Tribuna abierta

Consumo… luego existo

Por Patxi Meabe - Viernes, 30 de Junio de 2017 - Actualizado a las 06:00h

DECIMOS vivir en la sociedad del bienestar, que lo identificamos con consumo. Consumir productos de todo tipo nos hace felices… La sociedad de consumo justifica su existencia con la promesa de satisfacer los deseos de las personas como nunca antes se ha hecho. Incluso lo que empieza como satisfacción de una necesidad, se convierte en compulsión y en adicción.

Consumir es inevitable, si no queremos morir. Siempre se ha consumido, pero es diferente la idea del consumo en una “sociedad de consumidores”, creando lo que se ha venido a llamar “síndrome consumista”, que exalta la rapidez, el exceso y el desperdicio. Consumir productos que no son necesarios para vivir, consumir y gastar para satisfacer deseos ilimitados, muchas veces artificialmente creados y alimentados. Se ha dicho con razón, que cuando una sociedad se hace cada vez más rica, más opulenta, crea más deseos de consumo, así como los medios para satisfacerlos.

En la sociedad “consumista” se crea el hábito de consumir para hacerlo de forma indefinida. En nuestras sociedades, nunca hay bastante, porque se están creando más y más necesidades y nuevos deseos artificiales. Estamos creando una mentalidad convencida de que lo importante es poseer muchas cosas, usarlas y tirarlas, con períodos de duración cada vez más cortos. Se afirma que éste es el camino más fácil de mantener el estatus social, el éxito, el prestigio y la felicidad personal. El amontonamiento de expectativas truncadas se acompaña con cada vez más productos arrojados a los cubos de basura.

Así pues, es evidente que si el consumo es el motor de la producción y hay que consumir sin freno para que la sociedad funcione, la felicidad se resume a un mero bienestar material y, además, para vivirlo a corto plazo. Creemos que vivir para los demás es la mejor manera de vivir para uno mismo. Esto no es un sacrificio, es compartir la felicidad. La felicidad, en contra de lo que nos dice la sociedad de consumo, no consiste en que sobre la comida mientras otros no tienen lo suficiente, nos conformemos con un coche, tengamos un buen estatus social, ganemos mucho dinero o compremos cosas sin necesidad. Consiste en que no nos falte un proyecto de vida que podamos compartir con los demás. A esto le llamamos una ética personalista.

Se crea el hábito de consumir para hacerlo de forma indefinida. En nuestras sociedades, nunca hay bastante, porque se están creando más y más necesidades

Para vivir, si bien es necesario consumir bienes que impulsan la actividad económica, éstos nos deben ayudar a realizarnos como personas. Necesitamos alimentarnos, vestirnos, trabajar, desarrollarnos culturalmente, relacionarnos con los demás, viajar, fomentar el ocio, etc. pero, ¿en qué cantidad? ¿Cuáles son los parámetros por los que se mide el bienestar de un pueblo y de una persona? ¿El mero disfrute? ¿El prestigio social? ¿El dominio sobre los demás? ¿La evasión de los problemas que nos plantea la vida?

Ciertamente no es fácil discernir entre el exceso y el defecto, un proyecto de vida de calidad y las exigencias de una justicia social necesaria y solidaria. Está claro que un consumo desaforado y acrítico nos lleva a desentendernos de la solidaridad para con los demás, para con aquellos que apenas llegan a satisfacer las necesidades mínimas.

Pero la dimensión del consumo tiene también una dimensión macroeconómica. Cada una de nuestras decisiones refuerza a las empresas y al entramado económico que está detrás de los productos que consumimos. Este aspecto alimenta las decisiones que tomamos a pequeña escala. No nos preguntamos ahora a qué sectores económicos y políticos alimentamos y cómo influyen éstos en nuestras vidas.

Si no queremos caer en este círculo diabólico, tenemos que repensar un consumo responsable. Un consumo socialmente responsable debe dar respuesta a preguntas como: ¿Sé lo que compro? ¿Por qué lo compro y cuál es la realidad social que hay detrás de cada uno de los productos que compro o consumo? Solo así nos acercamos a lo que llamamos un consumo justo.

Sabemos que esta perspectiva no es fácil de poner en práctica. A la larga, nos estamos jugando nuestra propia libertad, nuestra propia realización personal, la categoría humana de la sociedad en la que vivimos y todo ello nos lleva a analizar muchas experiencias vividas a lo largo de nuestra vida.

Todos recordamos o habremos vivido aquellas escenas en que cuando éramos niños oíamos en la mesa: “come y calla”. Ahí, hay una excelente imagen de nuestra sociedad consumista, cuyos poderes se empeñan en gritarnos “consume y calla”.

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