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se cumplen 30 años del atentado

Hipercor: una herida aún abierta

ETA cometió su atentado más mortífero el 19 de junio de 1987 al dejar 21 muertos y 45 heridos en un centro comercial de Barcelona. Su crueldad marcó un giro en la lucha antiterrorista y su deslegitimación política y social

Un reportaje de Imanol Fradua - Domingo, 18 de Junio de 2017 - Actualizado a las 06:00h

Uno de los heridos en el atentado más sangriento de la historia de ETA es trasladado por bomberos y sanitarios. Fotos: Efe

Uno de los heridos en el atentado más sangriento de la historia de ETA es trasladado por bomberos y sanitarios. Fotos: Efe

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Uno de los heridos en el atentado más sangriento de la historia de ETA es trasladado por bomberos y sanitarios. Fotos: EfeEl vehículo que estalló quedó reducido a un amasijo de hierros.

“¿Cómo darle la mano a un asesino como Caride y el día después dársela a una de sus víctimas?”

HAN pasado tres décadas, pero nunca pasará tiempo suficiente para que su huella se borre del todo. Este lunes se cumplen 30 años del atentado más mortífero que ETA haya cometido en su medio siglo de historia. El centro comercial Hipercor, en pleno corazón de Barcelona, sufrió el golpe más sangriento jamás dado por la organización armada, que dejó un reguero de 21 fallecidos y 45 heridos en un año en el que la banda acumuló la friolera de 52 asesinatos. La crudeza de aquel golpe, por el contrario, le vino de vuelta poco después a ETA como si de un bumerán se tratara. El zarpazo en forma de bomba a la capital catalana provocó el refuerzo de la lucha antiterrorista y la deslegitimación política y social de sus actividades, al gestar iniciativas como el Pacto de Madrid y el Pacto de Ajuria Enea.

ETA ya había golpeado Barcelona con anterioridad, pero no con la violencia de Hipercor. Fue a las 16.08 horas del 19 de junio de 1987 cuando estalló la bomba colocada en el interior de un vehículo en la primera planta del aparcamiento. El infierno se hizo presente por la deflagración de un artefacto cargado con casi 30 kilos de amonal, 100 litros de gasolina, escamas de jabón y pegamento. Estos materiales generaron un efecto parecido al del napalm que redujo a la nada el espacio más cercano tras crear un infierno de 3.000 grados centígrados al instante. Abrió un profundo boquete y produjo graves quemaduras a las víctimas, la gran mayoría clientes, o asfixió a algunas otras. El balance fue desolador: 21 fallecidos, entre ellos cuatro niños, y 45 heridos. Y, sobre todo, familias rotas por el dolor que no han conseguido hallar consuelo durante tres décadas.

Josefa Ernaga, Txomin Troitiño y Rafael Caride Simón, integrantes del comando Barcelona, fueron condenados pocos años después junto al que entonces era máximo responsable de ETA, Santiago Arrospide, Santi Potros, que fue quien ordenó el atentado. Según quedó probado en el juicio, los etarras realizaron hasta tres llamadas de aviso dirigidas a la Guardia Urbana barcelonesa, a la administración del establecimiento y al diario Avui. Hipercor no fue desalojado, ya fuera porque los integrantes del talde etarra no explicaron con detalle donde estaba la bomba, o porque las fuerzas de seguridad no dieron verosimilitud a los avisos. Troitiño y Ernaga -el primero salió de la cárcel en 2013 y la segundo un año después- fueron sentenciados en 1989 a 794 años de prisión como autores materiales. Años después, Caride Simón, jefe del comando, y en la actualidad encarcelado pero fuera de la banda armada al apostar por la vía Nanclares, fue condenado a 790 años y medio. Santi Potros tuvo una condena de igual duración por ser el inductor de la matanza.

un cráter bajo sus pies Los hechos probados en sede judicial y los avances en materia política contra ETA, no obstante, siguen sin cubrir el vacío dejado por el atentado en las familias de víctimas y heridos. Batallaron durante largos años para que fueran resarcidas, pero la gran mayoría no lo consiguieron. Una víctima de la sangrienta explosión como Robert Manrique conoce a la perfección las duras situaciones por las que los afectados pasaron. Manrique, que había cambiado un turno con un compañero de trabajo un día antes, ejercía de carnicero en Hipercor. Recuerda vivamente el “estruendo” del artefacto, cuya onda expansiva “abrió un cráter justo delante de donde despachaba carne a mis clientes. Por suerte no perdimos el conocimiento. Si así hubiera sido, no hubiéramos salido de allí”.

“Inicialmente pensé que la cámara frigorífica había explotado. De ningún modo pensé que era un acto terrorista. Fue un golpe seco y, de repente, sentí mucho calor. Había agua cayendo del techo porque se pusieron en marcha los sistemas de emergencia. El suelo patinaba, el agua hervía... Salí como pude de allí, calculo que en unos tres minutos, porque los trabajadores conocíamos las salidas de emergencia y, aunque medio ciego, logré alcanzar la salida”, narra. “Salí fuera, me metieron en un taxi y me llevaron al hospital”, señala para indicar que no pudo ver con sus propios ojos las duras imágenes que los medios de comunicación de la época expusieron. Ni tampoco la multitudinaria manifestación de condena del atentado en Barcelona.

