Mascarilla para el Amazonas

La ONG Yan Lur recrea en La Quadra uno de los pulmones del planeta y alerta sobre los peligros que acechan

Un reportaje de Elixane Castresana - Domingo, 18 de Junio de 2017 - Actualizado a las 06:00h

La campa de Urkamendi acogió por tercer año la reconstrucción de un poblado indígena. Fotos: E. Castresana

La campa de Urkamendi acogió por tercer año la reconstrucción de un poblado indígena. Fotos: E. Castresana

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La campa de Urkamendi acogió por tercer año la reconstrucción de un poblado indígena. Fotos: E. CastresanaJosetxu Canibe habló a los jóvenes de su viaje a Bolivia.

CON una superficie que equivale a “16 veces la de España, distribuida entre casi diez países”, la selva amazónica proporciona “el 20% del oxígeno del mundo”, según el misionero y sacerdote Josetxu Canibe. Buen conocedor de la zona y El alma mater de la ONG Yan Lur, ayer acercó al núcleo urbano de La Quadra, perteneciente a Güeñes, los problemas que hacen que este ecosistema necesite ayuda para respirar: el capitalismo más agresivo, personificado en muñecos que parecen jugarse a las cartas el futuro de esta vasta superficie y las industrias, tanto la petrolera como la farmacéutica. Pero en un día tan veraniego, no quisieron que las amenazas para su futuro eclipsaran los aspectos más positivos, como la riqueza natural del Amazonas y la historia de las tribus indígenas que lo habitan. Por ello, reprodujeron por tercera vez un poblado autóctono.

Cuando Josetxu Canibe viajó a Bolivia hace unos meses enseñó a los lugareños fotografías de la actividad del año pasado. “Les encantaron, me dijeron que esto sí que era la selva”, señaló. Sobre la campa de Urkamendi, en la orilla del río Kadagua, que se transformó por unas horas en el Beni amazónico, se instalaron casas de paja, entre ellas una destinada al chamán, que haría su aparición entrada la mañana para deleitar a los asistentes con sus bailes. Además, los niños pudieron emular a los buscadores de oro surcando las aguas a bordo de piraguas. Un baño refrescante que agradecieron ante las elevadas temperaturas. “Existe una relación directa entre el modo de vida de las poblaciones del Amazonas y la naturaleza. La selva es su frigorífico, tratan los dolores con hierbas naturales y la yuka, una especie de remolacha de color blanco, constituye la base de su dieta. La comen durante todo el año”, describió el sacerdote y misionero.

Aunque, por desgracia, esta realidad que la ONG Yan Lur trasladó a Enkarterri corre serio peligro por culpa del hombre. “La mayor amenaza es que nuestra civilización lo invada”, sentenció. A cada minuto que pasa desaparece masa forestal cuyo tamaño “iguala al de un campo de fútbol”. Las compañías petroleras sacrifican el subsuelo y el paisaje tampoco resiste las exigencias de la modernidad. El río es el principal medio de transporte, sin embargo, se estaría planteando una carretera para comunicar Brasil y Bolivia de efectos devastadores para el medio ambiente.

A nivel social también se notan los efectos de la irrupción de los agentes del exterior. Los jóvenes ya no quieren seguir viviendo en los poblados que les vieron nacer, tentados por lo que ven llegar de fuera. “Si aquí nos cuesta que se queden en los pueblos, allí el problema se multiplica, y claro que las tribus se han occidentalizado. Ha entrado en sus vidas el turismo, ha entrado la televisión... En cierta ocasión un chico me dijo que, aunque sea, quería trabajar de conductor de un camión de las empresas que trabajaban cerca”, recordó Josetxu Canibe.

Ahora la labor de Yan Lur, que cuenta con “160 socios” y fieles colaboradores que acompañan a Canibe en iniciativas como la de ayer, se centra en mantener a flote el Siloé. Una embarcación como sacada del Mississippi que recorre el departamento boliviano de El Beni. En la exposición que contextualizó el trabajo realizado se pudo admirar una maqueta del barco, de colores blanco y azul. Junto con otras organizaciones de diferentes países, Yan Lur contribuye a financiar la gasolina, sueldo de los pilotos y gastos de mantenimiento para que siga transportando a los vecinos en épocas de sequía o inundación. En el Siloé,que definen como una especie de posada, viajan, además, enfermeras y religiosas en travesías tan largas que, en esos rincones de Bolivia, “las distancias no se miden en kilómetros, sino en tiempo”, según decía otro voluntario de la ONG.

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