaba a tiempo ni para hacer falta, que no deja de ser un recurso útil en situaciones delicadas. Para cortar la hemorragia, en la caseta algo diría Ziganda, quien además recurrió a Iturraspe en detrimento de un Beñat ausente. San José, que había vuelto a naufragar, adelantó su posición con la idea de que la presión sobre la salida del balón fuese efectiva y el recién ingresado se encargó de poner cierto orden, bien posicionado y tocando con criterio. El equipo, impulsado asimismo por el amor propio del impredecible Lekue y de Saborit en el ala izquierda, adoptó una disposición valiente. Ganó metros, la zaga se instaló sobre la línea divisoria y empezó a merodear a Ter Stegen.

La transformación fue increíble. Qué duda cabe que el Barcelona levantó el pie del acelerador, pero no es menos cierto que el cambio de actitud del Athletic tuvo mucha culpa. Como consecuencia de ello, el partido discurrió por unos derroteros inesperados. El circo quedó clausurado y se asistió a un partido, un tuteo, un toma y daca del que salió ganador el Athletic. El suministro para Coutinho, Dembélé y Alcácer quedó interrumpido, Messi se difuminó, solo dispuso de una ocasión, y los demás se vieron en la tesitura de remangarse. Les tocó currelar a las estrellas de Valverde, cambiar de registro ante unos futbolistas revividos. Lo que antes no necesitaron hacer, correr sin balón y soportar la agresividad en las disputas, marcó el guión de los azulgranas. Williams y Aduriz refrescaron el ataque. Aparte de córners y faltas, el equipo generó varias llegadas, de relativa entidad pues remates francos para decir no hubo. El choque terminó con la pelota recogida por los brazos de Ter Stegen, dato que condensa el giro experimentado en ambos bandos.

El desarrollo del segundo acto redimió al Athletic, siquiera parcialmente. Sin aspirar a los puntos, pero dando la cara;desplegando argumentos nunca lo precisos o incisivos que sería deseable, pero más que aceptables en este contexto. Argumentos que en otro escenario y frente a otro contrario, muy probablemente se traducirían en sensaciones agradables y logros tangibles. La impactante transformación operada dentro de una misma cita, del cero al notable, continúa alimentando el debate sobre el errático proceder de toda la temporada, fuente inagotable de perplejidad y frustración.

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