El mundo sin Hawking

Por Javier Armentia - Jueves, 15 de Marzo de 2018 - Actualizado a las 06:00h

Se ha muerto el científico más famoso del mundo. La gente, que quiere pensar siempre en términos comparativo, tenía a Stephen Hawking como un sujeto excepcional, peculiar… muy alejado de ese estereotipo del científico chiflado, pero sin duda también ajeno al común de los mortales. Su condición física, claro, ayudaba a diferenciarlo del resto del mundo y muchos querían creer que ese deterioro provocado por la enfermedad le había permitido centrarse en lo que su cerebro producía, en las ideas e intuiciones que llenaban la vida de un astrofísico que pensaba en agujeros negros y en el Big Bang, en una cantidad imposiblemente grande de Universos en los que no rige ningún dios y que la mente humana será capaz de entenderlo algún día.

Cuando pensamos en Stephen Hawking nos surgen palabras como agujeros negros, o elucubraciones sobre el espacio y el tiempo, la gravitación y los universos. La física teórica que fue desarrollando, de la que ha sido partícipe, trata de esos puntos y momentos singulares del Cosmos, allí donde las teorías más elegantes del siglo XX, la relatividad general de Einstein y la mecánica cuántica no podían conjugarse para explicar lo que podría suceder ahí. Lo que sucede es que nadie nunca ha estado junto a un agujero negro y no podemos comprobar (al menos de momento no se ha hecho) si esa radiación que lleva su nombre es real y funciona como sus trabajos predijeron. Tampoco tenemos manera de sumar el número de universos y ver si realmente hay una “teoría del todo” que nos pueda avanzar cómo funcionan las cosas en cada momento y en cada uno de ellos. Pero la simple perspectiva de que investigar sobre estos temas tan abstrusos es posible nos coloca, a hombros de gigantes como decía Newton, el científico genial que fue el primer propietario de la cátedra que Stephen Hawking tenía en Cambridge. Y posiblemente permitirá que a lo largo de este siglo la física nos dé respuestas que puedan ayudar a entender un Cosmos tan sorprendente como el que ocupamos.

Pero estamos además ante un personaje que ha ido mucho más allá de lo que los científicos llegan, más que ningún físico, posiblemente al nivel de Einstein. Cuando en 1988 publicó su Breve historia del tiempo era difícil prever que iba a tener tal éxito. Un libro que se ha editado en casi todos los países, que se compró como best seller y que, casi seguro, más de uno acabó abandonando, vencido porque conforme avanzaba la complejidad que se derivaba de sus conceptos aparentemente sencillos nos dejaba patente que aunque fuera en modo divulgativo, la comprensión del tiempo no era tarea menor. A pesar de ser un autor a veces difícil, sin embargo, llenaba auditorios y sus posteriores textos también fueron verdaderos éxitos. Cada vez que Hawking opinaba sobre un tema, había titulares en la prensa y los medios.

Ahora nos queda el mundo sin Hawking, afortunadamente con muchos físicos que, como él, aunque menos conocidos, están desentrañando ahora las teorías que permiten entender lo que rige el orden y el caos de nuestro Universo. Y no deja de ser apasionante que este mundo, aunque se nos haya ido el profesor amable e irónico, seguirá avanzando para comprender mejor que la ciencia es el mejor antídoto para la sinrazón y la injusticia. Porque hasta la física teórica acaba permitiendo un mundo mejor. Uno de muchos, pero mejor.

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