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Hace sol de noche

José Ramón Blázquez - Martes, 2 de Enero de 2018 - Actualizado a las 06:00h

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Columnista J.R. Blazquez

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FELIPE VI de España no es el rey sol, Luis XIV de Francia;pero tal alucinación debió de experimentar la pasada Nochebuena al comparecer en televisión, en todas las cadenas menos las rebeldes, ETB y TV3, para ofrecer su previsible mensaje. Su pose, sus palabras y sobre todo sus silencios denotaban la soberbia de quien exige la pleitesía de la escucha. Días antes, los medios monárquicos habían creado cierta expectación sobre su intervención tras su derrota del 21-D. ¿Reconocería el fracaso de su lamentable y agresivo discurso del 3 de octubre, precursor de la liquidación de la autonomía catalana por la banda del 155? Nada de eso: un rey no se doblega ante la plebe. Habló de Catalunya, pero no para brindar por los soberanistas, ni lamentar la prisión y el exilio del legítimoGovern. Y dijo lo obvio: que nadie puede imponer sus ideas. Pues mire usted, señor Borbón;eso es, incoherentemente, lo que ha producido España en Catalunya, su brutal sometimiento a una ilegítima legalidad.

Ante más de ocho millones de españoles y unos doscientos y pico mil vascos a punto de comerse los langostinos y el jamón, Felipe cruzó las extremidades inferiores y leyó lo escrito en el teleprónter. ¡No se cruzan las piernas cuando se habla con autoridad ante la gente! Es una figura indecorosa, según los manuales básicos de protocolo. Fíjese en Isabel II, cuya sencilla pompa le permite sentarse ante las cámaras con corrección y disposición amable. Es evidente que este rey ha recibido clases de comunicación. Es mejor actor que su padre, pero se le nota artificial, sin emoción ni convicción. No ha entendido nada: no son el atrezzo, los planos cortos, la barba bien cuidada y la corbata lo importante, sino la sinceridad del mensaje, el tono intensivo, de corazón, de lo que se transmite, porque son tus propias palabras, no las del negrode Moncloa.

Para que haga sol de noche, y más en Nochebuena, se necesita más que un actor con corona y filigranas. Haría falta que el orador poseyera la dignidad de su derecho ganado en las urnas y menos arrogancia.

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