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décimo aniversario del asesinato de Isaías Carrasco

Arrasate, 10 años después

El miércoles se cumple el décimo aniversario del mediodía en el que ETA asesinó a Isaías Carrasco cuando salía de su casa a trabajar. Cuatro exconcejales repasan aquellos días

Un reportaje de Jurdan Arretxe. Fotografía Ruben Plaza - Domingo, 4 de Marzo de 2018 - Actualizado a las 06:00h

La cabecera de la manifestación del 10 de marzo de 2008 contra el asesinato de Carrasco, en la plaza de Arrasate.

La cabecera de la manifestación del 10 de marzo de 2008 contra el asesinato de Carrasco, en la plaza de Arrasate.

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La cabecera de la manifestación del 10 de marzo de 2008 contra el asesinato de Carrasco, en la plaza de Arrasate.

“Tenía que estar aquí y no entiendo por qué no está”, resume Romero a pocos días del décimo aniversario de su asesinato. El entonces concejal del PNV Rafael Uribarren reconoce que semejante atentado “no lo esperas de ninguna manera... ni con todos los antecedentes de extorsión, secuestros y asesinatos. Que a un exconcejal sin una actividad ni de segundo nivel se le asesine de esa manera...”.

Casi 13 años antes ETA había decidido atentar contra el escalafón político más bajo. Gregorio Ordóñez, Miguel Ángel Blanco, Froilán Elespe, José Ignacio Iruretagoyena y Juan Priede engrosan una lista de ediles asesinados en la que Carrasco, casado y padre de tres hijos, fue el último. Tras él, ETA cerró su lista macabra con otros tres guardias civiles, un policía, un brigada, un gendarme y un empresario. La elección de Carrasco tenía un componente inédito.

“Cuando asesinan a Isaías, asesinan a un trabajador, a un militante que no ejercía la política. ¿Por qué lo hacen...? Son mentes enfermas. El asesino que está condenado era médico, y un médico debe hacer el juramento hipocrático, para salvar vidas;y sin embargo, asesina”, alude García-Raya a Beñat Aginagalde, condenado a 32 años de prisión por este atentado.

La hoy parlamentaria del PSE califica aquella decisión de ETA de “doble salto mortal en ese escenario de terror y de ansia asesina. ETA no se enfrentó a alguien que estuviera protegido. Fueron a por un alma débil, un trabajador que cumplía los horarios, lo que le hacía más indefenso, y no llevar nadie que le protegiera. Fue sucio, mezquino y cobarde. Muy cobarde”.

Carrasco, que con 42 años llevaba cuatro como operario de autopista, fue concejal entre 2003 y 2007. A Uribarren, exdiputado foral, le surgieron preguntas en las horas posteriores a los cinco disparos: “Fue algo duro, que te mueve mucho las entrañas y que... cómo diría yo..., te hace temer de cara al futuro. Por un momento dices, ¿esto no tiene solución? ¿No se va a arreglar nunca?”.

“Me viene a la mente el golpe que recibimos y la incredulidad de que un hecho tan lamentable se hubiera dado”, sintetiza el parlamentario de EH Bildu Pello Urizar. Él era el único edil de EA en el Ayuntamiento aquel mandato. “Estaba en mi puesto de trabajo cuando me llama una compañera. Conocía a Carrasco de vista, no había tenido ninguna relación con él”.

Urizar acudió aquel jueves al hospital arrasatearra. “Me dijeron que la alcaldesa, Ino Galparsoro (ANV), había aparecido, pero en una reacción bastante normal en aquel momento la familia le dijo que se marchara”, explica el líder de EA, que afirma que el lehendakari Ibarretxe vivió un episodio similar.

Estas visitas anormales a los hospitales y a los tanatorios formaban parte de la normalidad. “ETA nos llevaba a una frustración cada vez mayor, el Estado no iba a ceder a sus pretensiones y era una lucha totalmente injusta y absurda”, recuerda Uribarren unos días de los que subraya dos aspectos: “el silencio atronador” en el que se sumió la manifestación al pasar por la calle Navas de Tolosa y las palabras de la hija mayor de Carrasco, Sandra.

