Con la venia

Pasos atrás

Por Pablo Muñoz - Domingo, 11 de Marzo de 2018 - Actualizado a las 06:00h

SERÍA injusto, además de falso, negar que durante casi cincuenta años la sociedad vasca ha vivido un tiempo convulso, violento y atemorizado en el que la espiral “acción-represión-acción” como reliquia de las guerras revolucionarias de los 60 convirtió Euskadi en escenario de desolación en el que no faltó de nada: asesinatos, secuestros, torturas, encarcelamientos, explosiones, amenazas, chantajes, terrorismo de Estado, corrupción policial, ejecuciones sumarias, violencia callejera e inestabilidad social. Afortunadamente, y por mucho que se empeñen algunos interesados en que continúe el eco, todo eso es el pasado;pasado reciente, pero pasado aunque permanezcan vivos algunos de los flecos que dejó el terror y que, de vez en cuando, nos demuestren que aún falta mucho para la reconciliación y para la normalización de nuestra convivencia.

El final oficial de la acción armada de ETA, que va ya para siete años, no ha desarmado del todo ni el discurso partidista, ni la inercia represora, ni la rutina violenta. Y así, a pesar de que todos admiten que aquello ya pasó y se lo creen, cuesta rectificar, cuesta resistir la tentación de rentabilizar el victimismo o la épica para mantener prietas las filas. En realidad, mientras la sociedad vasca va recuperando el aliento al final del túnel, se echa en falta la empatía como única fórmula para resolver la convivencia entre víctimas y victimarios, o entre agredidos y agresores, o -como algunos se empeñan en humillar- vencedores y vencidos. La falta de empatía, esa capacidad de percibir, compartir y comprender lo que el otro pueda sentir o haber sentido, es la que continúa tensionando la convivencia y la que cada cual pretende escribir en dura piedra como las tablas de Moisés el mítico Relato de lo que aquí ocurrió, un relato que jamás podrá ser coincidente mientras se siga prescindiendo de la empatía que comprende y respeta el dolor del otro.

Nadie podrá negar la buena voluntad de quienes desde las instituciones intentan abrir espacios de diálogo para afianzar la paz y la convivencia, pero nuestra cotidianidad se ve salpicada de episodios ásperos que confirman esa carencia de empatía que nos sigue confirmando en un presente de espacios irreconciliables. Se simultanean en el tiempo homenajes a las víctimas del terrorismo de ETA y homenajes/recibimientos a presos de esa organización, actos que sirven para agriar la polémica entre quienes no están dispuestos a moverse de su zona de confort político.

Es contradictorio asistir al homenaje de Isaías Carrasco y no reconocer que fue “injusto”

No se entiende que la secretaria general del PP vasco, Amaya Fernández, niegue el saludo a la parlamentaria abertzale Jone Goirizelaia en la II Asamblea de Mujeres Electas celebrada hace unos días en la Casa de Juntas de Gernika. No se entiende que EH Bildu no acuda al acto que bajo el lema “Fue injusto” el Gobierno vasco convocó ayer, víspera del Día Europeo de las Víctimas del Terrorismo, y haga ejercicios en el alambre permitiendo la participación de EA pero negándose a acudir como coalición bajo el pretexto que la convocatoria “no es inclusiva”. No se entienden actitudes contradictorias como asistir al homenaje al concejal de Arrasate asesinado Isaías Carrasco y negarse a suscribir un pronunciamiento municipal que calificaba de “injusto” el asesinato. En realidad, y así lo están demostrando día tras otro, los representantes de la izquierda abertzale no están dispuestos a suscribir ningún pronunciamiento que contenga el término “injusto” y se supone que tampoco sus sinónimos, como durante tantos años se negaban a aceptar el término “condena”. Tampoco puede negarse que desde ese sector se van dando pasos, tímidos, medidos, aunque sean nuevas y sin apenas pasado las caras que los protagonizan. Y ello contrasta con la inflexible cerrazón de la otra parte, de quienes mantienen el patrimonio de las víctimas como soporte electoral.

Una vez más, la falta de empatía va a empecinar a unos en no reconocer que aquello estuvo mal, que fue injusto, y a otros en negar que durante décadas se torturó a los detenidos y se asesinó desde las cloacas del Estado. Mis muertos son mucho más muertos que los tuyos, mis víctimas son mías y las tuyas son de nadie. No hay ninguna duda de que las víctimas causadas por ETA son muchas más que las que provocaron el terrorismo de Estado y la brutalidad policial, pero es necesario un sincero ejercicio de empatía para entender y respetar el dolor ajeno sin contabilizarlo en cifras, ni en pretextos ideológicos, ni en afinidades políticas.

Evidentemente, los condicionamientos y los intereses políticos han llegado a la perversión de ignorar el sufrimiento de los otros hasta el punto de desdeñar incluso la generosidad de las auténticas víctimas. Negar, como lo hizo Alfonso Alonso públicamente la condición de víctima a Pili Zabala es proclamar que solo existen mis víctimas, no las tuyas, que sólo existe mi dolor, y no el tuyo. No aceptar que fue injusta la crueldad de los míos y homenajear a quienes en su día fueron verdugos, es ofender a quienes fueron sus víctimas.

Y mientras se carezca de esa capacidad de percibir, comprender y compartir lo que el otro sienta, ausente la empatía, no será posible una convivencia normal.

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