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El monstruo seguía allí

Por José Félix Azurmendi - Viernes, 7 de Julio de 2017 - Actualizado a las 06:09h

Columnista Jose Felix Azurmendi

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Columnista Jose Felix Azurmendi

SUBE Rafa a casa de Jorge en Zarahutsy lo encuentra, entre relojes de carillones que suenan desacompasados, mirando a los pájaros e imitando su vuelo. Deprimido. Abatido. Mustio. Ha recibido un fax del gabinete de prensa del Ministerio de Justicia del ministro bifronte. Lo envía el dirigente histórico de ETA que le encargó la portada de aquel Zutik de la espiral mutante. Otoñea 1993. Dice quererle el asesor del ministro, dolerse con él y su infierno. Sentirle como el apóstol trece que intuyó cuarenta años antes. Asegura entender lo que dice, comprenderle y que le hubiera ayudado a colocar personalmente el par móvil en el lugar donde cayó Txabi Etxebarrieta, que es para lo que Jorge le ha pedido ayuda, pero que eso no será posible “mientras el monstruo que entonces engendramos siga matando seres humanos”. Rafa lee tras los abrazos sinceros de la despedida que Jorge ha escrito en caligrafía anciana y cansada: “Nosotros no engendramos ese monstruo”.

Fueron unos cuantos los dirigentes de ETA que participaron en la decisión de ejecutar a Melitón Manzanas y darle vuelo a la espiral revolucionaria teorizada por K. de Zunbeltz los que se dolieron luego de haber contribuido a crear el monstruo, pero el monstruo, como el dinosaurio de Monterroso, para Jorge Oteiza y para quien no hubiera renunciado a recordar, nunca se había ido, seguía allí, saciado, ahíto, haciéndose el dormido, cuando ellos iniciaron el vuelo. Mario Onaindia, contradictorio pero auténtico, fue uno de los que lamentó haber participado en esa creación, mientras afirmaba en ese mismo tiempo y en declaraciones a Diario 16que quizá lo mejor que se podía decir de Oteiza es que, cuando más dormida estaba la conciencia democrática y nacional en Euskadi por el desarrollo económico de los años 60 y la represión política, fue “el que despertó a la juventud vasca para un compromiso decisivo”.

Ernest Lluch fue uno de los que más empeño puso en demostrar que nunca había habido una ETA buena, ni contra Franco, ni cuando mató al torturador ni cuando voló a Carrero. Y para dar fuerza a su afán se convenció y quiso convencer de que ETA se había estrenado con el pecado original de haber dado muerte a una niña de 2 años en 1960. Contra toda lógica, nunca creyó oportuno contrastarlo con los exdirigentes etarras que tenía ya en su partido y que se lo hubieran podido aclarar.

Barbara Probst Solomon, una muy laureada escritora neoyorquina de biografía apasionante, manifestó en Vuelos cortos (Anagrama, 1983) su extrañeza por la admiración y el afecto con que mujeres de dirigentes comunistas presos, contradiciendo la animadversión de los comunistas por los movimientos de izquierda radical, hablaban de “nuestros pobres chicos de la ETA”. Reflejó su sorpresa por que le dijeran que “la ETA es diferente, estamos unidos…, contra el mismo objetivo: contra Franco”. Hizo notar también su escepticismo por este pacto “con la ETA” para el que no encontraba otra explicación que las dificultades que los comunistas tenían para ampliar sus bases en las provincias vascas y en que la resistencia vasca fue siempre más eficaz, antes y después del nacimiento de ETA. Barbara Probst, que vivió muy de cerca la Transición española, se asombrará, muerto Franco ya, de que la oposición no se dé cuenta de cuál iba a ser en el futuro su problema más espinoso: el movimiento separatista vasco. “No se puede defender desde un punto de vista moral -escribió- que los socialistas y comunistas hagan a un lado a los miembros de la resistencia vasca, como si sus esfuerzos y la tremenda represión en el País Vasco no hubieran existido”. Y añadió: “El hecho de que la oposición aísle a los vascos se debe a que se pretende evitar que el ejército o la policía se solivianten. (…) La oposición ha ignorado al grupo más eficaz de la Resistencia española. ¿Es que no conocen la relación causa-efecto? ¿Qué creen que va a ocurrir luego?”.

