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Tricampeón del Tour, Chris Froome ansía lograr la cuarta corona en la carrera francesa, un reto homérico que introduciría al británico en el memorándum de la Grande Boucle y le dejaría a un palmo de los grandes

Un reportaje de César Ortuzar - Jueves, 29 de Junio de 2017 - Actualizado a las 14:25h

Chris Froome.

Chris Froome. (PABLO VIÑAS)

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Chris Froome.

El Tour de Francia nació como una locura, un viaje iniciático para aventureros locos y lunáticos. Esa esencia, la de enfrentarse a uno de los mayores desafíos que se conocen pervive. El tuétano de la Grande Boucle continúa impregnando una carrera única, un viaje a la Luna, el lugar que habita en la imaginación de los niños. El homérico desafío de conquistar el Tour resulta fascinante. Esa emoción, el fuego interno, recorre a Chris Froome, que a partir de la crono de 14 kilómetros de Düsseldorf (Alemania) promoverá la conquista de su cuarta corona, un puente que le aproximaría a los grandes mitos de una carrera única. El panteón del Tour de Francia es para Anquetil, Merckx, Hinault e Indurain. El británico, tres veces campeón, 2013, 2015 y 2016, quiere encontrarse con la historia. “Sería increíble ganar por cuarta vez el Tour. Hay mucha gente que dice que es otro número más, pero para mí significa otra historia”, reflexiona Froome sobre “una batalla diferente. Sería algo único”. El británico se situaría como el único ciclista en ese apeadero del memorándum del Tour, un registro formidable.

BILBAO. Acceder a esa vitrina magnífica asoma como la más compleja misión para Froome. El británico florece su versión más opaca respecto a asaltos precedentes;años en lo que el líder del Sky alcanzaba la salida de la Grande Boucle sin mácula y un currículum brillante que era la antesala de su aplastante dominio en el julio francés. Este curso ha sombreado al británico, que no muestra ni un solo triunfo en sus apariciones. Su aproximación al campo base del Tour se aleja de su mejor versión y la polémica suscitada alrededor del Sky a raíz del empleo de TUE’s no han contribuido a serenar al británico. Froome inició su puesta a punto en Australia, en el Herald Sun Tour que conquistó el año pasado. Esta vez no pudo hacerlo. En la Volta a Catalunya se mostró sólido en el cara a cara en la montaña, pero se quedó cortado en una etapa que le alejó de toda opción. En Romandía quiso pelear con los mejores. No le alcanzó para ello y quedó muy lejos de Richie Porte, su principal opositor, que mandó un mensaje de autoridad.

“Es el gran favorito para ganar el Tour de Francia”, lanzó el británico durante el Dauphiné, donde el australiano expuso su arsenal ante un Froome que se quedó fuera del podio. El desarrollo de la etapa definitiva del Dauphiné, un Tour a pequeña escala, reprodujo las dudas generadas en el extrarradio del británico, que ha empleado las últimas semanas para entrenar por las alturas.

Si bien Porte, extraordinaria su campaña, parece el adversario más temible para Froome, el británico no se olvida de Quintana, Bardet o Contador. “Es difícil señalar un solo rival. Creo que hay varios candidatos a vencer el Tour este año. Porte es uno de ellos, pero también Quintana o Bardet, que fue segundo el año pasado. Tampoco se puede descartar a Contador”, radiografía Froome, que se encontrará con un recorrido indigesto, sin apenas contrarreloj (36 kilómetros en total), y una cartografía revoltosa, apropiada para las emboscadas y el descontrol. Es el modo en el que la organización trata de voltear el gobierno ejercido por Froome a través del granítico Sky, un rodillo en las últimas ediciones de la carrera. “El recorrido de este año no se adapta a mis características como otros años. Lo digo por la falta de finales duros en alto y la falta de kilómetros contra el reloj. Esto significa que la carrera será más reñida y más espectacular”, estima Froome, que anuncia que intentará obtener ventaja de cada situación. En la memoria, “el riesgo que tomé en el descenso del Peyresourde o buscar el abanico junto a Sagan cuando hubo viento de costado”. Sobre el papel, lejos de la improvisación, Froome tiene anotado en su cuaderno de bitácora al gigantesco Izoard, una mole de más de 2.000 metros en la que concluirá la 18º etapa. “Será uno de los días clave, al igual que la octava y la novena jornadas, donde tras el ascenso de Col du Chat se descenderá a Chambéry”. En la antesala de París aguarda la contrarreloj de Marsella, último filtro de la carrera francesa. “Quiero estar arriba con los chicos que han ganado muchos Tours. Son parte de la historia del Tour y es un objetivo para mí estar con ellos”.


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