Tribuna abierta

Un futuro compartido

Por Joseba Iñaki Sobrino - Lunes, 10 de Julio de 2017 - Actualizado a las 06:09h

NO ha mucho que Javier Elzo reclamaba para nuestro país, (DEIA, 3 de junio de 2017) un “proyecto de futuro compartido por quienes ya viviendo entre nosotros tengan sensibilidades distintas”, proyecto que debería estar inspirado por los principios de apertura y pluralidad. Pensamientos similares han trasladado también a estas páginas otros varios autores de los que merecen reconocida admiración por su aportación intelectual pasada, presente y esperemos que futura a la sociedad vasca.

Se trata de un debate universal en gran medida, (con todas las especificidades que se quiera respecto de nuestra particular coyuntura) y al que toda la ciudadanía está llamada como responsable de las decisiones democráticas (en nuestro caso particular de forma limitada, como corresponde a la dimensión concreta del derecho a decidir que tenemos legalmente reconocido hasta el momento). Permitirán por ello la osadía de intervenir en él aportando algunas reflexiones personales.

Lo primero que interesaría resaltar es que el futuro compartido lo tenemos garantizado. Nos guste más o nos guste menos, estamos irreversiblemente condenados a compartir nuestro futuro con otros. No solo con quienes vamos a compartir el territorio vasco en términos físicos, sino con otros muchos cuyas decisiones, ideas y aficiones, sin ir más lejos, van a influir de forma relevante en nuestras vidas. Ahora, globalización mediante, va a ser realidad, más que nunca en la historia, que nada humano nos es ajeno.

La cuestión no es que vayamos o no a tener un futuro compartido sino qué es lo que vamos a compartir;con los que vivan a nuestro lado y con aquellos de quienes nos separe una mayor distancia física, (cada día menos relevante) pero a quienes nos una un, en algún sentido, análogo modo de vivir.

Compartir... la diversidadSoy consciente de que esto no lo niega en gran medida (casi) nadie, pero es una premisa muy a tener en cuenta a la hora de hablar de “un” proyecto compartido. Ningún proyecto va a aglutinar en su totalidad las muy (y cada día más) diversas formas de ser y de vivir que vamos a tener quienes compartamos este territorio. O cualquier otro. Es más, “un” proyecto de perfiles mínimamente detallados sería probablemente incompatible con esa pluralidad que reivindicamos e incapaz de dar respuesta al cada vez mayor dinamismo social.

Hay tantas sensibilidades como personas. De hecho, la dimensión sensible diferenciada es una de las que nos constituyen como tales.

Todas son diversas en sustancia o grado, hay infinidad de formas de sentirse vasco, español o hincha del Athletic. Ningún proyecto podrá nunca integrarlas todas. Ningún proyecto es capaz de reducir la pluralidad a la unidad.

Naturalmente, muchas personas manifestamos sensibilidades semejantes en muchos terrenos. Es lo que nos permite vivir en sociedad. Pero apelar a proyectos únicos que integren estas sensibilidades distintas nos sitúa ante varias opciones previas decisivas.

La regla procedimental primera de la que el pronunciamiento democrático depende es la de precisar cuál es el ámbito humano y territorial en que debe desarrollarse. Quiénes somos los llamados a compartir

Hay otra manera de situarse ante la plu

Una primera es la de los ámbitos que pretendemos que albergue el proyecto. Resulta curioso el énfasis que se pone en ocasiones (y este no es un reproche a nadie en particular) en reclamar proyectos políticos que integren en Euskadi sensibilidades “nacionales” diversas y lo poco que se reclaman proyectos análogos, por poner ejemplos, de integración de sensibilidades “laborales” distintas o esfuerzos ecuménicos de integración cristiana (por no referirnos a religiones distintas).

mayorias, minorías y vetosOtra muy relevante es la de si todas las sensibilidades a integrar deben serlo en igualdad de condiciones, por muy diferente que sea su peso social o si, como proclama el ideal democrático lo mayoritario goza de alguna preferencia sobre lo minoritario, dentro siempre del respeto a los derechos humanos internacionalmente reconocidos. Dicho de otro modo, si se concede a determinadas sensibilidades, por razones desconocidas, peso mayor del que socialmente les corresponde y trato privilegiado, por tanto, con respecto al que se concede a otras. En último extremo, incluso si alguien solo por pensar como piense puede tener derecho de veto sobre lo que desee la mayoría o derecho de expedir certificados de pluralismo.

Finalmente, también tocará determinar cuál es el contenido del proyecto que nos permite darnos por satisfechos y la actitud a mantener con respecto a quienes no se sintiesen reflejados en el mismo. Es este, sin embargo, un reto para quienes lo crean no ya necesario sino posible incluso.

Hay otra manera de situarse ante la pluralidad. No la de tratar de reducirla o encorsetarla a un proyecto, sino la de permitirla expresarse en toda su dimensión ampliando la libertad en todos sus órdenes. La de comprometer, desde la creencia de que en el respeto de la de todos está la garantía de la de cada uno, el respaldo a unas reglas procedimentales que constituyen el verdadero marco que tanto libertad como pluralidad necesitan para expresarse con respeto, equidad y justicia, traducción moderna de la tria iuris precepta romana, que no tampoco inventamos nada nuevo.

El ámbito en nuestro casoCualquier proyecto de futuro que se pretenda compartido en la sociedad vasca entre sensibilidades nacionales distintas tropieza sin embargo con un obstáculo previo que ha devenido insuperable hasta ahora, el reconocimiento de “lo vasco” como el ámbito específico de su desarrollo. No podrá haber proyecto compartido para la sociedad vasca si tiene a otra distinta por destinataria.

La regla procedimental primera de la que depende el pronunciamiento democrático es la precisión de cuál es el ámbito humano y territorial en que deberá desarrollarse. Quiénes somos los llamados a compartir (y quiénes no).

De lograrse un acuerdo sobre la cuestión que fuese respetado por los sensiblemente distintos, se habría dado un paso muy relevante para compartir en el futuro no ya solo querellas y discusiones sino la responsabilidad de las decisiones. Un “patriotismo constitucional” (vasco) a lo Habermas. Convendría que quienes anhelan tanto “un” proyecto compartido fuesen conscientes de que este, el del reconocimiento de la libertad plena para adherirse a él, es el a priori ineludible que lo condiciona. Sin él no será nunca plural ni libre. Y en las actuales condiciones de la sociedad vasca, nunca será proyecto compartido en los términos en que se pretende.

En la sociedad vasca no es posible hoy por hoy un proyecto de futuro compartido que integre sensibilidades nacionales distintas si no se entiende el mismo como simple expresión de unas reglas procedimentales mínimas que la mayoría creemos preciso respetar.

Asumir siempre la voluntad popular y no como mero principio teórico, no imponer desde la minoría, no excluir desde la mayoría y entender el pluralismo no como un problema sino como una oportunidad. A esto, hasta un independentista convencido como yo se apunta.

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