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Los cuatro jinetillos del Apocalipsis

Por José Ramón Blázquez - Jueves, 15 de Marzo de 2018 - Actualizado a las 06:00h

Columnista José Ramón Blázquez

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Columnista José Ramón Blázquez

ME alarma el alarmismo, esa flojera emocional e intelectual de una parte de nuestra sociedad y los medios a la hora de analizar, explicar y comprender las nuevas realidades globales, frente a las que se experimenta desasosiego y se pronostican grandes calamidades para la humanidad, como si todo el tinglado actual se viniera abajo y hubiera que buscar refugio en los templos y atenerse a la seguridad de los viejos dogmas en medio de un insoportable tufo nostálgico.

Los cuatro jinetes de ese Apocalipsis, que para la comunidad pusilánime nos llevan a la deshumanización, son: las redes sociales, asociadas a las nuevas tecnologías;el big data o datos masivos sobre nuestros hábitos de compra;la posverdad, que el diccionario Oxford define “referida a circunstancias en las que los hechos objetivos son menos influyentes en la opinión pública que las emociones y las creencias personales”;y el populismo, como amenaza para la democracia.

Las redes sociales, contra la soledadNo hay por qué temer las redes sociales, Facebook, Twitter, Instagram y otras. Tendríamos que tener miedo de la soledad y su devastación. Porque más que mal, esos instrumentos de interrelación son una bendición y un bien absoluto para remediar la incomunicación y el aislamiento. Miles de personas se pueden conocer y entablar vínculos gracias a esas redes informáticas. Son las sucesoras digitales de la vieja correspondencia postal. ¿Es el fin de la intimidad? ¿Son adictivas y ociosas? ¿Son agresivas y dan cobertura a la impunidad? No, pero obligan a un uso proporcionado, haciendo necesarias unas reglas de respeto, como en todo. Y no, no sustituyen el contacto personal;al contrario, lo extienden.

Cada vez que escucho a sociólogos y educadores, o simples ciudadanos, escandalizarse de los peligros de las redes, sobre todo por su generalización entre los niños y los jóvenes, me acuerdo de los dogmáticos párrocos que nos advertían desde el púlpito de los demonios del cine, clamando contra los guateques y las lecturas creativas. Suena a terror a lo desconocido y afán de tutela. Permitan que pase el sarampión de este instrumento de comunicación. Estamos en el final de la primera etapa de su reinado. De lo masivo estamos transitando a lo selectivo, del menú a la carta. No son el demonio. Son un sueño tecnológico, cuya virtud y beneficio social dependen de nuestra salud intelectual y emocional y no de su mero hábito. La humanidad reacciona así, del abuso al uso ponderado, ante todos los cambios. La responsabilidad del acoso a menores y mujeres que las redes propician no pertenece a esta tecnología, sino a la vieja cobardía humana, anterior y posterior a todo invento. Ya nos avisaron sobre los males infernales de la televisión. Es cuestión de que los avances técnicos vayan en paralelo con un desarrollo cultural y una mayor conciencia ética. Quizás deberíamos poner el foco en quienes prefieren la ignorancia de la gente, para pastorearla, y no tanto en la globalización y sus creaciones.

¿Big Data o Big Brother? Nos tienen controlados. Este es el mensaje de los sobrecogidos ciudadanos ante la existencia del big data y el uso perverso de sus datos acumulados en grandes ordenadores. El caso es que, si bien es cierto que todas las acciones informáticas y consultas por navegador que realizamos son susceptibles de ser almacenadas y procesadas para la definición de nuestro perfil en ulteriores campañas de marketing, hay que advertir que casi toda esa información es irrelevante y no constituye un riesgo para nuestra privacidad. Es tanto como decir que salir a la calle y dejarse ver es una quiebra de nuestra intimidad, porque seríamos observados al entrar en un comercio y también se sabría quién nos acompaña. El big data es lo mismo, pero a gran escala y con algo más de detalle. ¿Dónde está el problema?

