tour de francia 2017

Froome bendice a Landa

El británico acaricia el Tour y el alavés, al ataque, roza el podio en una etapa que conquista Barguil

César Ortuzar - Viernes, 21 de Julio de 2017 - Actualizado a las 06:09h

Después del ataque de Landa, Chris Froome se lanzó hacia la cumbre del Izoard con la intención de dejar atrás a Rigoberto Urán y Romain Bardet.

Después del ataque de Landa, Chris Froome se lanzó hacia la cumbre del Izoard con la intención de dejar atrás a Rigoberto Urán y Romain Bardet. (Foto: Afp)

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Después del ataque de Landa, Chris Froome se lanzó hacia la cumbre del Izoard con la intención de dejar atrás a Rigoberto Urán y Romain Bardet.

Bilbao- “Landa puede ganar el Tour. Tiene motor para estar entre los grandes, puede disputar la general en el futuro”. En el presente, en la corona de Izoard, mandó Froome sobre el Tour, que le palpita en el bolsillo. Landa es el futuro porque Froome le temió en el presente, pero el de Murgia también es el hoy. El alavés es el aquí y ahora. Con esa idea pegó un bocado a Fabio Aru, amputado en los Alpes. La ambición de sus colmillos ha colocado a Landa cuarto en la general, a una brazada del podio, que colea a un minuto. “Hemos dado un paso importante, pero mi podio es muy difícil”, expuso Landa, que piensa en plural porque se lo exige el Sky. Su ataque en una de la montañas sagradas del Tour respondió al nosotros. “Estaba previsto mi ataque en el Izoard, lo que buscábamos era ganar la etapa con Chris Froome y al irme por delante obligamos a los demás a trabajar. No obstante, quería algo de libertad para estar mejor en la general. Lo importante es que hemos dado un paso muy importante”. A la espera de la crono, la pértiga de Marsella, Froome ve más cerca su cuarto laurel en los Campos Elíseos de París después del Izoard.

La historia del Tour recuerda a Coppi y Bartali, dos enormes campeones, rivales únicos, compartiendo una botella de agua bajo la canícula en el Galibier. Décadas después de aquel instante, aún se debate si fue Coppi, que iba delante, el que cedió la botella a Bartali, o fue Gino el que se la entregó a Il Campionissimo. No es un asunto menor cuando se trata de un pleito entre los mejores de una época, entre el viejo y el joven campeón. La botella no tenía dueño ni destinatario y la leyenda de ambos alcanzó un eco mayor. Es uno de esos misterios que el ciclismo encripta para la imaginación y los aficionados. Froome, el campeón de esta era, no deja capítulos para los acertijos, no al menos en el Tour, que saborea a falta de la crono de Marsella después de controlar al impaciente Bardet y al inexpresivo Urán, adherido a su rueda. Unidos ambos al líder en el Izoard. Se descabalgó Aru, otra vez doliente en los Alpes, su cementerio. Landa consagró su futuro dejando una huella profunda en el presente.

En el Izoard, en el corazón de los Alpes, a más de 2.300 metros de altitud, las personas son hormigas, insignificantes, tan poca cosa ante las majestuosas montañas. En ese paisaje que ha forjado la anatomía salvaje y épica del Tour, el británico demostró su enorme talla con un simple gesto. Tan cotidiano, que asustó. En eso radicó su carga de profundidad. Dejó el líder una imagen que no necesita ser interpretada debido a su fuerza y su nitidez. Una postal de su dominio, de su mando en la carrera francesa. El AG2R horneaba la subida con todo lo que tenía a mano. Quemaba troncos, papeles y astillas. Dispuesto el equipo galo a sacrificar a todos sus hombres en el altar de Bardet, la esperanza de la grandeurfrancesa. La orgullosa bandera del país que sueña tanto con ganar un Tour que es una pesadilla desde que lo conquistara Bernard Hinault. Se esforzaba el AG2R en un ejercicio de entrega absoluta, de inmensa agonía al frente del grupo de los patricios. Detrás de Bardet, elevó la figura Froome. Su perfil desgarbado era un rascacielos. El líder se colocó una bolsa del avituallamiento colgada del cuello y repartió la comida entre sus muchachos con el cariño con el que las madres preparan los bocadillos para que sus hijos correteen por las montañas. El AG2R era el mantel para la merienda del Sky.

