El sacacorchos

La república de los recuerdos

Por Jon Mujika - Sábado, 17 de Junio de 2017 - Actualizado a las 06:00h

E RAN personas peligrosas, gente de muy dudosa condición y de la peor calaña como médicos, maestros, bomberos, guardias municipales, personal de limpieza y del cementerio e incluso becarios que fueron sentidos como una amenaza para la salud y la formación del antiguo régimen, como las llamas capaces de devorar aquel pensamiento único o los guardianes de una paz con grilletes. Como la suciedad de un mundo de extraños pensamientose incluso como los sepultureros que conocían bien los secretosguardados bajo tierra. La buena gente que fue sentida como una amenaza años atrás ya no está viva pero su recuerdo y su memoria estaban aún ahumados por el fuego de aquella línea única de pensamiento y acción que o bien les puso contra el pelotón de fusilamiento o bien provocó que tuviesen que coger las de Villadiego, si no querían perder la vida.

Eran tiempos, aquellos de la negra dictadura franquista, en los que a menudo se confundía la libertad de expresióncon la libertad de presión;días en los que a la tortura y los abusos se les llamaban apremios legaleso tiempos en los que ‎quien no estaba preso de la necesidad, estaba preso del miedo: unos no dormían por la ansiedad de tener las cosas que no tenían y otros tampoco conciliaban el sueño por el pánico de perder las pocas cosas que tenían. A lo largo de todas las lecturas de mi vida, y de lo poco que viví de aquellos tiempos, no he encontrado mejor definición que la que nos dejó dada el escritor uruguayo Eduardo Galeano cuando dijo aquello de que el torturador es un funcionario. El dictador es un funcionario. Burócratas armados, que pierden su empleo si no cumplen con eficiencia su tarea. Eso, y nada más que eso. No son monstruos extraordinarios. No vamos a regalarles esa grandeza.

En memoria de muchos de aquellos funcionarios represaliados por la barbarie de la dictadura se proclamó ayer una república de los recuerdos, una ceremonia homenaje impulsada por el Ayuntamiento, un acto conmemorativo en el que, según atestiguo Juan Mari Aburto, el propósito era traer una ráfaga de esperanza, de luz, reconocimiento y recuerdo;sembrar semillas de paz y de valores en nuestros jóvenes. El acto, ya dije, curó heridas y trajo consigo enseñanzas, pongamos por caso. Lo que no pudieron hacer los médicos y maestros para quienes su vida fue corta, muy corta.

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