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Trepar o correr

Por Juan Ignacio Pérez - Domingo, 16 de Julio de 2017 - Actualizado a las 06:09h

Juan Ignacio Pérez

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Los chimpancés tienen fama de forzudos y, dependiendo de cómo se mire, es una fama merecida. Un kilogramo de músculos de chimpancé desarrolla más fuerza que la misma masa muscular de un ser humano. Ahora bien, nosotros somos de mayor tamaño que ellos, y eso compensa la diferencia. En otras palabras, aunque siempre se ha pensado que un chimpancé puede destrozar a un hombre en una pelea, la realidad no es tan dramática.

Es cierto, no obstante, que los músculos de nuestros primos son más fuertes que los nuestros, un 50% más por unidad de masa. Una pequeña parte de esa diferencia -la correspondiente a un 15%- parece obedecer a factores de carácter anatómico, pero la mayor parte -el 35%- se debe al tipo de fibras musculares de una y otra especie. Simplificando algo las cosas, se puede decir que hay dos tipos de fibras, unas son de contracción rápida y otras de contracción lenta. Y resulta que dos terceras partes de las fibras de los chimpancés son de contracción rápida y, por ello, desarrollan más fuerza. Pero en humanos, en general, las proporciones no son tan diferentes;por esa razón, al tener más fibras lentas, nuestros músculos desarrollan menos fuerza.

Aunque siempre se ha pensado que un chimpacé puede destrozar a una persona, la realidad no es tan dramática

La mayor fuerza de los chimpancés tiene una clara contrapartida: sus fibras musculares se fatigan antes. Volviendo a simplificar algo las cosas, se puede afirmar que las fibras de contracción rápida se fatigan con facilidad y las de contracción lenta son muy resistentes a la fatiga. Y lo normal, como suele ocurrir en estos casos, es que esas diferencias tengan relación con el modo de vida o con la práctica de alguna actividad física: los corredores de largas distancias suelen tener mucha mayor proporción de fibras de contracción lenta y resistentes, mientras que los velocistas tienen más fibras rápidas y fatigables.

Por otra parte, si tenemos en cuenta el modo de vida de los chimpancés, entenderemos fácilmente que sus músculos, con abundantes fibras rápidas, son muy adecuados para trepar a los árboles, balancearse y saltar de rama en rama. Que esos músculos se fatiguen con facilidad no constituye una limitación de importancia, porque sus saltos, balanceos y movimientos, en general, no se suelen prolongar durante largo tiempo.

Humanos y chimpancés tuvimos un antepasado común que vivió hace entre siete y ocho millones de años. Su modo de vida era mayoritariamente arbóreo, por lo que es de suponer que su musculatura era similar a la de los chimpancés actuales. Los seres humanos, sin embargo, adoptamos un modo de vida diferente, caracterizado principalmente por la bipedestación. Somos homínidos andarines y se nos da muy bien correr largas distancias, sobre todo bajo las altas temperaturas que han predominado en las horas centrales del día en las sabanas de África durante los tres o cuatro últimos millones de años. Fue precisamente, esa capacidad la que nos proporcionó una ventaja decisiva con respecto a otros animales y la que nos permitió desarrollar la caza de persistencia. Pero esa capacidad dependía críticamente de dos rasgos fisiológicos claves: Uno es la posibilidad de dispar calor mediante la evaporación del sudor, y eso explica que perdiésemos el pelaje al colonizar la sabana, porque el sudor que se evapora en el pelaje apenas enfría la piel. Y el otro es la resistencia a la fatiga;por eso en nuestros músculos hay una proporción mayor de fibras lentas y resistentes que en los chimpancés. Al fin y al cabo, ellos pertenecen a un linaje cuyos miembros trepan y saltan de rama en rama, pero los del nuestro tuvieron que andar y correr sin descanso durante horas.

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