Nuestros datos ya estaban registrados en mil archivos antes de que se construyera el primer ordenador. Teníamos el oprobioso DNI, con banderita y todo. Y pasaporte. Y permiso de conducir. Y nuestra firma figuraba al pie en incontables contratos, títulos y archivos. Y había un registro civil con partida de nacimiento y de defunción. ¡Que no venimos del paraíso terrenal! Ya estábamos señalados. Éramos pasto de las bases de datos, que es como se llamaba antes el big data. ¿Que Google, Facebook y Amazon conocen al detalle nuestros gustos y gastos en función de nuestras consultas y compras? El resultado es que nos remitirán ofertas de productos y nos adjudicarán un perfil de consumidor. ¿Reaccionamos entonces como el despistado vecindario que prohíbe la entrada del folleto de la charcutería del barrio en los buzones de casa?

La posverdad y las emociones Se equivocan quienes definen la posverdad como la mentira de siempre. La posverdad es la preponderancia emocional y la creencia personal por encima de los hechos objetivos. Es una construcción falsa en la mente de las personas, promovida desde fuera, pero aceptada en el interior. La palabra será nueva, pero el concepto es más viejo que el candado del cementerio. De posverdad saben la Iglesia católica y otras religiones en las que la fe necesita un estado emocional y espiritual que le dé espacio y sentido. La fe excluye la razón y la somete a sus propósitos.

Donald Trump y el Brexit son productos recientes de la posverdad, pero antes existieron otros fenómenos de masas muy similares. Maquiavelo ya enredaba con estos asuntos para favorecer el poder tiránico y todos los servicios de propaganda deforman los hechos irracionalmente para generar estados artificiales de opinión pública. Lo hacen las grandes empresas con sus intereses y productos. Recuerden que la publicidad es esencialmente una comunicación emocional. A Trump no le eligieron 63 millones de votos, sino la crisis de identidad nacional y el fracaso de la clase política tradicional que, debidamente exagerados y falseados, provocaron un vuelco electoral. Antes que el Brexit fuese respaldado por 17,4 millones de sufragios, lo impulsaron una efervescencia nacionalista y el terror a la emigración que activaron sus patrocinadores. Acciones de posverdad las hay en Euskadi con la RGI, cuya valoración social está moteada de bulos a partir de la filtración de unos pocos fraudes. Y también en Catalunya contra la que, antes y después del 155, se dispuso en los medios y en las redes un conjunto de noticias despectivas y ridiculizaciones de los líderes políticos y las decisiones del Govern.

Populismo para desesperados ¿Qué tiene de fiero el populismo que tanto espanta? Todas las dictaduras son populistas y las democracias malnacidas, como la española, tienen profundas raíces populistas. El franquismo fue populista. Las ideologías totalitarias son populistas. La propaganda electoral tiene mucho de populista. Todos los partidos e ideologías han practicado formas de populismo en algún momento. La falta de realismo democrático, incluso la utopía, tiende a prácticas populistas. El cambio revolucionario es populista, porque la libertad mal integrada en la vida tiene miedo.

El populismo es oportunista. Aparece cuando el sistema muestra sus debilidades y carencias, lo que acontece en coincidencia con las grandes quiebras económicas;pero si hay populismo es porque tenemos una parte de nuestra sociedad con una autoestima muy baja y que escucha los cantos de sirena de los salvadores del mundo. El populismo ha evolucionado. Un cierto descaro y una comunicación insistente son suficientes para armar su discurso. Son como los productos de los bazares: baratos y a cualquier hora. Eso es el populismo, la tienda china del barrio;pero de pésimas prestaciones. Hay gente que opta por una democracia de baratillo. Ni el populismo y los otros jinetillos nos matarán, pero nos desestabilizan. Frente a estos tigres de papel, solo hay que procurar que tus emociones no contradigan tus verdades. Más o menos.

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