Mesa de Redacción

El río de las vacas

Por Arantza Rodríguez - Jueves, 29 de Junio de 2017 - Actualizado a las 06:00h

LO llamaban El río de las vacas para que nadie se llamara a engaño. Se accedía a él, sorteando ortigas, campo a través. Haciendo honor a su nombre, las propietarias aparecían por allí en toples a refrescarse en el momento más insospechado y no quedaba otra que recoger la toalla, las sandalias cangrejeras y cederles el paso. Lo dejaban todo perdido, pero nadie, salvo ellas, decía ni mu. No me pregunten en qué demontres estarían pensando nuestros padres, si es que estaban presentes, pero los críos nos bañábamos a tan solo unos metros de sus plastas, que hacían las veces de nenúfares. Sin gorro ni neoprenos. Sin ducha previa ni posterior en la orilla. Sin socorrista ni analítica del agua, que vaya usted a saber... Un asco, lo sé. Pero a esas edades las ganas de chapuzón ganaban por goleada a los escrúpulos y, de habernos alertado sobre la bacteria Escherichia coli, al oír el nombre nos habríamos partido de la risa. Cuando pasamos al siguiente nivel, las piscinas con su cloro y toda la pesca, el riesgo eran los hongos en los pies. Circulaba la leyenda de que si se te escapaba un pis, el agua se teñía de rojo a tu alrededor, te enfocaban con dos cañones de luz, decían tu nombre, apellidos, color y marca de bici por megafonía y te quitaban tres puntos del carné. Nunca pasó, pero allí nadie iba al váter. Vamos, que no tengo intención de bucear en la ría, pero fijo que sobrevivía.

arodriguez@deia.com

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