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El revisionismo al servicio del populismo

Por Josu Montalbán - Miércoles, 12 de Julio de 2017 - Actualizado a las 06:10h

Columnista Josu Montalban

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Columnista Josu Montalban

EL debate político pasa por malos momentos porque ha perdido profundidad y dignidad. Hay una razón fundamental por la que esto ha ocurrido. Estrechamente concatenados el declive de los partidos políticos más antiguos con el afloramiento de las nuevas formaciones políticas, han facilitado que se nieguen las evidencias, que se minusvaloren los esfuerzos hechos y se desprecie por falsa una evolución que durante cuarenta años ha cultivado alabanzas en casi todos los ámbitos.

Lo cierto es que un revisionismo ramplón y mal intencionado se ha puesto del lado de los partidos de nuevo cuño para desacreditar la Transición, con lo cual han convertido a los protagonistas de aquella, fueran de derechas, de izquierdas o del centro político, en meras marionetas cuyos hilos obedecieron a la dictadura y a los herederos del dictador fallecido. Es tal la cicatería de quienes usan dicho revisionismo que omiten las estrecheces y adversas condiciones en que vivieron buena parte de los protagonistas de la Transición durante el franquismo, que tuvieron que ocultarse bajo pelucas ridículas, admitir documentos de identidad falsos o vagar por lugares españoles evitando ser descubiertos, como si se tratara de desconocidos, a pesar de que estuvieran ayudando a otros perseguidos por el régimen franquista, como ellos.

Este comportamiento es indigno de las personas (“gentes”) decentes. Ni siquiera el hecho de que alcanzaran el uso de razón después de la muerte del dictador Franco constituye una razón suficiente para admitir las insensateces inherentes al revisionismo actual. Quienes no vivieron el franquismo con pantalones largos ni medias de espuma, deberían ser discretos cuando relatan lo que ocurrió. Aún no está escrita la historia referente a aquellos años negros del franquismo, al menos no lo está la historia que escriben los historiadores, que suele ser más rigurosa que la que ofrecen los cronistas y los cuentacuentos. Es muy respetable el trabajo de los cronistas, pero no lo es tanto el de los cuentacuentos, que componen los pasajes siempre al servicio de sus caprichos.

En los últimos días, la periodista Elisa Beni ha escrito un artículo cuyo título es suficiente para valorar sus intenciones: Transición sangrienta. Se trata del artículo de una autora tan mal intencionada como tendenciosa y miedosa, que son las características más evidentes de la falta de rigor. Elisa Beni, que alardea de haber sido la directora más joven de un diario español y de ser “una voz que cree en lo que dice”, publica en el artículo aludido que “la Transición no fue un periodo de concordia”, para luego atenuar su negativa con un “o no lo fue solo”. ¿Lo fue o no lo fue? ¿Fue de mucha concordia o lo fue de algo menos concordia? Resulta descorazonador el comportamiento de quienes no aportan ni un solo razonamiento de peso en el que sustentar sus afirmaciones.

En su artículo afirma, con tanto atrevimiento como miseria moral, que la Transición fue un tiempo en que hubo “violencia extrema”, “en el que no solamente ETA regó de sangre las calles”. ¿Acaso justifica las acciones de ETA? Le recordaré que cuando ETA inició su andadura, mientras el franquismo estaba en plena vigencia, ETA intentó contar con el beneplácito del PNV, que era una formación conservadora y católica cuyos dirigentes vivían en el exilio como otros dirigentes y políticos de partidos de izquierdas perseguidos por el franquismo. Pues bien, ETA sufrió el rechazo contundente del PNV que afirmó “que la organización conocida como ETA ni es núcleo activista, ni sección terrorista de nuestro partido, ni tiene con este ningún lazo de disciplina”. Pues bien, Elisa Beni, con su silencio respecto a los asesinatos de ETA tras la muerte de Franco, da la impresión de que intenta hacer tabla rasa, y lo hace solo para justificar una afirmación gratuita: que entre los años 1976 y 1983 la “sangrienta” Transición en ciernes se cargó a 188 españoles. Luego, cuando pretende ilustrar dicha afirmación nombra solo ocho personas muertas, si bien en condiciones o situaciones que no tienen mucho que ver con el régimen pasado, que ya estaba siendo finiquitado.

Lo cierto es que asistimos a un revisionismo absurdo protagonizado por quienes, no habiendo podido luchar directamente contra el franquismo por su edad aún escasa se erigen en héroes a tiempo pasado. Es bien cierto que algunos calificativos dedicados a la Transición, como “ejemplar” o “modélica” suenan a excesivos, pero el descrédito al que quieren condenarla los que son hijos de ella, suena más a llanto de huérfanos interesados que a voz de personas sensatas y sensibles. No voy a enumerar todos los perseguidos por el franquismo que hicieron posible esta Transición, pero entre ellos los había mucho más comprometidos social y humanamente que los líderes de la fatua nueva política que les echa en cara la flojedad. Lo cierto es que la democracia ha sido posible y que la sangre derramada en la Transición ha obedecido principalmente a grupos terroristas (ETA, GAL, Batallón Vasco Español…), y unos pocos a actuaciones excesivas achacables a fuerzas policiales (Estado), durante el tiempo en que aún estaban vigentes los restos del ya viejísimo régimen franquista.

Se optó por la Transición en lugar de la revolución. Fue, pasado el tiempo, una buena elección. La única y la mejor posible entre las pacíficas. Ha dicho un líder de Podemos, Domenech, en otro alarde de insensatez, que ha habido transiciones que han provocado más muertes que algunas revoluciones. Y puso de ejemplo de tal tipo de revolución la Revolución de los Claveles de Portugal que, al parecer, solo produjo dos (según Domenech). Lo que no dice es que no fue realmente una revolución armada al uso, que no hubo conflicto bélico, ni que fue más un movimiento de agitación democrático y cultural (a pesar de obedecer a un levantamiento militar) frente a una dictadura que daba sus últimas bocanadas. ¿Conoce el señor Domenech alguna otra revolución como aquella?

De modo que esta forma de revisionismo a la que asistimos oculta intenciones absurdas y obedece a un oportunismo que solo es propio de populismos farsantes. En el caso de Elisa Beni, la condecoración concedida a Martín Villa con motivo del cuadragésimo aniversario de la constitución del primer Parlamento de nuestra democracia, ha disparado su locuacidad y su verborrea. Puedo compartir con ella que Martín Villa no es la persona idónea para ser condecorada en esa fecha, pero de ahí a quemar toda la casa para aprehender al ladrón que se oculta en ella va un abismo… Un abismo tan oscuro y profundo como el que los populistas actuales -adscritos sobre todo a la mal llamada “nueva política” y algunos de la “vieja política” acomplejados por los vocingleros de la “nueva”- quieren abrir en el lenguaje político para subrayar sus osadías.

Sin embargo, lo valiente y osado fue resistir al franquismo y derrotarle, ¡sí, derrotarle!, construyendo la democracia con la Transición que fue posible y que, pasado el tiempo, merece más elogios que críticas. A mí siempre me dio reparos la revolución. A Elisa Beni y a Domenech también, del mismo modo que todos sentimos ciertas dosis de miedo. A ellos dos, que llegaron al humo de las velas, debería avergonzarles convocar a una revolución que, como bien saben, ya no tiene sentido. Cada uno se redime como puede. Ellos, y otros revisionistas como ellos, lo intentan hacer jugando con los soldaditos de plomo que exhiben en sus lujosas estanterías.

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