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Daniel Innerarity catedrático de filosofía

“Hay quien prefiere votar a quien gestiona su rabia que a quien puede solucionar los problemas”

Innerarity presenta su libro ‘Política para perplejos’, escrito durante su estancia en Estados Unidos e inspirado en el ‘shock’ mundial que provocó la victoria de Trump

Una entrevista de Harri Fernández - Sábado, 17 de Marzo de 2018 - Actualizado a las 06:00h

Daniel Innerarity

Daniel Innerarity (Iker Azurmendi)

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Daniel Innerarity

donostia- Daniel Innerarity es catedrático de Filosofía Política y Social, investigador de Ikerbasque en la UPV/EHU, director del Instituto de Gobernanza Democrática y profesor invitado en el Instituto Europeo de Florencia. El pensador, considerado por la revista francesa Le Nouvel Observateur uno de los 25 más grandes del mundo, ha presentado esta semana en Donostia y en Bilbao su última obra, en la que analiza cómo la sociedad ha pasado de una situación de indignación a una de perplejidad.

Ha escrito ‘Política para perplejos’ tras una estancia en Estados Unidos. ¿Continúan los estadounidenses perplejos por la victoria de Trump?

-He tenido la oportunidad de dar un curso en la Universidad de Georgetown sobre Problemas de la democracia contemporánea en un momento, apasionante e inquietante a la vez, en el que EE.UU. es gobernado por un personaje tan siniestro pero democráticamente elegido. Hay un sentimiento de perplejidad tanto en relación con la victoria de Trump como por las decisiones políticas que ha adoptado en este primer año, algunas de las cuales son desconcertantes. Y hay desconcierto también a la hora de articular una oposición, con unos demócratas que todavía no han resuelto si apostarán por Bernie Sanders o por un candidato nuevo, hasta el punto de que el verdadero enemigo de Trump es el propio Partido Republicano. El discurso de Trump es de un simplismo aterrador.

Con perspectiva, ¿a qué cree que responde su victoria?

-Además de las circunstancias coyunturales (su elección en las primarias porque había demasiados candidatos y se dividió el voto, o el error de los demócratas al designar como candidata a Hillary Clinton), en el libro planteo tres causas de fondo de carácter ideológico: el cansancio ante una forma de hacer política distante y elitista, el malestar que causa en amplios sectores de la población la nueva configuración del capitalismo financiero, y el desgaste del modelo multicultural. Trump toca esas tres fibras sensibles, otra cosa es que sea la respuesta más adecuada a los profundos problemas sociales que hay detrás.

Con esta obra continúa el trabajo de ‘Política en tiempos de indignación’. ¿Cómo muta la indignación en perplejidad?

-Cuando estábamos en el momento de la indignación, en torno al 15-M, las cosas estaban mal pero muy claras: sabíamos quiénes eran los malos y quiénes, los buenos. Creíamos disponer también de un recetario contra las injusticias e incluso aparecieron nuevos partidos que parecían destinados a sustituir a los antiguos. Lo que hoy vemos es que convertir la indignación en una fuerza transformadora y no en un mero gesto crítico es más difícil de lo que pensábamos y aflora una nueva decepción, tras la cual ya no estamos tan seguros de que nuestro diagnóstico fuera el correcto. Hemos entrado en una fase de perplejidad sin que hayan desparecido los motivos de la indignación.

¿Por qué atraen los populismos?

-Pienso que, fundamentalmente, porque plantean soluciones sencillas para problemas complejos. Estamos en una fase de evolución de nuestras sociedades en que buena parte de la gente, ansiosa, indignada o simplemente perpleja, prefiere votar a quienes le gestionan su rabia que a quienes pueden solucionarles los problemas que motivan esa rabia.

¿La indignación y la sociedad exacerbada han favorecido la aparición de una derecha extremista y sin complejos?

