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Abonar el mar para enfriar el planeta

Por Juan Ignacio Pérez - Domingo, 2 de Julio de 2017 - Actualizado a las 06:00h

el 15 de junio de 1991 la segunda mayor erupción volcánica del siglo XX, la del Monte Pinatubo en el norte de las Islas Filipinas, arrojó a los océanos 40.000 toneladas de polvo de hierro. Tras ese suceso el nivel atmosférico de CO2 descendió y subió el de O2. Aquella erupción es, seguramente, la mejor prueba a favor de una hipótesis formulada en 1988 por el científico John Gribbin, quien propuso que añadiendo grandes cantidades de hierro soluble al mar podría atenuarse el cambio climático.

La noción de que el hierro soluble puede revertir el calentamiento del planeta está basada en una idea formulada por primera vez en 1930 por el biólogo Joseph Hart. En el océano hay zonas ricas en nutrientes pero pobres en fitoplancton, que es como se llama al conjunto del material vegetal flotante, normalmente de tamaño microscópico. Hart pensaba que la razón de esa deficiencia era que en esas zonas había poco hierro, lo que impedía que creciera la materia vegetal. En los años ochenta el oceanógrafo John Martin, analizando los minerales disueltos presentes en esas zonas, retomó la idea de Hart. Y Gribbin sugirió que si se añadía al mar el nutriente que escaseaba -en este caso el hierro-, podría estimularse el crecimiento del fitoplancton y puesto que, para ello, las microalgas que lo forman han de captar CO2, podría así retirarse de la atmósfera ese compuesto. De ese modo disminuiría el efecto invernadero que provoca el CO2 y parte del calor que ahora queda retenido en la atmósfera se disiparía hacia el exterior. Poco después de que Gribbin hiciera la propuesta, Hart dijo, medio en serio medio en broma, “dadme medio barco cisterna de hierro y os daré otra edad de hielo”. Y desde entonces se empezó a considerar en serio la posibilidad de recurrir a ese procedimiento para atenuar o revertir el calentamiento global.

En el fitoplancton, por cada átomo de hierro hay mil átomos de fósforo, dieciséis mil de nitrógeno y ciento seis mil de carbono. Eso implica que por cada átomo de hierro utilizado por el fitoplancton se fijarían ciento seis mil átomos de carbono adicionales o, lo que es lo mismo, por cada kilogramo de hierro se fijarían ochenta y tres toneladas de CO2. Parte del dióxido de carbono fijado retornaría pronto a la atmósfera, debido al metabolismo de los organismos que lo consumen;por ello, una parte del CO2 pasaría al agua y después, quizás, a la atmósfera. Pero la fracción que permanecería en el océano sería mucho mayor, pues se acumularía a gran profundidad en detritos orgánicos o en forma de carbonatos. Pasarían centenares o miles de años antes de que retornase a aguas someras.

Desde que se propuso la idea se han hecho trece experimentos en mar abierto con resultados contradictorios, al parecer. Además, hay científicos preocupados acerca de los efectos indeseados que podrían tener intervenciones a gran escala. Temen que puedan producirse cambios en la composición de microalgas en las zonas afectadas, incluyendo la proliferación de fitoplancton tóxico, y también que los fondos marinos se queden sin oxígeno por un exceso de sedimentación de restos orgánicos. Por ello hay una moratoria sobre los proyectos de grandes fertilizaciones en alta mar en tanto no se hayan evaluado los experimentos hechos hasta ahora. De hecho, podría ocurrir que por evitar la hipotética aparición de mareas rojas a miles de millas de las costas se abandone la idea de tratar de revertir el calentamiento global secuestrando carbono en los océanos. Nos encontraríamos así ante una consecuencia paradójica del famoso principio de precaución.

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