Obituario

‘Míchel’ o el arte de convertirse en inolvidable

Miércoles, 28 de Junio de 2017 - Actualizado a las 06:01h

Miguel Ángel Liaño López murió a los 46 años.

Miguel Ángel Liaño López murió a los 46 años. (Foto: DEIA)

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Miguel Ángel Liaño López murió a los 46 años.

Bilbao- Uno menos entre los grandes. Madrugó la muerte para reclutar entre sus filas a Miguel Ángel Liaño López, Míchel, con apenas 46 años, cuando había encontrado su sitio en la vida: la jefatura de estudios de Asaser, empresa de mantenimiento y conservación de bienes inmuebles, equipos e instalaciones de Ortuella. Bastaron nueve años allí, donde hizo de su trabajo un paraíso, para que Míchel, el hijo de Reinosa que no fue emigrante en Gipuzkoa o en Bizkaia sino uno más entre ellos, al fin y al cabo era hijo del Cantábrico, el mar que tanto admiraba…;el animoso futbolista en su juventud, hizo sus pinitos en el C. D. Naval;el amante de la velocidad controlada en dos y cuatro ruedas, amó la Honda CD Four de 750 centímetros cúbicos, con tanta pasión o más que el rock...;Jaitogüerde pura cepa y sonrisa de los Sanmateos de su tierra natal;ingeniero de Caminos que nunca fue por el sendero ya trazado, conduce hacia donde otros han ido ya...;sino que marcó una ruta nueva. Bastaron, digo, para convertirse en inolvidable. Los hombres que dejan huella acostumbran a hacerlo, a dejar señales en el camino para que su ejemplo se siga.

Cientos de ejemplos atestiguan uno de los grandes valores perdidos con su marcha: el sentido del humor como contrapunto a las tensiones de la vida. Como aquel “por favor, un vasito de cicuta para sobrellevar la carga” que pronunciaba con voz grave y campanuda, allá en el departamento técnico Asaser -¡cuántas horas echadas fuera del reloj de la fábrica en busca de una solución, de la idea justa en el momento exacto!-, allá donde pusiese al servicio de los otros, de los compañeros, su conocimiento, su sabiduría.

En cada grupo humano, la tropa de infantería sigue al capitán, es algo humano. Más allá de sus valores profesionales, Míchelfue el Napoleón de los planes para compartir momentos con unos y otros, bien para ir a comer un cocido al Saja, o una olla en Brañavieja o esa cena anual para gastar el dinero recaudado en la quiniela que compartía todas las semanas, “buena disculpa que tenemos para no perder el contacto y de vez en cuando irnos de cena, aunque con la quiniela no vayamos a retirarnos”. Uno de esos generales que tanto se aprecian.

Cuentan que los amputados sienten dolores, calambres o cosquilleos, en la pierna que ya no tienen, en el brazo que ya no está. A la familia de Míchel, a sus amigos y viejos compañeros de carretera, a quienes conocieron de primera mano sus habilidades, prudencias y visión para el trabajo les pasará hoy algo semejante. Sentirán a Míchel aún presente. Los muertos tardan en irse. Y si fueron grandes, como él, jamás se van. Sería injusto olvidarle. Y como dijo Willy Brandt, permitir una injusticia significa abrir el camino a todas las que siguen. - Grupo Asaser

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