El sacacorchos

El peligro de las malas hierbas

Por Jon. Mujika - Sábado, 15 de Julio de 2017 - Actualizado a las 06:09h

RECUERDO haberle oído a Kurt Cobain una sentencia que me impactó: “Yo he dicho no a las drogas, pero ellas no me escuchan”. Solo quien ha vivido tanto tiempo al filo de esa tremenda navaja es capaz de expresarlo con tanta clarividencia. Ese es el peligro de las malas hierbas. No hay que olvidar que las ciudades construidas por el hombre -y Bilbao es una de ellas...- no son parte integrante de la naturaleza. Si uno quiere defender su cultura de las alimañas, de las tormentas o de las malas hierbas no puede permitirse soltar el fusil, la pala de nieve o el cubo de recoger o la tijera de poda. Basta con quedarse mirando las musarañas para que todo se vaya a pique: las bestias saldrán de los bosques, florecen las malas hierbas que todo lo invaden o ese mismo todo quedara sumergido bajo las aguas o sepultado bajo la nieve y el polvo.

¿Qué hacer entonces...? Queda claro que uno ha de mantenerse ojo avizor, expectante y con espíritu de vigía. Es lo que han venido a decirnos desde el Área de Salud y Consumo y Gizakia con ese acuerdo firmado para ayudar a la persona adicta y su entorno. Quienes han vivido junto a una persona toxicómana saben bien que lo mismo puede ser una fiera según qué días y qué dosis, una tempestad de arrebatos o un cardo borriquero que destroza el paisaje de la vida. De que cada persona rescatada del cuarto oscuro de la vida es un beneficio hecho para la humanidad;de ahí que cuando rescatas a uno equivalga a rescatar a todos de sus garras.

Bienvenido sea ese intento de unir fuerzas en la batalla pero entre la niebla que empaña ese turbio mundo de los estupefacientes no se pueden emboscar algunas preguntas perdidas. Oigámoslas, por ejemplo, de la mano de Eduardo Galeano, uno de los hombres más rebeldes que he conocido contra los opios del pueblo que en la historia han sido. ¿Por qué se condena al drogadicto y no al modo de vida que multiplica la ansiedad, la angustia, la soledad y el miedo, ni a la cultura de consumo que induce al consuelo químico?, se preguntó. ¿Por qué las drogas de mayor consumo son , hoy por hoy, las drogas de la productividad? ¿Las que enmascaran el cansancio y el miedo, las que mienten omnipotencia, las que ayudan a rendir más y a ganar más? ¿No se puede leer, en eso, un signo de los tiempos? ¿Será por pura casualidad que hoy parecen cosa de la prehistoria las alucinaciones improductivas del ácido lisérgico, que fue la droga de los años sesenta? Preguntas que asustan y ponen los pelos como escarpias.

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