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Entre el divorcio y la separación

Por Alberto Letona - Jueves, 14 de Diciembre de 2017 - Actualizado a las 06:09h

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SI uno repasa los libros de la historia política europea de, pongamos por ejemplo el último siglo, verá con desesperanza la endeblez de los actuales gobiernos europeos de nuestro entorno. Esta debilidad se manifiesta tanto en los propios líderes como en los políticos que los rodean. Excepto la alemana Angela Merkel, ahora en una difícil encrucijada política, los demás dan para bien poco. No hay más cera que la que arde. El político-promesa con aires renovadores, es decir, el francés Macron, se ha volatilizado;en Italia, de Paolo Gentiloni lo poco que se conoce es su extremada discreción y sus trajes elegantemente cortados;del presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, algún exabrupto o similar;del ocupante de La Moncloa, ni les cuento porque ya le conocen...

En el Reino Unido sucede tres cuartas partes de lo mismo. Un país que ha dado líderes de raza y coraje pasa por una lamentable sequía de figuras políticas. Hasta el capaz Boris Johnson, exalcalde de Londres, y ahora ministro de Asuntos Exteriores, parece más cómodo en su papel de bufón que otra cosa. En lo que se refiere a la primera ministra, Theresa May, llegó de carambola al poder, y se le da por amortizada desde hace tiempo. Es impensable que May, ahora con un Brexit irreconocible por suave y deslavazado, destaque en el próximo futuro político de su país. Los tories británicos no solo han fracasado sino que se han saltado todas las líneas rojas que ellos mismos se habían marcado.

Para este viaje a ninguna parte no hacían falta esas alforjas. El equipo negociador de May se ha revelado más como un grupo de monaguillos que de políticos de verdad. La salida del Reino Unido de la Unión Europea se produce con más pena que gloria y es difícil ocultar la rendición de los británicos ante las huestes de Bruselas. Menos las llaves de Londres, los conservadores han entregado casi todo: la factura financiera por el divorcio, los derechos de los residentes europeos en su suelo y la frontera entre el Ulster e Irlanda.

Los antieuropeístas británicos han llegado divididos y exhaustos al combate y con gran parte de su propia ciudadanía en contra. Sin embargo, puestos a buscar algo positivo, cabe la posibilidad de que un Brexit tan moderado pueda sostener la unidad con Escocia, que hasta hace poco se veía como tarea difícil.

La batalla ha durado cuatro días con sus respectivas noches en las que los negociadores de ambas partes no se han dado tregua. Es un acuerdo de mínimos, de apenas quince páginas, pero que establece las bases suficientes para comenzar la segunda fase de la negociación. Tras esta primera fase, los principales actores, Juncker y May, se dieron la mano con protocolaria cordialidad. El luxemburgués declaró que “el Reino Unido sería un amigo y un aliado de Europa”. Si no podemos ser amigos, seremos amantes, podía haber declarado igualmente.

¿Frontera dura o blanda? Uno de los escollos más duros de sortear en la negociación ha sido el de la frontera que separa a la República de Irlanda del Reino Unido. En los años en que ambos países eran miembros de la Unión Europea, el problema era inexistente salvo por el control que ejercían las fuerzas de seguridad sobre el posible paso de miembros del IRA a uno y otro lado. El Partido Unionista Democrático del Ulster, mayoritario y aliado de los conservadores en Westminster, había puesto un precio alto por su apoyo a May. Una frontera blanda era la opción deseada. Londres ha tenido que hacer concesiones para que la frontera asegure la integridad del Reino Unido al tiempo que permita a los ciudadanos de Irlanda del Norte conservar sus derechos como europeos en lo que a su libre circulación y mercado interior se refiere. Por extraño que parezca, los irlandeses del norte van a beneficiarse de estar en dos espacios económicos distintos y muchos de ellos están encantados con esta posibilidad, pero algunos miembros del Partido Conservador ya han hecho oír sus quejas ante esta extraordinaria situación. No creo que les hagan mucho caso.

Los derechos de los residentesUno de los factores fundamentales y que más peso ha tenido entre la población del Reino Unido para optar por el Brexit fue la llegada masiva de inmigrantes de otros países europeos, fundamentalmente de los países del Este de Europa, en las dos últimas décadas. Hay 3,5 millones de ciudadanos europeos que residen en la isla: a su vez, 2,5 millones de británicos viven en los países de la Unión Europea. El anuncio del Brexit creó un clima de hostilidad contra los extranjeros en el Reino Unido, que hasta entonces habían sufrido esporádicos ataques.

Pues bien, los negociadores británicos, reacios como eran en un principio a prolongar la residencia, o incluso el trabajo, de muchos de los ciudadanos de la Unión Europea, no han tenido otro remedio que aceptar que todos los ciudadanos que lleguen al Reino Unido antes de la salida formal podrán seguir residiendo o trabajando en este país. Esta medida supone un importante alivio para muchos trabajadores europeos, así como para los británicos que trabajan en los países de la Unión y que temían por sus derechos laborales.

Fecha de salida La primera ministra británica, Theresa May, pidió oficialmente hace unas semanas un periodo de transición de dos años desde la salida oficial de su país, el 29 de marzo de 2019. Aunque en estos dos años de transición Gran Bretaña ya no sería Estado miembro de la UE, sí seguiría dentro del Mercado Único y de la Unión Aduanera. Este periodo de aclimatación supone una salida muy gradual de las instituciones europeas de las que ahora forma parte. Aunque el Reino Unido se siente cultural y económicamente próximo a Estados Unidos, los vientos que vienen de allí, impulsados por Donald Trump, congelan el aliento. Pocas veces las relaciones del Reino han sido tan difíciles como lo son ahora con el incómodo inquilino de la Casa Blanca. Por lo demás, la añorada Commonwealth queda más cercana a los libros de historia que al momento actual. Ya no es el continente el que se queda aislado cuando arrecia la tormenta en el Canal de la Mancha: es el Reino Unido, más falto de socios políticos y solo que nunca.

¿Quién paga la cuenta? El divorcio costará dinero, pero desde el principio parecía claro que los isleños intentarían pagar la menor cantidad posible: incluso llegaron a comentar en algún momento eufórico que no pagarían nada. Ahora hay un acuerdo en firme entre ambas partes para hacer frente a los compromisos financieros previamente adquiridos. Aunque las cifras todavía pueden bailar un poco y se mantiene un silencio sepulcral por ambos lados, se sabe que el gobierno de su majestad tendrá que pagar entre 40.000 y 45.000 millones de euros. Una cantidad nada despreciable si tenemos en cuenta que su ganancia anual por abandonar la Unión Europea será de poco más de 350 millones anuales. Los conservadores prometieron que el superávit de la salida de la Unión se invertiría en hospitales. Con estas cuentas es de prever que no se construirán hospitales en muchos años.

Mala negociación A pesar de su buena fama como negociadores, pintan bastos para los representantes del gobierno conservador de Theresa May. Aunque la partida no está aún terminada, existe la certeza de que la Unión Europea tiene mejores cartas y mejores jugadores. La primera ministra perdió las últimas elecciones y su derrota la ha lastrado considerablemente a la hora de negociar. Hasta ahora, han jugado de farol. “El Brexit será rápido y fácil. Europa vendrá a comer de nuestra mano”, sentenció un diputado conservador. No podía estar más equivocado.

Soplan malos vientos para Londres y la tormenta parece adivinarse en el panorama político del Reino Unido. En el horizonte se dibujan demasiados perfiles grises y pocos políticos capaces de manejar las inclemencias de un futuro complicado.

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