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Nacida el 18 de julio de 1936

HAce 81 años, la abadiñarra Virginia Carracedo llegó al mundo el día del golpe de Estado militar fallido contra la Segunda República que derivó en la guerra civil

Un reportaje de Iban Gorriti - Domingo, 16 de Julio de 2017 - Actualizado a las 06:09h

Virginia Carracedo dice que nació con la guerra y que tiene el presentimiento de que morirá con otro conflicto. Foto: Iban Gorriti

Virginia Carracedo dice que nació con la guerra y que tiene el presentimiento de que morirá con otro conflicto. Foto: Iban Gorriti

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Virginia Carracedo dice que nació con la guerra y que tiene el presentimiento de que morirá con otro conflicto. Foto: Iban Gorriti

NACIÓ el 18 de julio de 1936, día que para los franquistas fue de “glorioso alzamiento nacional” y, para toda la ciudadanía, un golpe de Estado militar fallido contra la democracia legítima de la Segunda República que derivó en guerra. Durante aquella misma jornada, Virginia Carracedo veía la luz por primera vez y lloraba al salir del cuerpo de su madre. La fecha ha viajado ocho décadas con ella impresa en su DNI y en su ADN, en su genética. El próximo martes, tanto esta alegre vecina de Traña-Matiena como la triste efeméride cumplirán 81 años.

Virginia toma la palabra por primera vez en un medio de comunicación: “Toda mi vida he dicho a los míos que nací con la guerra y tengo el presentimiento de que, el día que muera, habrá otra guerra o pasará algo de guerra. Siempre lo he creído así y lo sigo pensando”, asiente la abadiñarra de origen leonés y sustratos ideológicos democráticos.

Virginia Carracedo Prieto nació el día más convulso del siglo XX en Castrocontrigo, municipio con partido judicial en La Bañeza de menos de mil habitantes en la actualidad. “También suelo decir, de broma, que nací el día de la paga extra que antes era el 18 julio”, aporta regalando una sonrisa.

Hija de Emilia y de Marcos, es la mayor de siete hermanos. “Te diré una curiosidad más. Nací el 18 de julio a punto de dar las 12.00 de la noche, todavía el día del golpe de Estado”, levanta el dedo índice derecho. “Mis padres me dijeron que mi parto fue muy normal. Vino una comadrona a casa. No debió haber mucho jaleo en el pueblo, pero sí recordaban que pasaban camiones con militares. Muchos iban hacia Zamora y otros para La Cabrera”, recuerda la vizcaina.

La familia, con padre albañil, vivía en la casa anexa a la cural. El abuelo de Virginia tenía “mucho capital” y su abuela era también de familia pudiente. “Ellos construyeron a sus siete hijos otras tantas casas, una para cada uno de los seis chicos y otra para la única chica, todos seguidos en la calle llamada de El Caño”, evoca.

Con su llegada y la de la guerra, el padre fue al frente como miliciano del bando demócrático, del republicano. Marcos Carracedo fue un hombre tranquilo y callado. “No le gustaba hablar de la guerra a pesar de queFel volvió con un boquete en un antebrazo y con una pierna destrozada por un disparo”, explica Virginia. Su hija Idoia, a su lado, asiente: “Le podías meter la mano en el agujero del antebrazo”. La familia desconoce qué siglas representó su padre en el frente. “Creemos que todos los hermanos eran socialistas, salvo uno, el más chulo, que era falangista. Años más tarde, mi padre y el falangista no tenían roce”, dice Virginia. “Mi abuelo siempre vivió disgustado por ello”, agrega Idoia.

Uno de los primeros recuerdos, quizás el más emotivo que recuerda Virginia de su padre, es de cuando tenía tan solo tres años. “Sí, sí. Lo recuerdo perfectamente. Tenía tres años, había acabado la guerra, y me llevaron a visitar a mi padre. Iba vestida con un abriguito blanco de piel”, subraya una mujer que en su familia suma casualidades históricas, algunas que prefiere obviar en este reportaje. Una de ellas, sencilla, es que el hospital se llamaba San Marcos, “como mi padre. Recuerdo perfectamente, como si lo estuviera viendo ahora, que entré en su habitación y al verle todo vendado y con escayolas me asusté. Mi madre me dijo, ven con papá, pero yo no quería y me retiraba. Cogí confianza y fui y lo besé, no dejaba de tocarle las escayolas y vendajes. Luego me iba con las enfermeras que me daban caramelos”, amplifica quien al evocar a su padre se emociona.

escondido en el desvánEn aquellos días, su familia salvó la vida de al menos una persona. “Los franquistas vinieron un día a por el sobrino del cura, que vivía pegado a nosotros, y escondimos al joven en el desván. Iban dispuestos a fusilarlo. Es que, aunque la guerra había acabado, ellos seguían fusilando. Recuerdos nombres y apellidos que prefiero no nombrar. Solíamos ir a la plaza a comentarlo. ¡Era muy fuerte! ¡Cuánto llorábamos cuando venían con sus camiones con el brazo en alto porque sabíamos que iba a haber muerte! ¡Qué miedo pasábamos!”, detalla afligida y rememora que los franquistas solían acampar y en el fuego cocinaban “los gatos que nos quitaban en el pueblo. Por cierto, no con ellos, ni lo quisiera, pero yo también he probado la carne de gato y es más parecida en sabor a la de la liebre que a la del conejo”.

Con 17 años siguió el camino de su padre y Virginia fue a vivir a Eibar, ciudad armera en la que trabajó haciendo muelles en Hijos de Valenciaga S.A., firma extinguida. Conoció a Feliciano Luis Ayllón, natural del pueblo cántabro de Cabárceno, y contrajeron nupcias en San Andrés en 1958. “Mi marido, que falleció el pasado 7 de enero, era amigo íntimo de Alberto Ormaetxea, jugador de la Real Sociedad. Guardó la entrada del último partido que jugó siempre en su cartera. Y mira lo que son las cosas, luego ha tenido demencia senil y decía que le gustaba el Athletic, cuando siempre lo había detestado”, relata. “Por cierto, hizo un taller con el Athletic, y cuando falleció el club nos invitó a nosotras a San Mamés, todo un detalle”, agradece su hija.

El próximo año, Virginia cumplirá medio siglo de su asentamiento en Abadiño, en el barrio Traña-Matiena. Desde allí, tiene un mensaje para la juventud: “Que se lleven lo mejor posible. Que no haya más guerras. Que lo que vivimos nosotros no se repita, que la guerra es lo último de lo último. Haya paz”.

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