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17 años ya

Por José Luis Úriz Iglesias - Viernes, 4 de Agosto de 2017 - Actualizado a las 06:08h

Columnista Jose Luis Uriz

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Columnista Jose Luis Uriz

AÚN hoy lo recuerdo con emoción y se remueven sensaciones, sentimientos, reflexiones ya experimentadas que después de todo lo que ha ocurrido en los últimos seis años pensaba imposibles de sentir. Conocía a Juan Mari, como conocí a López de la Calle, aunque coincidía con él en más cosas que con José Luis. Los dos militamos en el PCE, luchamos codo con codo contra el franquismo, pasamos juntos al PSOE después de un proceso de reflexión que nos llevó a considerar este como “la casa común de la izquierda”. Los dos habíamos mantenido en los últimos tiempos posiciones heterodoxas y críticas con la posición de nuestro partido en el conflicto vasco y los dos defendimos en privado y en público que era necesario el diálogo para resolverlo, destensar y mejorar las relaciones con el PNV, diferenciarnos del discurso belicista e inmovilista de un PP más preocupado por su crecimiento electoral que por resolver el problema. Los dos, en fin, estábamos en esa posición de puente, quizás demasiado ingenua e idealista para los tiempos que corrían entonces.

Resulta curioso visto desde hoy cómo algunas cosas han cambiado (ahora el PSE gobierna con el PNV en muchas instituciones), mientras otras, como la posición del PP, se mantienen inalterables.

En aquel instante sentí que al asesinar a Juan Mari asesinaban una parte de mí, una parte de las ideas que ambos defendíamos. Pensé que ETA no solo dinamitaba los hipotéticos débiles puentes que se intentan tender entre ambas orillas de aquel conflicto de aguas turbulentas, también hacía saltar por los aires el suelo sobre el que debían construirse, intentando dejar sin posibilidades de diálogo a aquella sociedad que lo estaba demandando con firmeza.

Con el asesinato de Juan Mari, ETA cruzaba una línea roja imperceptible pero existente, como tres años antes la cruzó al asesinar a Miguel Ángel Blanco y apenas unos meses después a otro constructor de puentes como Ernest Lluch. Pretendía así eliminar a los más próximos de entre sus enemigos, aquellos que servían de conexión con una parte de la sociedad con la que ineludiblemente habría que contar, como así ha ocurrido, para resolver el conflicto.

Al cruzarla, señalaba como objetivos a cualquiera que no se rindiera a su poder militar y fascista. Y me sentí interpelado. Era la reflexión genérica que todos debimos hacernos a partir de entonces. Pretendía llevar la cruel teoría de “socializar el sufrimiento” señalando que el próximo podía ser un dirigente del PNV, un miembro de la corriente de opinión Aralar que había surgido dentro de HB, un dirigente de la cúpula actual de esa organización (HB) que en privado o incluso en público en voz baja discrepara de su enloquecida espiral, incluso uno de sus miembros (de ETA) que planteara una estrategia diferente… o uno mismo. Simplemente por no hacer seguidismo de sus propuestas, por mantener posiciones intelectualmente libres. Es lo que hoy recuerdo como más terrible de aquella situación: cualquiera era desde ese instante objetivo de ETA porque ya todos éramos sus enemigos potenciales.

Cuando la praxis de una organización, sea militar o política, la sitúa en contra de todo y de todos debe hacerle pensar seriamente sobre su ineficacia para la obtención de objetivos políticos y, por tanto, sobre la necesidad de su disolución. Esa reflexión fue madurando durante diez años más, pero quizá entonces surgió el germen y la explicación de lo ocurrido posteriormente.

Aquel fatídico día comprobé en directo no solo el dolor que su terror producía en las familias, directas y políticas, también la crispación y el abismo social que iba abriendo. Vi al lehendakari Ibarretxe junto a Josu Jon Imaz esperando en la entrada al velatorio, increpado por algunos socialistas que no pudieron controlar su indignación, aunque erraban en la dirección en que debían dirigir su ira, que debía ser más hacia un ministro como Mayor Oreja, incapaz de evitar estos actos y que en vez de dimitir por ello se permitía -y lo sigue haciendo aún- soflamas propagandísticas contra los demás.

