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Los versos de León Felipe desde la botica

Balmaseda se acerca a la vida del poeta y farmacéutico en la villa de la mano de su sobrino nieto, Fernando Schwartz

Un reportaje de Elixane Castresana - Domingo, 9 de Julio de 2017 - Actualizado a las 06:10h

La plaza en honor a León Felipe.

La plaza en honor a León Felipe.

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La plaza en honor a León Felipe.León Felipe fotografiado en la Gran Vía de Madrid.

ESTE es un adusto y gris pueblo vizcaino / donde eternamente cae el agua a manta / un pueblo firme que sus muros levanta / sobre el opulento río cristalino. Las horas que mueren aquí de continuo, el cielo las llora y el río las canta / y el reloj las cuenta con su lengua santa / que vibra en la torre de San Severino. Y el agua que llueve y el agua que corre / al compás del tiempo que mide la torre / renueva perenne viejo Valmaseda / bajo tus neblinas y entre tus peñascos / la prístina efigie del hombre que aún queda / de la austera estirpe de los rudos vascos”.

Sus dos años en Balmaseda calaron hondo en el poeta León Felipe, que escribió este soneto a la villa que él conoció entre 1916 y 1918. Un siglo después, la localidad le devuelve el homenaje al bautizar con su nombre la plazuela situada junto al puente del Millonario y colocar una placa en la fachada donde antaño se encontraba la farmacia que regentó, en el actual número 13 de la calle Pío Bermejillo, uno de los grandes nombres de la literatura del siglo XX. Es el primero de los actos que seguirán en los próximos meses.

Nacido en Tábara, cerca de Zamora, en 1884, Felipe Camino Galicia de la Rosa -su verdadero nombre- cursó Farmacia. “Mi abuela contaba que su padre, que era notario, le dijo que estudiara una carrera y él eligió la más corta y fácil”, explicó el escritor y diplomático Fernando Schwartz, en la conferencia que pronunció en el Klaret Antzokia sobre su tío abuelo. “Lo primero que me dijeron de él fue que había sido boticario en una villa de Bizkaia y que en poco más de dos años consiguió arruinarla”, recordó. Y eso que León Felipe esperaba reconducir su vida en Balmaseda, donde vivía su hermana. Para entonces ya había cumplido pena de cárcel en Santander por temas monetarios. Parece ser que en Balmaseda también dio que hablar, además, por su relación con una joven peruana descendiente de balmasedanos que veraneaba en el pueblo de sus familiares. Estaba “en un tránsito constante que le llevó a muchos sitios: Guinea Ecuatorial, Estados Unidos y México”. En 1938, en plena Guerra Civil, “entendió que ya no había nada que hacer y abandonó España para siempre con su mujer y el escritor mexicano Octavio Paz”.

Fernando Schwartz tomó conciencia de la importancia del hermano de su abuela cuando “en la universidad oía hablar de él, en la biblioteca de su casa “descubrí su libro Versos del caminante con tachones negros, censurados” y finalmente, a los 18 años se decidió a escribirle una carta “sin saber que mi hermano había hecho lo mismo con poco tiempo de diferencia;así entablamos una relación epistolar”.

En una de las cartas que intercambiaron, León Felipe le aconsejaba “trabajar muy firmemente si quería dedicarme a escribir”. Lo que no podía sospechar es que su discípulo le tomaría la palabra inspirándose en sus propias vivencias con la hermana de la madre de Fernando Schwartz, “que marchó a México huyendo de los rigores moralistas de la dictadura, y a la que León Felipe acogió como a una hija” para El desencuentro: la historia de una mujer casada a los 17 años con un conquistador que tiene una hija durante la Guerra Civil, justo cuando su marido la abandona. Su estancia de tres años en México, lejos de las convenciones que oprimían a las mujeres bajo el franquismo, marcará su vida para siempre. Esta novela ganó el premio Planeta en 1996.

Hacia el final de sus días, León Felipe “pensaba que Dios lo había abandonado por no escribir bien o por no encontrar su camino”. Además, la muerte de su esposa, Berta Gamboa, le afectó profundamente. “Se convirtió en el poeta del desgarro y del odio”, también contra el régimen de Franco. Sobre el supuesto idilio con una joven Sara Montiel que entonces probaba suerte en América, el descendiente de León Felipe cree que fue solo un rumor. Más fundada sería la admiración que le tenía el Che Guevara. “En alguna biografía se dice que llevaba El ciervo como libro de cabecera”, afirmó Toño Clemente, de la asociación cultural balmasedana de los años noventa, que llamaron como el poeta para “programar conferencias, exposiciones o conciertos”. Con la plaza en honor a León Felipe cumplen, al fin, una de sus reivindicaciones además de “mirar al pasado para conocer nuestras raíces y avanzar hacia el futuro”, según expresó el concejal de Cultura, Txetxu Txarramendieta.

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