Carta al murmullo

Daniel Ezpeleta - Sábado, 5 de Agosto de 2017 - Actualizado a las 06:08h

El de las hojas y el agua de la fuente secreta del monte y el remanso que forma dentro del bosque de hayas en verano. También murmullo tiene una parte oscura: murmurar, hablar mal de alguien que no está en ese momento presente. Si tienes algo que decir, dilo de frente, a la cara, sin insultar. El murmurar se ha instalado como deporte nacional, fruto masivo y perverso de la frustración personal y del desencanto. No es difícil comprender que la frustración sea el caldo espeso, la niebla que nos crea semejante canalla mentirosa de personajes que han llevado y llevan el mando, las riendas del carro de nuestras vidas. De las personas públicas se puede y también se debe murmurar y hablar sin dar más explicaciones a nadie;no así de los compañeros de trabajo, parientes, amigos ni de los buenos vecinos. Bufar, gruñir, despellejar a diario, mañana, tarde y noche, manifiesta un alma pobre, angustiada, amargada, falta de categoría, incompleta. Mala baba, mal rollo y peor talante. No lo soporto. Mi alma se cierra con siete llaves. Prefiero el murmullo del canto de Siete poemas de amor y una canción desesperada, de Pablo Neruda, o el pensamiento, el Rubaiyat de Omán: “Unas gotas de vino del color del rubí, un pedazo de pan, un buen libro de versos y tú, en un solitario lugar, son más valiosos para mí que los reinos de todos los sultanes”.

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