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“Gure Angelines”

Por Koldo Mediavilla - Sábado, 30 de Diciembre de 2017 - Actualizado a las 06:09h

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columnista Koldo Mediavilla

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AHORA busco las páginas necrológicas y repaso las esquelas. Hace unos años, tal hábito me resultaba impensable. Además, la información de los muertos me producía un yuyu que me hacía huir de esa sección periodística. La configuración de las esquelas en los tabloides da un poco de miedo. Personas muertas alineadas de izquierda a derecha. De arriba abajo. Como un puzle de seres fallecidos que se presentan al lector a modo de llamada un tanto pavorosa. Es como si te gritaran;“¡Eh, que sepas que me he muerto y que me entierran esta tarde a las 6.00!”. Y, el de la columna de al lado, a las 7.00.

Las esquelas de hoy en día son como una exposición de zombis con fotos de otros tiempos que te miran y reclaman tu atención. Lo observes por donde quieras, los ojos del muerto te seguirán mirando. Es como si quisieran decirte algo inapelable. Algo así como que “hoy soy yo, pero mañana tú estarás en este espacio. Y lo sabes”.

Lo confieso, leo las esquelas. No con el interés con que lo hace mi madre. Pero con mediana asiduidad.

En ese repaso informativo a los muertos del día, me encontré el pasado miércoles con una cara que se me hacía conocida. También el nombre me sonaba, si bien necesité contextualizarlo: Angela Inés Iturbe. Era “gure Angelines”, aquella bendita mujer que en Artea nos trató siempre como si fuésemos sus hijos en la tasca que regentaba, un local que para muchos jóvenes de mi generación fue un refugio entrañable.

En el corazón de Arratia, el PNV disponía de un amplio local (Alderdi Etxea) en el que celebraba sus asambleas y encuentros formativos. Allí, en Artea, muchos jóvenes nacionalistas nos curtimos en militancia y en experiencias vitales de todo tipo. Y en este pueblo de la Bizkaia nuclear se escondía en un callejón, próxima a la plaza, la taberna Rojo. Era la planta baja de una vivienda familiar, la de Angelines.

La estancia del bar era alargada con una barra-mostrador de gran altura y la encimera de madera maciza. Al fondo, en un hueco en la pared, se hallaba empotrada una rana metálica. La rana con la boca más grande y abierta que haya conocido y en la que, a pesar del tamaño, nos mostrábamos incapaces de encajar las fichas.

Al otro lado del mostrador, donde habitualmente dormitaba bajo una boina el anciano patriarca, se situaba Angelines, quien con su inmensa humanidad nos cautivaba. Entraba y salía del dispensario sin que te dieras cuenta. Debía atender la cocina, situada al lado, en la que un gato parecía guardar el orden entre pucheros. Y en más de una ocasión multiplicaba sus funciones haciendo de peluquera, trabajando la permanente a complacidas convecinas que con sus rulos a cuestas tenían metida la cabeza en aquellos secadores que parecían salidos de una nave espacial.

Siempre dispuesta a agradar, Angelines era mucho más que una tabernera. Era como la amatxu de todos los que en su casa nos refugiábamos. A deshoras, sin previsión, le preguntabas si podía preparar algo para comer y enseguida se ponía manos a la obra. Al rato aparecía con aquellas bandejas con montañas de ensaladilla o huevos fritos, patatas y lomo que podían alimentar a los 100.000 hijos de san Luis. “No os quedéis con hambre que estáis creciendo”, era su cita favorita. Llegada la hora de pagar, con 500 pesetas se hacía todo (incluyendo las rondas de cerveza). Así que, en ocasiones, algún osado se permitió dedicarle, a modo de agradecimiento, una canción. “Que bonitos ojos tienes…”. Y Angelines lloraba desconsoladamente.

Pasé mucho tiempo sin volver a encontrarla hasta que un buen día regresé a su casa, hoy convertida en txoko. Se emocionó al verme (era una mujer de lágrima fácil) y me preguntó por todos. Recordaba los nombres, las anécdotas y las trayectorias de cada cual. Grande, muy grande, la emakume de Artea. Hoy la he reconocido por última vez. En una necrológica. Su corazón no resistió. A los 66 años -pensaba que era mucho mayor- nos ha dejado “huérfanos” como explicitaba su esquela. Mis ojos se han humedecido recordándola. Y he pasado página.

