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estuvo 532 días secuestrado por ETA

Ortega Lara, 20 años después de ser liberado

Tras su largo cautiverio, ha rehecho su vida y ha participado en la política

Un reportaje de Efe - Sábado, 1 de Julio de 2017 - Actualizado a las 06:01h

Ortega lara el día de su liberación tras 532 días de secuestro

Ortega lara el día de su liberación tras 532 días de secuestro (EFE)

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Ortega lara el día de su liberación tras 532 días de secuestroEl zulo donde estuvo recluido y su rostro tras ser liberado. Fotos: Efe

HACE 20 años, el 1 de julio de 1997, en plenas fiestas mayores de Burgos, el funcionario de prisiones José Antonio Ortega Lara volvió liberado al barrio del que ETA le había secuestrado 532 días antes, el periodo de cautiverio más largo de la banda y durante el cual vivió en un zulo de 3 por 2,5 metros. Aún está marcada en la retina de muchos su imagen: desorientado, con una larga barba sin arreglar, con la mirada perdida y con la sorpresa de encontrarse a sus vecinos arropándole a su vuelta a casa. Aquello dio la vuelta al mundo como un símbolo de la resistencia a la barbarie terrorista.

José Antonio Ortega Lara vivió 532 días en un zulo de 3 metros por 2,5, con una altura de 1,80 y sin saber si algún día llegaría a salir de allí, con la única compañía de una bombilla que le marcaba el tiempo durante siete horas al día. Para el resto, solo la oscuridad. Las investigaciones de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado permitieron hallar el zulo y rescatarlo con vida para devolverlo a su barrio de Burgos. Desde entonces, Ortega Lara ha cambiado de casa y de barrio, pero no ha dejado sus convicciones -la fe y la familia- que seguramente le permitieron sobrevivir y renacer después de que ETA le robara 532 días de vida.

Su cuñado, Isaac Díez, el hermano salesiano de su esposa Domi que actuó de portavoz de la familia durante el secuestro, auguró casi inmediatamente después de la liberación de José Antonio que saldría adelante porque “es un hombre muy tenaz”. Durante estos veinte años de vuelta a la libertad, ha tenido tiempo de figurar en las listas del PP en la candidatura al Ayuntamiento de Burgos en las elecciones de 2003, más como símbolo que con opciones reales porque no iba en puesto de salida.

Durante los últimos años, se ha dedicado a la labor humanitaria, a estudiar Derecho y a poner las primeras piedras de Vox

Ortega Lara, que está a punto de cumplir 60 años, había sido militante del partido antes del secuestro y en el año 2000 acudió a un mitin de José María Aznar. Sin embargo, pocos años después, en 2008, entregó el carné del PP y se dio de baja tras más de 20 años de militancia por el “giro” de Mariano Rajoy en la política antiterrorista, según dijo.

Durante estos años ha realizado una labor humanitaria y social, casi siempre callada con la Hermandad de Donantes de Sangre, las escuelas de formación profesional de los salesianos -donde estudió- o ayudando a personas con problemas de drogadicción y colaborando con ONG como Manos Unidas o Jóvenes del Tercer Mundo. También ha tenido tiempo para completar su formación de maestro con la de licenciado en Derecho, aunque nunca ha llegado a ejercer la abogacía ni ha estado colegiado.

Sin embargo, su compromiso con la sociedad y sus convicciones le han llevado de nuevo a implicarse en política, en este caso como una de las caras más visibles en la puesta de largo y los primeros pasos de Vox, un partido conservador que se autodefine de centro-derecha y que tiene acuerdos con el Frente Nacional francés liderado por Marine Le Pen. Entre las ideas de este partido figuran la disolución de las autonomías y el refuerzo de la idea de España, incluso con la salida de la Unión Europea o el cambio del modelo actual por uno basado en los estados.

Su mujer y sus dos hijos -uno de ellos, una niña adoptada después de su cautiverio- son su entorno habitual, aunque en sus escasas declaraciones públicas evita hablar de temas personales y solo habla de política en alguna jornada organizada por las víctimas del terrorismo y en actos de Vox. Seguramente son sus convicciones y sus ganas de vivir lo que le han permitido mantener una cierta normalidad y conservar a sus amigos de siempre a pesar de haberse convertido en un símbolo de resistencia a la barbarie terrorista.

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