-La extrema derecha no es algo nuevo, lo que ocurre es que ahora ha encontrado dos tipos de miedos en los que puede parasitar: el miedo a la pérdida de la identidad (y aquí se alimenta, por ejemplo, el rechazo al inmigrante) y el miedo a las economías abiertas (que parecen justificar los proteccionismos económicos). Esas nuevas derechas han logrado una síntesis bastante exitosa de ambas dimensiones, y hoy nos encontramos con que sectores obreros de la población votan a Trump y Le Pen porque prometen una protección que el nuevo capitalismo no ofrece. Su amenaza únicamente se conjurará cuando aprendamos a vivir en esos espacios abiertos por la globalización, y la política sea capaz de proteger la identidad o el trabajo en estas nuevas circunstancias. Volver a los espacios cerrados, al viejo nación estado, como promete la nueva derecha, no tiene sentido, pero la política tiene que ofrecer alguna nueva forma de protección, especialmente a los más vulnerables.

¿El mundo se ha reducido a la dicotomía entre dos categorías, entre el ellos y el nosotros?

-No. En este mundo de interdependencias tenemos más cosas en común que cosas por las que competir, hay más asuntos en los que podemos ganar todos o perder todos, que conflictos en los que uno gana lo que otro pierde. El desajuste se produce porque estamos más preparados para la competición que para la cooperación.

También habla de la feminización de la política y pone como ejemplo fallido el caso de Sègolene Royal.

-En esa parte del libro defiendo un feminismo de la igualdad frente a un feminismo de la diferencia, tomando como ejemplo por qué perdió Royal aquellas elecciones presidenciales frente a Sarkozy. Ella quiso hacer valer su condición femenina como una promesa de hacer otra política completamente diferente de la de los hombres, lo cual fue hábilmente traducido por sus rivales como una declaración de incompetencia. No es que las mujeres estén más cerca de la gente, sino que están más alejadas del poder. Ese es el problema. Cuando la ministra Montserrat decía hace unos días, a propósito de la huelga del 8-M, que ellas hacen una política más cooperativa, volvía a cometer el mismo error. Los hombres no tememos a las mujeres que nos complementan, sino a las que pueden sustituirnos.

¿Cómo se feminiza la política?

-Haciendo que sean realmente igualitarias las condiciones de acceso y ejercicio del poder, para lo cual hay que crear las condiciones que lo hagan posible. Pero me parece una mala estrategia apelar a que las mujeres saben cuidar mejor que los varones o que son menos competitivas. Esa supuesta propiedad natural se debe a que históricamente es a ellas a quienes hemos cargado con ese tipo de tareas.

¿Considera que la sociedad perpleja de la que habla está activada para un Concierto Político?

-He defendido muchas veces que esa sería una buena solución para avanzar sustancialmente en nuestro autogobierno: extender esa relación de bilateralidad que hay en la institución del Concierto o el Convenio a todos los asuntos políticos. El problema del autogobierno no es que haya más o menos competencias, sino que su interpretación en caso de conflicto ha sido casi siempre unilateral. El autogobierno fue un pacto, pero Madrid lo ha gestionado como si fuera una concesión. Lo que hay que recuperar es, sobre todo, ese carácter pactado que se ha venido desdibujando con el tiempo.

¿Cómo se materializa la bilateralidad política cuando poderes del Estado abogan incluso por la eliminación del pacto económico?

-No me hago demasiadas ilusiones acerca de lo que puede deparar una nueva negociación en unos momentos en los que tenemos a las instituciones de Catalunya intervenidas, un nacionalismo español desatado y una competencia entre el PP y Ciudadanos para ver quién centraliza mejor. En el corto plazo tenemos que defender nuestras instituciones, no suscitar demasiadas expectativas y pensar que (como pone de manifiesto lo sucedido en Catalunya) cualquier situación, por mala que parezca, es susceptible de empeorar. A medio plazo, si mantenemos una sociedad cohesionada y con conciencia de su identidad, la cuestión territorial tendrá que abrirse paso en la medida en que así lo demande la sociedad, ni más ni menos.

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