Vi a un Ibarretxe dolorido, tenso, solo, rodeado de militantes socialistas con una gran carga emocional. Por eso, aquella tarde fui a saludarle rompiendo así su incomunicación con nosotros (los socialistas), y a la salida le comenté que algo teníamos que hacer. Algo diferente, audaz, imaginativo y sobre todo generoso para, por encima del dolor, de la indignación, de la ira contenida, lograr que prevaleciera el diálogo y el entendimiento. Hacía falta comunicarse, hablar, evitar que triunfara la estrategia de ETA de provocar un enfrentamiento social irreversible entre nacionalistas y no nacionalistas.

Para parar aquel choque de trenes hubo que trabajar duro, empezando por los más proclives a ese diálogo para en una segunda fase ir incluyendo a los más reacios. Pero, en cualquier caso, no podíamos consentir, por la memoria de Juan Mari, que dinamitaran las bases sobre las que se debían construir esos puentes de diálogo y entendimiento. Así pasó y al final se consiguió llevar esas posiciones con posterioridad al mismo presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, o al recalcitrante Rubalcaba.

A veces -y resulta complejo comentarlo- ingenuamente buscaba en aquel momento también un razonamiento ideológico, político a aquellos atentados de ETA, intentando encontrar razones a lo inexplicable y preguntándome cómo era posible que no fueran capaces de entender que lo que hacían fortalecía a sus hipotéticos enemigos y debilitaba a sus correligionarios. Que el camino que habían emprendido no conducía, como así ha ocurrido, a la consecución de su estrategia política sino que, al contrario, alejaba la posibilidad de acuerdos en esa dirección y producía más sufrimientos en su gente. ¿O es que pensaban que era posible derrotar militarmente al Estado español? Incluso llegué a reflexionar sobre si habría que analizar sus acciones en claves no políticas sino psicológicas o psiquiátricas. Personajes como Txeroki o Txapote así parecían indicarlo. Allí, frente al féretro de mi amigo, me pregunté si los dirigentes de HB no serían capaces de hacer sus reflexiones políticas al margen del poder militar y por qué si lo hacían, solo lo hacían en privado. ¿Qué opinaría en ese ámbito Otegi del asesinato de Juan Mari Jáuregui?

Posteriormente, creo que llegué a saberlo y quizá de ese hecho vino la alternativa Bateragune que les llevó a sublevarse, políticamente hablando, ante sus superiores militares. En HB, el discurso político acabó prevaleciendo sobre el militar, hubo gentes en su dirección que, como algunos dentro del PSOE, fueron capaces de discrepar de las posiciones mayoritarias y, a base de constancia y a costa muchas veces de incomprensión, fueron impregnado de esas tesis el discurso oficial.

Desgraciadamente, Juan Mari no pudo verlo, pero la bandera a favor del diálogo y el entendimiento, en defensa de soluciones políticas a los problemas políticos, en la búsqueda de nuevos marcos jurídico-institucionales en los que todos nos encontráramos cómodos, en definitiva en conseguir lugares de encuentro y de convivencia pacífica entre diferentes, o muy diferentes, se mantuvo, se mantiene, alta. Hoy, 17 años después, le recuerdo, recuerdo su figura personal y política y agradezco el esfuerzo que junto con otros que ya no están, como Ernest Lluch y Enrique Curiel, fueron capaces de ver en el otro y con esfuerzo, incluso dando su vida, permitieron al resto poder llegar a donde ahora estamos, a un escenario de paz, aunque aún queden flecos por resolver, también el de los presos y exiliados, para que sea completa. No obstante, ahora que se cumplen 17 años, conviene conservar esta memoria histórica. Gracias, eskerrik asko, Juan Mari Jáuregui.

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