Editorial

Dos décadas después

Las dificultades en el Mediterráneo oriental devuelven las principales rutas de inmigración hacia el Estrecho, revelando la impotencia de las vallas y las devoluciones para frenar una necesidad incontenible

Martes, 8 de Agosto de 2017 - Actualizado a las 06:08h

EL nuevo salto de la frontera de El Tarajal en Ceuta por alrededor de dos centenares de inmigrantes, en un fenómeno que se inició a finales del siglo pasado -la valla de Melilla comenzó a ser instalada en 1998 y la de Ceuta, un año más tarde- y que se repite periódicamente, viene a confirmar que todas y cada una de las políticas de contención de la inmigración implementadas desde la Unión Europea o por sus Estados miembro no han surtido un efecto disuasorio ni mucho menos han logrado paliar el problema. A la espera de que experiencias de acogida como la promovida por las instituciones de nuestro país y muy especialmente desde el Gobierno vasco con la propuesta de corredores humanitarios abran espacios diferentes, Europa, sin embargo, sigue centrando esfuerzos en impedir la llegada de aquellos que huyen de la violencia, la carencia o la persecución política, étnica o religiosa en sus países de origen, aun si se trata de negociar la colaboración de los países africanos -Libia, Nigeria, Túnez, Egipto, Marruecos...- que son trayecto de la inmigración con el fin de conformar un área intermedia de campamentos-refugio de formato y características similares -y por tanto insuficientes- a la que la UE ha financiado en territorio turco para albergar a refugiados de origen sirio-iraquí. Los 200 inmigrantes que entraron ayer a la carrera en Ceuta son apenas una ínfima parte en la la magnitud de ese drama (Europa registró el pasado año casi 1,3 millones de peticiones de asilo), pero revelan la impotencia de la vigilancia policial, los muros y las famosas concertinas para contener la inmigración: en 2016, la UE detectó 511.000 entradas ilegales y de ellas más de 2.000 personas intentaron entrar por Ceuta y Melilla en, al menos, diez saltos masivos, pese a las devoluciones en caliente que vulneran el derecho internacional y que el Gobierno Rajoy legalizó en 2015 a través de la aprobación de la Ley de Seguridad Ciudadana. Y esa impotencia se agudiza este año porque las dificultades en el Mediterráneo oriental (Grecia) están trasladando de nuevo las rutas principales de inmigración hacia el Mediterráneo central (Italia) -hasta julio 86.000 inmigrantes han alcanzado las costas italianas y 2.247 han fallecido en el mar- y paulatinamente hacia a la zona del Estrecho, que en los primeros seis meses del año ya ha duplicado las cifras de un año antes.

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