328 personas tenían al menos un siglo en Bizkaia

Carmen entra en el club de los centenarios, que se duplican en once años

En 2017 había 328 personas que tenían un siglo o más en Bizkaia, a las que se une esta mujer, que en los días tristones pide a sus difuntos que se la lleven, pero con la boca pequeña

Arantza Rodríguez - Domingo, 18 de Marzo de 2018 - Actualizado a las 06:00h

Carmen, a la derecha, saluda a Manoli.

Carmen, a la derecha, saluda a Manoli. (Juan Lazkano)

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Carmen, a la derecha, saluda a Manoli.

Bilbao- Hay días de esos tristones en los que Carmen Ambite mira las fotos de su madre y su difunto marido sola en su habitación y piensa que qué a gusto están ahí y se pregunta que qué pinta ella en este otro lado. “Les digo muchas veces: Llamadme, llamadme”, confiesa y se ríe. “Ahí se ve que no lo dice en serio”, interpreta Naiara Lobato, educadora social de la residencia Barrika Barri, donde vive desde que se rompió la cadera hace diez años. Lo diga o no con la boca pequeña, lo cierto es que sigue soplando velas. De hecho, recientemente ha entrado en el club de los centenarios, que casi se han duplicado en Bizkaia en los últimos once años, pasando de 175 en 2006 a 328 en 2017, según los datos facilitados por el Eustat. “Me hace ilusión cumplir 100 años, pero estoy dando guerra”, asume.

Cuenta Carmen que antaño no tenía “más que un vestido para diario y uno para el domingo con unas alpargatas”, así que no había dónde elegir. Ahora que puede, da rienda suelta a su elegancia. “Me gusta vestirme bien, que vaya una cosa con la otra”, reconoce. Presumida y lúcida, nadie diría que lleva en este mundo todo un siglo. “Me dicen: Huy, 100 años. Si no parece, si estás guapísima… Digo: Claro que soy guapa”, pero el tiempo no pasa en balde. “Los nietos me dicen que qué bien, que todo el mundo no llega a esa edad, pero yo soy la que vivo y la que me noto que 100 años no son 40”. No en vano, si le concedieran un deseo, con motivo de su aniversario, aparte de una blusa roja y una silla, pediría “poder andar bien” y valerse por sí misma porque “aquí la vida es muy especial, hija. Cuando quieres una cosa igual están ocupadas y no pueden o yo no las llamo porque me da apuro”. En definitiva, que “perder la independencia cuesta, ya lo creo que cuesta”. “Otros están en el limbo, pero ella ve sus carencias y es más duro”, apunta su hija, Esther Andrés, que la visita casi a diario.

La muerte, pese a lo que pudiera parecer, no acapara conversaciones. “Yo me entero cuando me dicen las de la mesa: Se ha muerto fulano”, dice. Y no se habla más. A su edad, las bajas alrededor son frecuentes. Una amiga falleció hace tres años, otra ya no está para jugar a las cartas... “De los que hay ahora casi no conozco a nadie”, repasa y asegura que, cuando va tachando nombres, no siente “envidia ni rabia”. “Cuando Dios quiera. Me toca vivir así, qué le vamos a hacer... Muchas veces digo: ¿Y por qué yo no? ¿Cuántos años voy a vivir? Y pienso: Si le pasa algo a mi hija, ¿qué me queda?”. “Te cuido yo”, la tranquiliza la educadora social, mientras Esther sonríe al ver que no descarta sobrevivirla.

Nacida en Torrejón de la Calzada, Madrid, en el seno de una familia que subsistía del ganado, Carmen no se lo piensa dos veces cuando se le pregunta por su trance más amargo. “En la guerra lo pasamos muy mal. No quiero ni recordarlo. Estaban las tropas mezcladas en un sitio y en otro y nosotros, entre bombardeos. Nos llevaban en camiones de un lado para otro. Cuando volvimos al pueblo, nos encontramos con mi casa caída”, rememora. “A mí me ha contado que veían pasar los camiones con los muertos”, apunta la hija. “Los tumbaban sobre las cunetas”, detalla Carmen y Esther desengrasa el trágico relato con una anécdota. “Mi abuelo se había ido a un pueblo y mi abuela estaba en el suyo con los niños. El perro que tenían desaparecía dos o tres días. De repente volvía y desaparecía otra vez. Cuando se reencontraron con mi abuelo descubrieron que el perro iba y venía de donde uno a donde otro”, relata.