Antes, cuando los franceses garabateaban sueños con otro final, el AG2R se encendió en el descenso del Col de Vars al ritmo de Oliver Naesen, que rebajó las opciones de los fugados, para entonces disgregados. Al coloso que cerraba la montaña en el Tour entró Lutsenko en solitario, con Atapuma, Gallopin y Dani Navarro en modo persecución. La muchachada de Bardet desfilaba a ritmo marcial. Izquierda, izquierda, izquierda, derecha, izquierda. El Sky, ordenado, se pegó al convoy, tamborileando los dedos en la balconada del Izoard. La montaña no tardó en mostrar su rostro de boxeador. Cayó noqueada la tropa francesa que tanto se había esforzado, desolada por los fotogramas lunares, las laderas de una montaña descubierta, sin el sombrero de la vegetación. Al sol, Lutsenko se derritió. Atapuma soportó mejor las rampas del Izoard, inhóspito a partir del meridiano.

Las cenizas se repartieron por el corpus del AG2R cuando Kwiatkowski comandó el grupo. El infinito polaco no tuvo piedad. Aru estiraba el cuello y el martillo de Kwiatkowski clavaba los clavos en el ataúd del italiano, un zombi. Froome dirigió la orquesta. El polaco era un martirio para Aru. Tanta rabia concentró Kwiatkowski que tiró las gafas a la cuneta en un acto reflejo. Quería más velocidad. Menos peso. Aru subía con plomo en los bolsillos. Pura agonía. El sino de Quintana, al que el rostro de cera no le cambió. Tampoco las piernas del Tour.

Landa, al ataqueBarguil, que corre con la capa de Superman, dio un respingo. Abandonó la cabina del Sky y en la Casse Déserte, con Coppi y Bobet allí inmortalizados, encontró su oasis. Contador trató de aletear a su lado, pero al madrileño se le quemaron las alas al emular a Barguil, el rey de la montaña. Su traje de superhéroe es de lunares. El amarillo certifica a Froome. El color del monarca de la carrera. El británico se hermanó con Landa una vez Kwiatkowski entregó su último gramo de fuerza. Dan Martin lanzó la primera salva entre el grupo de favoritos, encadenados Froome, Bardet, Urán y Landa. El irlandés congestionó a Aru y Quintana, que capitularon. Bardet atacó con timidez, sin molestar. Froome le arrestó. Al contrario que a Landa, que estalló en busca de la gloria. Libre a la manera del Sky, con el freno de mano echado. El salvoconducto se lo entregó Froome, más feliz en los Alpes que en los Pirineos. Cómodo junto a sus enemigos, Froome dio carrete al alavés, un libro abierto. Así corre Landa, al que en la mirada se le adivina la intención. Habla con los ojos. No existen gafas de sol capaces de opacar su deseo. Brilla demasiado su estrella, el desvelo de Froome. La idea de Landa era aproximarse al podio de los Campos Elíseos a través del triunfo de Froome y obligar a Bardet y Urán a moverse.

Ninguno de los dos arañó a Froome, que pasó al ataque en Casse Déserte, por donde pasan solos los campeones. Urán, que corre un Tour en univisión, siempre a rueda, cerró el hueco en el falso llano. El acelerón de Froome les encoló a Landa, que no pudo enlazar con Barguil, celebrante en el cumbre del Izoard. Como en el resto de las montañas del Tour se disputó otro sprint, la modalidad que acompaña a esta edición de la carrera francesa. Bardet rebañó cuatro segundos de premio y Froome picó un par de segundos sobre Urán. Landa, en su último servicio como mayordomo de Froome, enmarcó el pulso entre los tres a falta de Marsella, las manecillas que darán la hora al reloj del Tour, en el bolsillo de Froome. Tal vez, el campeón que es, Froome, y el que viene, Landa, compartan algún día un trago de agua.

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