La promoción del proyecto cooperativo como exigencia del bien común

Por Iñaki Roa - Miércoles, 28 de Junio de 2017 - Actualizado a las 06:01h

UN proyecto cooperativo exige una cordura clarividente y previsora, una fuerte dosis de sentido común y de buena voluntad y un interés por mejorar el bien común. La prioridad del trabajo sobre el capital convierte en un deber de justicia anteponer el bien de los trabajadores al aumento de los resultados. Esto debe llevar a priorizar la realización de la producción de servicios útiles para la sociedad. Y dicho proyecto debe inspirar continuas reformas al tener que adecuarse a priorizar la mejora del bien común sobre un incremento de los resultados (ganancias) y la subordinación plena de los intereses individuales y de grupo a los generales.

Si se quiere alcanzar una situación próspera, ha de ser necesario ajustarse incesantemente, en su estructura, funcionamiento y métodos de producción, a las nuevas situaciones que el progreso exija en las indudables necesidades y preferencias que los consumidores plantean;acción de ajuste que principalmente han de realizar los miembros de la cooperativa, apoyados en una continua y adecuada formación.

Por otro lado, la acción de los gobernantes en favor de un movimiento cooperativo halla también su justificación en el hecho de que estos proyectos empresariales son creadores de auténticos bienes y contribuyen eficazmente al progreso. Es por eso que, los proyectos cooperativos deben sentir claramente la nobilísima función social que se les ha confiado en la sociedad, ya que con su trabajo pueden despertar cada día más, en todas las clases sociales, el sentido de la responsabilidad y el espíritu de activa colaboración y, a su vez, encender en la sociedad el entusiasmo por la originalidad, la elegancia y la perfección del trabajo.

La razón asiste a los trabajadores de las cooperativas cuando aspiran a participar activamente en la vida de las empresas donde trabajan, a los trabajadores hay que darles una participación activa en los asuntos de la empresa donde trabajan, participación que, en todo caso, debe tender a que la empresa sea una auténtica comunidad humana, cuya influencia bienhechora se deje sentir en las relaciones de sus miembros y en la variada gama de sus funciones y obligaciones.

Esto exige que las relaciones mutuas entre dirigentes y trabajadores lleven el sello del respeto mutuo, de la estima, de la comprensión y, además, de la leal y activa colaboración e interés de todos en la obra común. Y a su vez que el trabajo, además de ser concebido como fuente de ingresos personales, se realice también por todos los miembros de la empresa como cumplimiento de un deber y prestación de un servicio para la utilidad general.

Todo ello implica la conveniencia de que los trabajadores puedan hacer oír su voz y aporten su colaboración para el eficiente funcionamiento y desarrollo de la empresa.

Una concepción de la empresa que quiera salvaguardar la dignidad humana debe, sin duda alguna, garantizar la necesaria unidad de dirección eficiente. El ejercicio de esta responsabilidad creciente por parte de los trabajadores no solamente responde a las legítimas exigencias propias de la naturaleza humana, sino que está de acuerdo con el desarrollo económico, social y político de la época contemporánea.

Hay que hacer notar, por último, que no hace falta tener en el currículo un máster en dirección de empresas para entender que los proyectos cooperativos pueden y deben ser también grandes formadores de hombres y mujeres, ya que el esfuerzo, la dificultad, la admisión de la incertidumbre acerca de si se alcanzará el objetivo que se pretende, el mantenimiento de la esperanza y practicar la constancia han sido siempre factores en toda la tarea que se emprende en equipo.

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