José Ramón Recalde reconoció en una conferencia para la Fundació Alfons Comín que también ellos, los del Frente de Liberación Popular (FLP), los felipes, habían sentido la tentación de la violencia, que se lo planteaban entre la licitud de la violencia en general y la oportunidad en cada momento y lugar. “Nosotros, los del FLP -explicó en 2005- teníamos una gran proclividad a exaltar la lucha violenta para la consecución del triunfo revolucionario en el mundo”. En los albores de la Transición, Ramón Rubial confesaba al semanario Punto y Hora haber sido amante de la teoría insurreccional y no haber existido “fenómeno violento en este país donde yo no haya tomado parte”, aunque practicándola, eso sí, de manera colectiva y no individual. Contra la monstruosa dictadura era muy difícil condenar a quienes se le enfrentaban con todas las armas, y así se lo explicó también Manuel Irujo en Caracas a un Rafael Caldera recién nombrado para su primera presidencia. Se podía no creer en su eficacia y sentir rechazo o temor para la violencia de respuesta, pero contra Franco ningún demócrata hubiera osado demonizar a ETA.

Resulta oportuno hoy releer a este respecto lo que la Comisión de Expertos contratada por el Gobierno vasco en 1985, siendo Ardanza lehendakari, redactó para explicar “la decisión en 1960 por nacionalistas militantes de iniciar una campaña de violencia”. En 1960, dijeron, la posibilidad de lograr por medios políticos cualquier cambio parecía remota, ya que no existían cauces democráticos a través de los cuales se pudieran expresar los sentimientos nacionalistas y “la violencia siguiente tomó la forma de una lucha por la liberación nacional del dominio de una dictadura autoritaria que se ejercía desde Madrid”. La conclusión de los expertos -sir Clive Rose (exembajador británico en la OTAN, presidente), Hans Horchem (juez jefe del Servicio de Defensa de la Constitución del Estado de Hamburgo), Jacques Leauté (presidente del Instituto de Criminología de París), Franco Ferracuti (profesor de Psiquiatría en la Universidad de Roma y de Derecho Penal en la de Puerto Rico) y Peter Janke (doctor en Historia, especialista en el siglo XIX español, profesor en el Royal College for Defense Studies)- no dejaba lugar a dudas: “Bajo la dictadura, el recurso a la violencia pareció justificado y se consideró como héroes a aquellos que actuaron de este modo”. Ellos, como el PNV que les había encargado el trabajo, entendían también que “desde el establecimiento de la democracia y, aún más, desde el Estatuto de Autonomía de 1979, esta justificación ya no existe”. El informe fue objeto de descalificación total por parte de HB y por boca de Txomin Ziluaga, porque carecía de credibilidad, porque en todo momento había sido mediatizado por el PNV y porque los problemas de los vascos, “los hemos de resolver los vascos”. En esto último coincidía con los Expertos. A Kepa Aulestia, entonces secretario general de Euskadiko Ezkerra, el informe le pareció ridículo. Lo que más le molestó fue que la comisión recomendara “enfáticamente” que nunca se excluyeran las negociaciones como una opción política, “dado que ETA es un hijo desafortunado de la dictadura y que sus activistas son los vástagos del PNV”.

No existen memorias neutrales sino, como dice Pilar Calveiro, formas diferentes de articular lo vivido con el presente. La memoria es como las vivencias, múltiple, y no puede haber un relato único, pero debería tomarse en cuenta también lo que se pensaba y decía en tiempos menos confusos en relación al origen y las causas de los que decidieron hacer frente al monstruo con las armas. Y no dejar pasar sin respuesta teorías como las de un catedrático de Filosofía Moral y Política que dice que no basta el fin de ETA para que la vasca deje de ser una sociedad enferma;que sostiene que queda mucho trecho por recorrer y que será necesaria una confesión de responsabilidad política, especialmente de los partidos nacionalistas: “porque no hay que reducir el problema a la violencia, hay que ampliar la visión a ciertos objetivos, presupuestos políticos y morales que de ninguna manera son aceptables aunque se sirvan de medios pacíficos”. Si la construcción de la memoria social es el resultado de memorias en pugna, de luchas políticas por la validación de determinados relatos en desmedro de otros, está claro quiénes parecen llevar hoy las de ganar.

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