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Lo que disuade...

Por Josu Montalbán - Lunes, 7 de Agosto de 2017 - Actualizado a las 06:08h

Columnista Josu Montalban

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Columnista Josu Montalban

CADA vez que escucho en algún medio de comunicación o leo en algún periódico alguna noticia que se justifica por su carácter “disuasorio”, me pongo a temblar. Porque a mí no me disuade ni dios (válgame la licencia);en todo caso acepto que la autoridad me prohíba hacer cosas y me obligue a comportarme de algún modo concreto. Ante las prohibiciones, no me queda otro remedio que procurar abolirlas, aunque siempre acatándolas mientras están vigentes. Pero las medidas “disuasorias” siempre me han parecido algo cobardes y trileras. Cuando la autoridad me amenaza subiendo el precio de los fusiles (por ejemplo) hasta cifras inalcanzables por casi todos, para evitar que alguien pueda asesinar sirviéndose de dicho tipo de arma, me enfurezco porque eso quiere decir que aunque es más que cierto que serán muy pocos los “asesinos con fusil propio”, no serán tan pocos los “asesinos con fusil ajeno o cedido”, es decir los sicarios que actuarán armados por quienes puedan costearse el fusil asesino.

Viene esto a cuento de algunas propuestas que se han lanzado para tantear a la opinión pública, concretamente la tasa a abonar por los vehículos que entren en Bilbao, o la tasa turística que se propone como una de las posibles medidas a aplicar en San Sebastián. Nada de todo esto es nuevo porque lo de cobrar por la entrada de vehículos en las ciudades y capitales y la tasa turística está vigente en otros lugares. Eso sí, esta tasa turística se aplica con la máxima discreción, integrada en las tarifas que se aplican en los servicios turísticos, hoteles y demás parafernalias.

Prohibir es feo. Imponer, a secas, también. De lo que se trata es de prohibir sin usar ninguna palabra que implique negación. Para prohibir, está prohibido decir “no”, valga la redundancia. Tampoco se puede ni debe “imponer” nada. Como mucho se puede “proponer”, que solo es manifestar lo que uno está dispuesto a hacer, de modo que si se trata de intenciones o medidas que baraja un responsable público en el ejercicio de sus funciones y autoridad, tales puedan ser contestadas o rechazadas. De modo que no a prohibiciones y no a imposiciones. La palabra de moda es “disuasión”. En sí misma la palabra no es nada perversa, porque uno puede disuadirse y cambiar de opinión como consecuencia de que haya reflexionado libremente, pero cuando la disuasión responde a amenazas o a estrategias arteras, se convierte en un arma agresiva, o como poco en un instrumento nada inocente. Para disuadir se desaconseja, que es tanto como aconsejar algo pero en sentido contrario.

En el ejercicio de la política activa, los responsables públicos adoptan sus posiciones con tanta cautela que sus empeños se ven frustrados por una simple opinión en contra y si tal no se produce juzgan que su proposición es tan justa como idónea. Apenas les afecta que la propuesta no sea fiel a sus principios ideológicos, en todo caso sopesan si los favorables a la medida propuesta son más o menos que los detractores y obran en consecuencia, de modo que el rigor, en la mayoría de los casos, responde exclusivamente a los resultados de las consultas demoscópicas. La supeditación de la ideología a las apetencias ciudadanas constituye un hándicap en cualquier intento de transformar la sociedad y hacerla más humana. Los departamentos de prensa constituyen auténticos búnker desde los que se deciden muchas políticas, desde los que se pergeñan planes de relación con la ciudadanía, desde los que se ahorman las doctrinas políticas y las ideologías. Es mucho más importante, y por tanto debe cuidarse mucho más, el modo de decir las cosas que lo que se dice realmente. Y es esto precisamente lo que convierte la disuasión en un instrumento infalible, tan infalible como inefable.

Sí, inefable, porque yo no soy capaz de comprender que se quiera imponer un canon a los coches que entren en una ciudad. ¿Por qué? Si se trata de evitar un alto grado de contaminación, habrá que hacer una medición meticulosa de ella y prohibir la entrada de todos los coches y no solo la de quienes, por tener menos recursos económicos, no pueden hacer uso del coche si tienen que abonar un canon para hacerlo. Si la ciudad -el área urbana- no da para más por su reducido espacio, habrá igualmente que prohibir la entrada, pero haciendo aparcamientos en los accesos a dichas ciudades, a poder ser gratuitos. Si, sencillamente, se opta por una ciudad sin coches, se habilitarán las consabidas barreras para impedir la entrada de vehículos, dejando libre acceso a aquellos vehículos que presten servicios imprescindibles. Cualquier medida que establezca condiciones discriminatorias (a favor) en el uso de vehículos en las ciudades solo debe responder a aspectos cualitativos, es decir, los servicios comunitarios, y nunca a lo cuantitativo, es decir el poder adquisitivo de los posibles usuarios.

En el caso del famoso canon o tasa turística ocurre algo parecido. El turismo es una fuente de riqueza para las ciudades -y para sus habitantes- que reciben muchas visitas. San Sebastián es una de esas ciudades que recibe a muchas personas en los periodos estivales. De ello se benefician sus establecimientos hoteleros, sus bares y restaurantes, sus calles, sus espectáculos, sus comercios y sus pobladores, que sienten cómo es valorada la ciudad y pueden relacionarse con gentes de otros lugares del mundo. Todos estos beneficios tienen su correlato en el crecimiento económico de la ciudad, en la generación de riqueza y empleo que redundará en mejorar las vidas de sus ciudadanos. ¿A qué viene aplicar una tasa a los turistas que, por cierto, no solo se aplica a los turistas propiamente dichos, sino a todos los que viajan a esa ciudad por cualquier posible razón? ¿Se trata de disuadir o se trata de cobrar y de recaudar? ¿Acaso algún español deja de ir a Roma (donde se aplica dicho canon turístico) por el mero hecho de que se cobre? ¿Acaso a quien decide viajar a Roma, o a San Sebastián, le disuade de hacerlo el hecho de que su factura del hotel tenga una sobrecarga asequible?

En realidad, lo que mueve a camuflar tras una tasa turística o un canon de entrada de vehículos en una ciudad, no es otra cosa que el afán recaudatorio. Porque ya casi nadie se atreve a equilibrar la riqueza mediante impuestos, directos o indirectos, es que se han inventado las tasas y cánones que se cobran a cambio de prestaciones que debieran ser públicas y gratuitas.

Solo los remisos y cobardes disuaden mediante este tipo de triquiñuelas. Los gobernantes valientes, sobre todo si son de izquierdas, no deben poner cargas a quienes solo desean disfrutar del paisaje y del clima, de los monumentos y la historia, de la belleza. Cobrar por el acceso a una ciudad (espacio público), lo mismo que hacerlo por hacer turismo, es propio del más puro reaccionarismo de derechas. Es mi opinión.

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