Emocionada, la primogénita de Carrasco y Marian Romero llamó la víspera electoral a participar “masivamente” -frente a la abstención que promovió la izquierda abertzale- y agradeció “de corazón” el apoyo “de esos ciudadanos anónimos que se han acercado a mí y a mi familia para darnos apoyo, cariño y calor”.

Los atentados eran la consecuencia más visible de un clima de violencia. “La confrontación política era fuerte y dura”, resume Uribarren, que reconoce que los miembros de la Corporación mantenían “una relación bastante afable fuera de los plenos”. Durante estas sesiones, sin embargo, “con presencia de público a veces intimidatoria”, la historia era otra.

“Yo casi siempre salía del Pleno con la Policía Municipal. Era la sensación de persecución”, resume Rafaela Romero. “El tema no era solo que ETA asesinara, sino que había un entorno que planificaba la exclusión del que consideraba enemigo a batir. Si no lo hacía a través de las balas y las bombas, lo hacía socialmente”.

“Sabía a qué me exponía”

“Era una época en la que salías de casa sin saber si volverías a ver a tu familia”, resume García-Raya el sentir de un concejal del PSE o del PP. “Salías con el miedo de si a alguno de tus familiares le podía pasar algo porque tú militaras en el PSE. Sabía a qué me exponía y por eso militaba, porque quería defender la libertad de las personas. Hoy me apena que se olvide rápidamente todo ese sufrimiento que teníamos no solo los socialistas, sino la sociedad. Parece que ya no ha existido, cuando hubo mucho sufrimiento en sitios como Mondragón”.

Uribarren recuerda además que “la gente guardaba en su interior su forma de pensar, su opinión, y exteriorizaba poco de forma individual”, aunque cuando lo hacía, “la calle sí reventaba con convocatorias de cariz político”.

Urizar matiza la visión de aquel Arrasate al defender que la villa cerrajera no vivía una realidad “diferente a otras localidades de Euskal Herria”, frente a “tópicos que muchas veces se buscaban de ciertas localidades”.

Rafaela Romero asevera que “esta persecución no se resolvió a partir de 2008. No pensemos que el héroe era Isaías. Tampoco tenía que serlo. Nos hubiera bastado con la solidaridad y alma humana de haberle considerado víctima de la violencia. Tampoco se le consideró”.

Mes y medio después del atentado el Ayuntamiento fue el escenario de un pleno en el que el PSE y el PNV se quedaron solos al defender la moción ética. Uribarren narra aquellas semanas en las que Arrasate estuvo en el centro de la política vasca y española: “Pedimos a la alcaldesa y a la Corporación que condenaran la violencia y supuso una parte de frustración. ¿Ni siquiera se iba a condenar esa violencia? ¿Cómo era posible?”.

La gobernante ANV, Aralar y uno de los tres miembros de Ezker Batua-Zutik -que había abandonado el ejecutivo municipal tras el atentado- votaron en contra, mientras que el PP, el tercer edil de EB y el de EA se abstuvieron.

Aquel concejal, Pello Urizar, explica que ante este tipo de atentados, había “criterios acordados en un nivel superior”, en referencia a un acuerdo en el Parlamento Vasco. “La idea en Arrasate era esa, pero no se dio porque hubo una modificación en el último momento. Como no se cumplía el acuerdo, la posición de EA fue abstenerse, más por la forma que por el fondo”.

La lista de ANV en Arrasate no fue impugnada en 2007 y obtuvo 7 de los 21 escaños. Aun así, a días de la sesión plenaria de abril de 2008 el juez Baltasar Garzón mandó a prisión a la alcaldesa Ino Galparsoro por no cumplir el auto de suspensión que pesaba sobre las formaciones de la izquierda abertzale ilegalizada. Salió libre bajo fianza tres meses después.