Tampoco ha olvidado otra traumática experiencia, esta vez en carne ajena. La de una vecina de su pueblo, maltratada por su marido, a la que se le oía gritar todas las noches: “¡Ay, que me mata, que me mata!”. “Tenía una hermana que la estaba oyendo igual que yo, pero como la familia no quería que se casara con él porque ya sabían cómo era, pues no le hacían ni caso. Eso es horrible, es horroroso. Yo los metía para toda la vida en la cárcel”, sentencia.

Con “veintitantos” años, Carmen vino “con unas amigas para conocer el País Vasco” y el viaje le cundió. “Conocí a un chico en Algorta. Me llamaba, me escribía...”, cuenta. “Estuvieron unos años de noviazgo, se casaron en el pueblo de mi madre y se vinieron. Vivieron un tiempo en Algorta y luego en Bilbao”, resume Esther. Carmen tiene otro hijo, que vive en Madrid, dos nietos y dos biznietos. Tiene toda esa familia y algún que otro sueño en el tintero. “Yo, de casada, tuve una máquina de hacer punto seis años. Tejía, hacía chaquetas, jerséis... Luego ya con los niños…”, comenta y dice que le “habría gustado ser modista porque esas que van desnudas, modelos y eso, no me habría gustado”. Aficionada al fútbol -“las compañeras del comedor son muy forofas y le mantienen al tanto de quién gana o pierde”, dice la educadora-, a Carmen le habría gustado jugarlo “de haber sido hombre”. “Las mujeres también juegan, pero siendo mujer, me habría gustado más el tenis”.

“La política no me va”Casera, hay tardes en las que, si por ella fuera, no saldría de su habitación, “a no ser que tengamos bingo, que sí le gusta”, señala Naiara. “Ahora ya oye y ve muy mal. De dos años para acá ha pegado bajonazo porque antes participaba en más cosas. Era muy sociable y simpática”, asegura su hija. Antes también le gustaba ver la tele, pero ya no tanto porque “hay mucho cotilleo en Sálvame”. “Hombre, me ha gustado y lo he visto, pero ha ido perdiendo”, reconoce. “Ahora me gusta Caiga quien caiga, cosas de niños”, dice y se echa a reír. “Es Ahora caigo”, le corrige Naiara. “Eso no es de niños”, le aclara Esther. “Y me gusta cuando salen los campos, que luchan por ganar dinero. ¿Cómo se llama eso donde estuvo Mila Ximénez?”. “Ah, sí, lo de la isla”, vuelve a hacer de apuntadora su hija. Se entretiene con esos programas y está atenta también a algunas noticias. “La política no me va, pero cuando hay un accidente, pienso quiénes son, de dónde... Me gusta saber eso”.

Puestos a hacer balance, con motivo de su centésimo cumpleaños, el pasado 20 de febrero, Carmen asegura que “ha habido contratiempos”, pero ha sido feliz. “He vivido bien, gracias a Dios, y qué te voy a contar yo...”. ¿El secreto para disfrutar de una buena vida, por ejemplo? “Que se casen o se arrimen, pero que sean felices y se lleven bien y que no estén: Hoy me separo, mañana vuelvo... Eso no me gusta. O una cosa u otra, pero si son felices, allá ellos, hija, yo ya no me puedo meter”. A punto de finalizar la charla, repara en un pequeño detalle. “A mí no me trates de usted. De tú hasta la muerte”, dice enérgica. “Pónmelo mejor, ¿eh?”, se despide. “Si dicen mentiras, les ponemos una demanda”, bromea su hija y Carmen se echa a reír.

Carmen opina de...

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Basauri 13

Portugalete 12

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