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El lastre de un año perdido

La frágil mentalidad de los jugadores ha sido el denominador común en las reiteradas decepciones del Athletic, como volvió a comprobarse en el Pizjuán

José L. Artetxe - Lunes, 5 de Marzo de 2018 - Actualizado a las 06:00h

Iturraspe despeja el balón con la cabeza en un lance del partido del sábado en el Pizjuán.Foto: Efe

Iturraspe despeja el balón con la cabeza en un lance del partido del sábado en el Pizjuán.Foto: Efe

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Iturraspe despeja el balón con la cabeza en un lance del partido del sábado en el Pizjuán.Foto: Efe

bilbao- Nada más consumarse la enésima decepción, José Ángel Ziganda no podía ocultar que se sentía “frustrado por todo” lo que había pasado en el Sánchez Pizjuán, pero se esforzaba en remachar el clavo de la esperanza. Se remitía a actuaciones recientes a fin de construir un mensaje positivo, optimista, de cara a lo inminente, en concreto el cruce con el Olympique de Marsella, cita que auguró será una “pelea de hombres”. A estas alturas sus palabras solo se justifican por el hecho de que el cargo le obliga a no ceder a la poderosa tentación de arrojar la toalla. El prurito profesional y su identificación con el club le impiden rendirse a una evidencia que comparten amplísimos sectores del entorno del Athletic, abrumados por la sucesión de episodios negativos.

El equipo no tiene remedio. El problema no estriba en que no haya levantado cabeza después de haber disputado cuarenta encuentros oficiales, lo que en sí mismo ya constituye un dato significativo. Lo preocupante de verdad es que con una frecuencia pasmosa se derrite y toca fondo. Ya sea en partidos completos, como sería el último, o en medios partidos, como ante el Málaga, una cita esta que el propio Ziganda insiste en resaltar por lo que sucedió antes del descanso.

Son tan escasos los ejemplos a los que aferrarse para confiar en un golpe de timón que se ha llegado a eso, a dar como buenos 45 minutos discretos ante el colista en San Mamés por la simple razón de que en ese rato el equipo remontó un gol en contra. La debilidad del argumento es formidable porque obvia lo que vino después;pasa de puntillas por el irritante repliegue protagonizado en los siguientes 45, coronados con una bronca de la afición, que prefirió desahogarse antes que celebrar la victoria.

Se puede estar levantando castillos en el aire hasta mayo mientras se espera una reacción que debería ser colosal para alterar el signo de la temporada. Entrados en marzo, resulta procedente afirmar que es un año de vacas flacas se mire como se mire. Por un lado está el acumulado de compromisos donde no se dio la talla y por otro, de cara a lo venidero, la ausencia de síntomas que inviten a confiar en un salto cualitativo. Cabe que en el futuro se rescaten de la mediocridad partidos sueltos o que se eluda un ridículo como varios de los que se han perpetrado, pero hasta ahí.

Las carencias observadas son de tal envergadura y tan persistentes que es imposible adivinar qué resortes podrían servir siquiera para adecentar mínimamente la imagen del Athletic. Señalar las causas de la deriva o cebarse en nombres concretos no conduce a ninguna parte ahora, tiempo habrá de profundizar y pedir cuentas. Por el momento, lo apropiado sería hablar de fracaso del colectivo que se reúne a diario en Lezama para entrenar, cuerpo técnico y plantilla de jugadores.

En este escenario decadente, detenerse a analizar las anomalías detectadas en un partido se antoja una pérdida de tiempo. Máxime si no se orienta el punto de mira para dar de lleno en la diana. Que conste que fueron solicitadas por la prensa, lo demás podría pensarse que las explicaciones de Ziganda sobre la fórmula de los tres medios que escogió para el Pizjuán fueron una maniobra de distracción. Al margen de que el efecto pretendido con ese retoque táctico no se logró ni por asomo, la clave del fiasco estuvo en la actitud del equipo. En la falta de actitud, más bien.

la pruebaNo es nuevo que el Athletic se condene y pierda merecidamente por no imprimir a sus evoluciones la intensidad que exige cualquier partido. En realidad, el año ha salido torcido debido en gran medida a la fragilidad mental que rezuma el equipo. El dibujo, el posicionamiento, el índice de acierto o la inspiración son secundarios cuando los futbolistas transmiten conformismo, resignación, flojera, inseguridad, temor a perder sea cual sea el marcador, también en el arranque con 0-0. La prueba de que existe un déficit conectado a la mentalización y es el mayor lastre que porta el Athletic sale de contrastar la disposición del último día con la que se exhibió unas horas antes contra el Valencia, enemigo de similar entidad al Sevilla. Si los levantinos sufrieron, los andaluces se pasearon. La diferencia estuvo en creer en uno mismo o no hacerlo, que es exactamente lo apuntado por Ziganda cuando el viernes, aún con el dulce regusto de la experiencia vivida en San Mamés, hablaba ilusionado de la clave para puntuar en Sevilla: “Está en la decisión con la que vayamos a por el partido”.

Nula decisión, rendimiento deplorable, derrota y agravamiento de la depresión.

etiquetas: athletic, ziganda

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