Mientras tanto, Rafaela Romero denuncia que en la calle la familia Carrasco seguía “señalada, perseguida y excluida. La responsabilidad es de todos, porque no creo que solo supiera yo lo que se le estaba haciendo a Adei en el colegio, a Ainara en el instituto, ni lo que le pasó a Sandra, que ya ha contado que se quedó sin amigos. Alguien más de otros partidos lo sabría”.

El valor de la autocrítica

Con el paso de los años, Uribarren reflexiona que su formación debió “haber tenido hacia los socialistas un mayor apoyo y una mayor solidaridad. Sí hubo un tiempo en el que, posiblemente por nuestras discrepancias políticas, se les dejó solos ante la adversidad, para ellos mucho más violenta y fuerte que para nosotros”. También hubo ataques al PNV. Esas semanas, los violentos atacaron el coche del portavoz jeltzale Luis Mari Apraiz.

“Esto se ha moderado. Los que eran más violentos son mucho más pragmáticos, entienden que esa vía no nos lleva a ningún sitio y que es necesario negociar”, describe Uribarren, que reconoce que el municipio reconocerá a Carrasco: “No solo creo que es conveniente, sino que creo que se hará. Lo mismo que se está haciendo con otras personas injustamente asesinadas, las familias que han sufrido esos daños deben tener su restitución de dignidad”.

Acciones que poco a poco son posibles. Urizar también se queda con la evolución: “Hemos visto actuaciones en las que ha habido acercamientos de víctimas de diferentes orígenes y cómo la hija mayor de Isaías, Sandra, ha sido partícipe en esos actos en la línea que un proceso de convivencia necesita”.

Amiga de la familia Carrasco, Romero afirma que “se les ha hecho mucho mal. Tendremos que reconocerlo, se hizo mal por parte de las instituciones y muchas personas de Mondragón. A pesar de que cuente lo que cuento, no creo que ninguna de las personas del entorno de Isaías mire a nadie con ira ni rencor. Miran con dolor”.

“Cuando hablamos de autocrítica, de reconocer lo que hicimos mal, todos lo tenemos que hacer, no solo los presos, la izquierda abertzale y su entorno”, apuesta Romero, que se muestra esperanzada con el Arrasate que viene: “Los hijos de los que vivimos aquellos días tan trágicos, y en algún momento vergonzoso, lo dan por hecho, pero tienen que saber lo que pasó para no repetir el error de creer que el vecino es un enemigo a batir. Falta ese paso, pero al igual que hago donde vivo, confío en que puede ser posible en Mondragón”.

Sin tener que evitar como entonces ciertas calles, Francisco García-Raya sale de paseo todas las mañanas después de dejar el Ayuntamiento tras siete mandatos consecutivos en el cargo. 28 años de concejal. “Gente que no te saludaba ahora saluda, gente que no quería hablar contigo lo hace, se acerca gente a contar cosas que antes no se atrevían… Hay un ambiente mucho más distendido, aunque quedan flecos”, reconoce sobre un escenario en el que, camino de su disolución, “ETA está derrotada, aunque ellos no quieren reconocerlo. Los ciudadanos tienen paz y libertad, que era lo que importaba”.

¿Ha preguntado a alguna de esas personas que antes no se paraba por qué no lo hacía? “En líneas generales, no”, aunque García-Raya llega a entender que “ciertas personas en un momento determinado sintieran miedo simplemente por hablar conmigo, porque es verdad que igual podía haber alguien por detrás diciendo ten cuidado con quién hablas. Ahora no sienten esa presión y se lo agradezco”.

Diez años después es poco tiempo para que cualquier voz acepte hablar, pero es suficiente para que queden atrás aquellos días de “mucha gente en Mondragón, como nunca se vio. También hubo gente que se asomaba corriendo el visillo de la ventana y sin atreverse a bajar a la calle para pedir sensatez y cordura”. Días de asesinatos y capillas ardientes que, pese a pasar de los periódicos a la historia, dejan ausentes para siempre, como lamenta García-Raya: “Yo estaba muy orgulloso de mi amigo Isaías… Y lo mantendré en mi corazón hasta que me muera”.

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