La ciudad gris casi negra

U. Razkin - Domingo, 6 de Agosto de 2017 - Actualizado a las 06:09h

En el rascacielos se encuentra la oficina del detective.

En el rascacielos se encuentra la oficina del detective.

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En el rascacielos se encuentra la oficina del detective.

NI el inspector Maigret, ni el comisario Brunetti ni el detective Cormoran Strike. Bilbao tiene a Ricardo Malpartida, un detective privado -que antes había sido taxista- que investiga un asesinato de un famoso científico vasco, Ángel Mato, encontrado muerto en un edificio de Alameda. Según comentó hace unos meses su autor Gonzalo Garrido en DEIA, la ciudad es idónea para ambientar la novela negra, ya que “siempre ha tenido unas características bastante industriales y llena de contradicciones y eso ha sido siempre muy atractivo”. Así pues, en La capital del mundo se muestra la sociedad bilbaina con sus grandezas y miserias.

El detective camina todos los días hasta su “pequeña oficina” ubicada en el rascacielos de Bailén, al comienzo de Bilbao La Vieja, junto a la ría. Una postal hecha de letras que muestra el primer rascacielos -con una altura superior a los 40 metros- construido en la villa, “una mezcla de oficinas y picaderos segregados de mala manera”. El lector tiene una excusa para ausentarse del caso por un momento y acercarse al puente de El Arenal, desde donde casi puede darse de bruces con el Teatro Arriaga y pasear por El Arenal. Malpartida camina por el Casco Viejo “repleto de deformados tejados y su ría envolvente”. Transita por la calle Somera -forma parte de las Siete Calles- y se detiene en bares como Bikandi, donde aprovecha para avanzar en el caso mientras se toma algún trago.

El detective persigue a la persona que acabó con la vida del físico nuclear y se familiariza con el escenario del Casco Viejo. Se acerca, por ejemplo, al mercado de la Ribera, para lograr más pistas. Sin embargo, el caso le llevará a dejar las calles adoquinadas para adentrarse en las zonas verdes. “El piso de la viuda estaba situado en uno de los edificios de ladrillo que daban al comienzo del parque Doña Casilda. La sala daba a los jardines, al lateral del museo de Bellas Artes, con un ventanal que, a pesar de las cortinas gruesas, permitía la entrada de luz dada la altura”. Cerca se celebra el funeral del científico asesinado, en la iglesia de San José, “un templo regido por los Agustinos, donde con toda probabilidad, el asesino estaba presente”.

El caso no le da ni un respiro. El detective estira las piernas y se encamina al Casco Viejo, pasando por las torres Isozaki. Próximo está el puente Zubizuri, al que el lector podrá subirse y atisbar a lo lejos el Museo Guggenheim, un edificio de titanio diseñado por el arquitecto Frank Gehry, que desembarcó en la ría en 1997.

Esta última vuelve a ser, precisamente, protagonista además de escenario, y a su vez parte de una trama que se va complicando. Un cuerpo aparece flotando en sus aguas apacibles: “Mostraba un par de cuchilladas, una en el abdomen y otra, mortal de necesidad, en el corazón”. Un asesinato, que según la investigación, ocurrió en el muelle de Marzana. Malpartida no da crédito y se le complica el caso: “¿Qué hacía ella en La Ribera a esas horas de la noche?”.

Un Bilbao gris casi negro es lo que se encontrará el lector que previamente se haya dejado llevar por el influjo de La capital del mundo.

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