tour de francia 2017

Calmejane estalla, Froome templa

El joven francés exhibe su descaro en Les Rousses, donde el poderoso Sky controla al resto de favoritos en una etapa durísima en la antesala de una de las jornadas clave de la carrera

César Ortuzar - Domingo, 9 de Julio de 2017 - Actualizado a las 06:10h

Lilian Calmejane después de alcanzar la meta completamente exhausto.

Lilian Calmejane después de alcanzar la meta completamente exhausto. (AFP)

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Lilian Calmejane después de alcanzar la meta completamente exhausto.

bilbao- Lilian Calmejane es un verso suelto al ataque cuando se afila en Montée de la Combe de Laisia Les Molunes y pone ojos de loco. En blanco. Éxtasis hacia Des Rousses. La ambición empuja al francés. La clase le sostiene. Ni los calambres fueron capaces de tumbarle. Resistió. Camina o revienta. Calmejane apostó a ciegas, viendo las estrellas por el dolor. Venció en medio de la exaltación de la fatiga. Con el instinto de los aventureros levantó a un país, a Francia, al que no le sobran héroes. El oleaje de su celebración fue la espuma de una exhibición magnífica que reclamó desde el suelo cuando se tiró de la bicicleta, desplomado por el esfuerzo. Feliz en la agonía. Puerta grande o enfermería pensó el francés, que derrotó a todos en una jornada doliente en la que Froome controló a sus rivales con el mando a distancia de un equipo formidable, inabarcable, poderoso de punta a punta. Un potro de tortura. “Mis compañeros han estado fantásticos, han controlado la carrera en todo momento”, se felicitó el líder, que tachó otro día a la espera de la etapa reina de hoy. “¡Qué paliza!”, decía Landa al aire hirviendo del Jura.

Fue tal la tunda que nadie discutió al líder en una jornada calurosa, 30 grados, y con mucha lija. Nació la etapa alada y murió con la lengua fuera, con una media de 42 kilómetros por hora entre carreteras que no dieron resuello. Una barbaridad. “Ha sido un día muy exigente, de mucha vigilancia y demasiado estrés. Hemos rodado muy rápido todo el día y eso pasara factura mañana (por hoy)”, certificó Contador. “Un día de ciclismo de guerra”, concretó Kwiatkowski, uno de los bregadores del Sky. Calmejane se doctoró en ese día colosal. Pudo con todo. También con los calambres, que le electrocutaron el organismo y las esperanzas a cinco kilómetros de meta. Una descarga virulenta, inesperada. Tormenta eléctrica recorriendo sus piernas, que se quedaron duras como estacas por la deshidratación, con el dolor subiéndole desde los gemelos, pasando por los cuádriceps y marcándole el rostro, que se le arrugó entre aullidos. La cara era un mapa de sufrimiento. Calmejane no se abandonó. Ser ciclista es doloroso.

Calmejane es joven, apenas tiene 24 años, y por eso no recuerda los tiempos en que los ciclistas apagaban los pellizcos de los calambres con una purga de sangre. Antaño, los corredores arrancaban un imperdible del dorsal y se pinchaban las piernas hasta que la corriente huía del cuerpo a través de la sangre. Era un goteo de alivio. Calmejane soportó el guantazo de la fatiga estirando las piernas, dos patas de palo, y convenció a su cabeza para que el dolor no le tumbase tan cerca de su mejor victoria. La otra la registró en la Vuelta a España del pasado año. El último francés en conseguir semejante registro con menos de 25 años fue Laurent Jalabert. Calmejane es la bandera del futuro francés, un estandarte de valentía.

El presente pertenece a Froome y al Sky, nuevamente exquisito su manejo de una jornada alocada, de calibre grueso, con zafarrancho y trinchera desde el arranque. El recordatorio de la derrota en la Vuelta, cuando el Sky saltó por las aire ante la falta de atención entre Sabiñánigo y Formigal, está tatuado en la memoria del británico. Aquel día, Froome, furioso, dijo que estaba de acuerdo en retirar a sus compañeros que alcanzaron la meta fuera de control después del grosero desliz. Aquello sucedió en la Vuelta, donde el Sky se permite ciertas licencias. En el Tour, no. Es su territorio y ante una etapa centelleante, un relámpago, el equipo británico ofreció el perfil de galán que luce en Francia. Domó una jornada encabritada, que salió dando coces. El barullo y el tráfico de dorsales era formidable, ensillado el Tour sobre una montaña rusa. Los frentes se abrían y se cerraban a cada pestañeo. El Sky rastreó cada movimiento y calculó cada embestida. Metió a sus zapadores en los grupos que se formaban para gestionar el tablero.

sky, de principio a finEn el grupo más fornido situó a Landa, Henao y Knees. Froome no quería sobresaltos, menos a semejante velocidad, que reducía el margen de maniobra. Calmejane y Gesink, que pelearon por el triunfo, Van Avermaet, Roche, Barguil, Pauwels, Bakelants , Clarke y Valgren, entre otros, formaron el pequeño pelotón que viajaba en el primer vagón. Castroviejo y Amador, del Movistar, también pertenecían a la avanzadilla. La carrera se fijó en esos dos planos. Al fin serenada, lejos del frenopático de las dos primeras horas. Démare, el líder de la regularidad, salvó el gaznate después de penar todo el día. Esa fue su victoria.

El festejo del Sky, su signo de victoria, fue que nada ocurriese. El acorazado británico dispuso la marcha y la banda sonora. La Cabalgata de la Valkirias retumbando en el Jura. En ese tiempo, el mayor riesgo para Froome fue una colada en una curva que le hizo trazar por la hierba. Landa y Henao volvieron al redil para pastorear la ascensión de Montée de la Combe de Laisia junto a Nieve y Thomas. Kwiatkowski había puesto el pegamento en la aproximación. Camino de la cumbre despegó Calmejane, repleto de entusiasmo, con el pedal alegre. Gesink trató de seguirle a cabezazos. Apergaminado, deshabitado, pero irreductible. Para entonces el resto se había apartado. Calmejane escalaba ligero, sin necesidad de piolet. Gesink era un suplicio.

Por detrás, Sergio Henao apaciguó cualquier motín. A Montée de la Combe de Laisia nadie llegó con sobrantes. El tren del Sky, que había triturado a tantos, no se desvió de su partitura. Alrededor del trono de Froome se apostaron Aru, Quintana, Contador, Porte y Bardet, pero ninguno tuvo la ocurrencia ni el motor para incendiar la ascensión. No había fuerzas ni para chocar dos piedras y sacarle chispas a la montaña. La cumbre era para Calmejane, perseguido por el empeño del veterano Gesink, que apretó todo lo que pudo. Al límite. El enemigo de Calmejane, que sacaba la lengua en homenaje a Voeckler, su histriónico compañero, fueron los calambres, que a punto estuvieron de secarle. Se pellizcó a tiempo para agitar el triunfo en Les Rousses. Lo hizo sobre la bicicleta. Luego se tiró al suelo. Había estallado mientras Froome templaba.

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