Permaneció en la UVI con quemaduras en buena parte de su cuerpo, pero volvió a su puesto de trabajo en solo seis meses. Incapacitado para ejercer su oficio y con operaciones pendientes para su completa recuperación, tuvo que dejar su empleo. Hubo que esperar algunos meses más para que las víctimas se reunieran. Y Manrique sitúa a Ramón Comas, hermano y cuñado de dos heridos, “que apareció en TVE”, como primer guía en el largo túnel burocrático en el que se internarían. “Decía que había que investigar y que las víctimas teníamos que unirnos”, ahonda. No fue hasta 1989, y a raíz de “disponer de una sentencia” tras el juicio a Ernaga y Troitiño en la Audiencia Nacional, cuando comenzaron a elaborar un listado al ver los nombres que aparecían en el fallo judicial. “No resultaba fácil buscar a víctimas, heridos o familiares en las páginas amarillas... En un principio logramos contactar con las víctimas más cercanas, de los vecinos que vivían cerca de Hipercor”, desvela.

Manrique, que en 1990 fue nombrado delegado en Catalunya de la AVT, “de la antigua AVT y lo de nombrado entre comillas”, tal y como apostilla, obtuvo entonces acceso a informes. Y los afectados comenzaron a organizarse. De hecho, la citada sentencia de los dos etarras “abrió una grieta” que permitió que 13 víctimas obtuvieran un resarcimiento. “Inicialmente éramos 12, cifra a la que posteriormente se uniría Álvaro Cabrerizo, que perdió a su mujer y sus dos hijas”. Dos abogados, Juli de Miquel y Santiago Montaner, “abrieron esa vía a comienzos del año 90 para que el Estado fuera denunciado como responsable civil subsidiario” por no haber desalojado Hipercor a pesar de los tres avisos lanzados por el comando Barcelona.

Lo lograron tras un larga batalla judicial que otros 33 afectados más trataron de recorrer años después, aunque sin éxito. “El Estado lo desestimó por que su petición estaba fuera de plazo”, censura Manrique, que califica la medida de “despropósito moral y social, aunque quizás pudiera tener alguna explicación jurídica. La administración, Justicia e Interior, siempre dicen que están del lado de las víctimas. En este caso, dudo que su sensibilidad haya estado a la altura”. Y en la actualidad “hay familias que están esperando lo que pueda pasar”, afirma Manrique.

Ni siquiera que Caride Simón y Santi Potros -detenidos en Francia y extraditados a España- fueran enjuiciados en 2003 abrió la puerta a que las administraciones públicas resarcieran a los damnificados. “El descontrol jurídico es evidente y, lo que es peor, las víctimas se han sentido desamparadas”, repite. Si los heridos y los familiares de los fallecidos sufrieron las consecuencias físicas de aquel terrible 19 de junio de 1987, “peores fueron las secuelas psicológicas”. Algunos de ellos, de hecho, las arrastran hasta hoy en día. “Con las heridas físicas se aprende a vivir, pero las psicológicas perduran”, concluye.

cara a cara con caride simón La historia vital de Manrique, sin embargo, aún le aguardaba una sorpresa. Un encuentro con Caride Simón -que para entonces había abrazado la Vía Nanclares-, incluido en los Diálogos Restaurativos del Gobierno vasco, a solo cuatro días de que se cumplieran 25 años del atentado de Hipercor. “Primero fue Paul Ríos, de Lokarri, quien se puso en contacto conmigo”. Le dijo que el abogado del etarra le enviaría una carta. Accedió y la misiva llegó “en mayo de 2011. La leí y me di cuenta de que, después del daño generado, tenía intención de un arrepentimiento público”. Pero ETA dejó las armas en octubre de ese año, hubo cambio de gobierno en Madrid “y todo quedó parado”. El encuentro se dio finalmente el 15 de junio de 2012 en la cárcel de Zaballa. “Si lo hice fue por que creo que podía servir para dividir a ETA y sacar un mensaje de la cárcel: que de cuatro terroristas, uno se arrepentía”, rememora. “La primera pregunta que le hice fue una personal, pero después le pregunté muchas otras que eran de víctimas de ETA”, señala sobre un encarcelado al que no dio la mano. “¿Cómo darle la mano a un asesino de 24 personas como Caride y el día después dársela a una de sus víctimas? Por dignidad, fue y me es imposible”, remarca.

Desde entonces no ha vuelto a ver a Caride Simón, pero Manrique sí tuvo un tenso encuentro en 2015 con Troitiño y Ernaga en un juicio que condenó a Santi Potrospor el coche bomba que mató a Juan Fructuoso Gómez el 2 de abril de 1987. El de este lunes no será un día cualquiera para él, pero lo vivirá de la misma forma que aniversarios anteriores. “Fue un día que me cambió la vida, pero hemos aprendido a vivir con ello”, concluye un hombre que solo realiza una reclamación a futuro: “Que nadie pase por lo que hemos pasado nosotros”.

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