El periódico me ha llevado entonces a la actualidad, una sección siempre abierta a los cambios que se producen a nuestro alrededor.

Cuando el año finaliza se tiende a hacer balance. A mirar el pasado próximo y subrayar lo más relevante. Yo hoy prefiero fijar la vista en lo que se nos viene encima.

2018 promete. Hay ámbitos que, seguramente, estarán en la agenda. En ella encontraremos la mejoría económica de Euskadi. Muchos son los indicios que apuntan a un despegue de la situación de crisis vivida en ejercicios anteriores. El crecimiento global de nuestro PIB estará por encima del 2,5% y eso, en condiciones normales, tendrá como consecuencia directa la creación neta de empleo. El ciclo expansivo no genera nuevo empleo como antaño, pero ha detenido la sangría del paro y no es descartable que para finales de año la tasa registrada pueda estar por debajo del 10%, objetivo estratégico que se había marcado el gobierno que lidera el lehendakari Urkullu. Un empleo fruto de la fortaleza industrial, un sector que vuelve a estar pujante en Euskadi.

En materia de convivencia y aunque el horizonte siempre resulte difuso y envuelto en el ruido, 2018 será un año crucial para poner el punto y final a ETA. El debate interno parece avanzado y aunque todos quisiéramos que sus efectos se produjeran a mayor velocidad, para el próximo verano ETA se habrá disuelto o, como gustan en calificar quienes utilizan el lenguaje como una herramienta totémica, su militancia habrá decidido “desmovilizarse”. A partir de ahí, ETA habrá dejado de ser una excusa para que el gobierno español utilice las políticas de excepción en materias como la gestión penitenciaria, los presos enfermos, la no transposición de la normativa europea en la acumulación de penas, etc. Sin ETA en el escenario, ya no habrá “razón política” que ampare el inmovilismo. Solo quedará sobre la mesa una acción de derechos básicos que respetar y aplicar. Política de convivencia. De resocialización. Sin épica y con inteligencia.

Y en el plano político puramente dicho, 2018 será el año en el que el Parlamento Vasco siente las bases de un nuevo estatus de autogobierno para Euskadi. Será en este próximo ejercicio o no será porque el ejercicio siguiente será electoral -municipales y forales- y difícil parece buscar consensos básicos cuando de reojo se mira a las urnas.

La ponencia de autogobierno constituida en el Parlamento ultima la metodología para afrontar la fase decisiva de la actualización del autogobierno. Durante el próximo enero, se elaborará un informe que recoja las principales bases aportadas por las formaciones políticas, sus puntos de proximidad y los elementos sustantivos que deberán tenerse en cuenta de cara a elaborar un texto articulado. Entraremos entonces en una dinámica de aproximaciones y conversaciones bilaterales o multilaterales que busquen hacer posible un mínimo común denominador entre las propuestas de los partidos. Y con esa aproximación se facultará a un ámbito externo todavía no definido para que en el plazo de ocho meses presente en la Cámara Vasca un texto articulado.

Si algo resulta evidente de los pronunciamientos producidos por las formaciones políticas es que nadie -tampoco EH Bildu- plantea en este momento una opción de independencia para Euskadi. El nuevo estatus es, en ese sentido una nueva oportunidad para alcanzar un acuerdo de convivencia entre la Comunidad Vasca y el Estado. Un punto de encuentro avanzado que sirva para afianzar el bienestar y el desarrollo de una nueva generación de vascos. Un marco de coexistencia que reconozca el hecho nacional de Euskadi, que blinde los derechos y los poderes públicos, que contemple el respeto de soberanías de Euskadi y del Estado y que en esa línea establezca unas garantías mínimas de no interferencia en sus decisiones propias. Un compromiso que sea ratificado por la voluntad directa y democrática de la sociedad vasca.

La empresa no es sencilla. De ahí la necesidad de posiciones claras pero cerebrales, alejadas del discurso de consigna o la demagogia. Sin renuncias pero posibilitando soluciones jurídicas que expriman al máximo perchas como los derechos históricos y su actualización.

Crecimiento económico, paz y autogobierno. Certidumbre. Estabilidad. Bienestar. Oportunidad. Acuerdo. Convivencia. Esperanza. Estas son las citas ineludibles para el año que ahora empieza que esperemos se cumplan.

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